Cuidados intensivos

cuidado intensivo abril 21CVCLAVOZ - Hace unos años circuló un mail que con indisimulada nostalgia y evidente ironía recordaba lo simple que había sido nuestra infancia. Se refería a la edad en que yo era un niño, cuando uno se iba al colegio a pie porque el transporte escolar era inexistente y nuestras madres no sufrían crisis nerviosas porque jamás pensaron que nos podía pasar algo en el camino.

Llevo ya varios días en cama, bastante engripado. Entre otras providencias, me preparé abundante cantidades de té con menta, limón y miel; mi madre solía decir: “Hay que tomar mucho líquido para botar el fiebre”. Nunca supe ni me atreví a preguntarle por qué decía “el fiebre”, pero les aseguro que la mentada infusión trabaja bien…

Recordé lo del mail aquel porque estar en cama significa para mí mucho tiempo para pensar, leer y recordar. Así que se me ocurrió repasar la manera en que mi madre cuidaba de nuestras dolencias.

A la primera señal de fiebre o congestión, mi mamá se iba a la farmacia y se proveía de sendas dosis de penicilina con estreptomicina y nos las aplicaba gracias a sus conocimientos para poner inyecciones. Jamás mi santa madre se preguntó si alguno de nosotros era alérgico al medicamento, cosa bastante común. Por una afortunada coincidencia, no lo éramos. De otro modo alguno de nosotros no estaría contando estas historias.

Si por alguna razón llegábamos del colegio con algo más que tareas – léase piojos – nos sentaba en su regazo y con un hisopo de lana nos empapaba la cabeza desde la raíz de los pelos con Tanax, un potente veneno para toda clase de insectos. Luego, con un  fino peine de plástico nos sacaba las liendres, que son los huevillos de estos indecorosos insectos y finalizaba su tratamiento lavándonos el pelo con Rinso, un jabón en polvo, también potente, para lavar ropa. En caso de contagios más severos, nos cortaba el cabello al rape, haciendo caso omiso de nuestros sufrimientos estéticos.

Si nos dolían los oídos, armaba unos cucuruchos cónicos de papel, nos metía la parte aguda por las orejas y le prendía fuego por la parte ancha. De pronto, se oía algo como un zumbido sordo y breve y se veía salir una bocanada de humo.

Santo remedio”, decía. Ningún pediatra, ayer ni hoy, habría aprobado tales procedimientos. Pero sobrevivimos y no advierto ningún trauma por causa de esta indocumentada manera de cuidar nuestra salud. Tengo otros, pero no tienen que ver con los intensivos cuidados de mi madre…

Ilustración: El niño enfermo, Pedro Lira (pintor chileno)

Benjamín Parra

Benjamín Parra

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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