El tío y las pulgas

tio carlos ene 27CVCLAVOZ – Crecí cerca de un viejo coronel que siempre conocí como el tío Carlos. Fue la persona que me enseñó a amar los libros, la vida y las personas. Era un personaje fascinante. Zurcía mis calcetines con la misma fluidez que podía dictar una conferencia acerca del lado oscuro de la luna. Era poeta, dibujante, albañil, filósofo, cocinero, pintor de brocha gorda, paramédico, conferencista, amigo, jardinero y consejero.

Pero tenía una debilidad. Adolecía de una alergia congénita a todo elemento químico, especialmente desinfectantes e insecticidas. La propiedad tenía un terreno enorme donde convivían ruidosamente gallinas, conejos, patos y perros. El tío entraba y salía decenas de veces de su casa para realizar diversidad de tareas lo cual hacía inevitable que las pulgas entraran en su ropa.

Solía levantarse en medio de la noche murmurando: “Me está molestando una pulga”; por algún rato, luchaba con frazadas y sábanas tratando de encontrarla y poder así seguir durmiendo. Pero no había solución. La única posible, un insecticida, estaba vedado en su casa.

A medida que pasaban los años comenzó a buscar remedios naturales al problema. Estudió en una gran enciclopedia la vida de las pulgas, a fin de hallar alguna manera inocua de erradicarlas. Se enteró que saltan hasta ochenta veces su tamaño. Suponiendo que vivían entre las junturas de las tablas, fabricó un juego de cubos de madera escalonados sobre los que montó su cama con la esperanza de que, no importa cuánto saltaran, no alcanzaran a llegar a la orilla del cubrecamas. Nada.

Atraído hacia las junturas de las tablas, elaboró otra teoría: si esas junturas fueran selladas no habría lugar para sus nidos. Feliz con este descubrimiento, derritió en una olla grandes cantidades de esperma de velas y con mucha diligencia vertió la esperma entre las tablas. En seguida, con una espátula retiró el sobrante. Nada.

Desesperado, continuó observando la vida de tan molestos insectos y advirtió que se metían profundamente entre el tejido de las frazadas. Coligió el tío que desde allí, a través de la trama de las sábanas, las pulgas llegaban hasta sus ropas. Así que diseñó unas sábanas de papel con hojas de los avisos económicos de “El Mercurio” unidas con tela adhesiva plástica y las puso entre la sábana real y la frazada. Nada.

Hace ya casi cuarenta años que el tío murió. Las pulgas fueron hasta ese día, sus inseparables e insoportables compañeras. Mi madre, todavía acongojada por la partida de este notable benefactor de nuestra familia, entró unos días después a la casa, abrió puertas y ventanas y en veinticuatro horas, con Tanax, cera y aspiradora, puso fin a su prolongado imperio.

Benjamín Parra

Benjamín Parra

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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