El mar

mar Ene 28CVCLAVOZ – “No puede estarse quieto,/me llamo mar, repite/pegando en una piedra/sin lograr convencerla,/entonces/con siete lenguas verdes/de siete perros verdes,/de siete tigres verdes,/de siete mares verdes,/la recorre, la besa,/la humedece/y se golpea el pecho/repitiendo su nombre.”(Oda al mar, Pablo Neruda)

Vi el mar por primera vez a los cinco años en la playa de Cartagena en Chile. ¿Será que algún viajero nostálgico quiso traer a las heladas aguas del Pacífico austral algo de la tibieza y el aroma colonial de Cartagena de Indias y le puso ese nombre a este litoral bravío y revuelto…?

Allí estaba con su inmensidad inverosímil, su sonido abismante, su azuledad sideral. Iba y venía hasta mis pies diminutos y temblaba. Me mareó, me perdí sin saber cómo y de pronto una ola repentina puso todo el mundo patas arriba. Unos bañistas me sacaron apresuradamente a la orilla y yo, atragantado de agua salobre y arena, me puse a llorar.

Desde entonces, pensé que el mar no era para nadar. El mar era para mirarlo y soñar universos y distancias imposibles, historias irreales, soledades anheladas después de tanta ciudad inmisericorde y cruel.

El mar no se deja tener. Pareciera que se somete pero al rato despliega una ola y un bramido colosal que lo envuelve a uno con su vapor salvaje y salado. Entonces mejor me siento en la roca y dejo que su monólogo de algas y espuma me llene todo hasta que halle un poco de paz, algún atisbo de sosiego para el alma perturbada.

Porque cuando estoy ahí el mar me tempera, me señala un sitio en la aterradora complejidad del mundo, define para mis horas inquietas la forma de la inmensidad y de la absurda pequeñez del ser.

Amo el mar soberbio, indomable, solitario. No me gusta esa caricatura de mar profanado por bañistas que juegan a las paletas y a las pelotas y se queman al sol, pálidos peces de ciudad. Me alejo de ese carnaval ambulante de verano, de música destemplada, de bullanga insolente y mercancía de ocasión.

Yo quiero ese océano tormentoso del sur del mundo, la neblina de las orillas, el cielo encapotado y lluvioso, el filo cortante del viento y las aguas que se meten entre cerros salvajes y roqueríos indescifrables. Quiero ese mar puro y violento por la sencilla razón de que se me da la gana…

Benjamín Parra

Benjamín Parra

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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