La carta

la carta feb 26CVCLAVOZ - “Esta es la breve historia de un amor desesperado… ” Tenía diez años y estaba irremediablemente enamorado de la Hilda. Flaca, pálida, con un pequeño manto de pelo liso y oscuro había robado, sin saberlo por cierto, mi pequeño y atribulado corazón. Después de muchos miedos y borradores arrugados, había comenzado la carta con la obertura ya citada. Yo no iba a decirle frases manidas como “desde el primer momento en que te vi…” o “te escribo esta carta para decirte…”. Plasmé en esa hoja de cuaderno una epopeya singular, una crónica única y extraña. Soplaban en esas líneas las brisas de Atenea que empujaron el barco de Aquiles a Ítaca para su tan anhelado reencuentro con Penélope. Una imaginación poblada de historias de libros y revistas no se hubiera permitido nada menos.

Aquel documento, adornado con el dibujo de un beso apasionado que había copiado de la revista “Secretos del Corazón”, fue depositado por mi mensajero y amigo Miguel Ángel en las blancas y pequeñitas manos de la Hilda. Hasta el día de hoy no supe lo que pasó por su mente o lo que sintió cuando la leyó.

Pero los caminos de la vida son misteriosos e inesperados. Sí supe lo que pasó por la mente de mi santa madre, cuyo pudor evangélico fue literalmente devastado al leer el borrador que había olvidado en uno de los bolsillos de mi uniforme. Fue apenas convencida por mi hermana mayor de que no me azotara con su varilla de mimbre a lo largo del cuero como acostumbraba a decir para otorgarle a sus castigos un dramatismo superior al que en realidad tenían. Se me acaba de ocurrir que hoy mi madre habría enfrentado el juicio de airados funcionarios estatales de Asuntos para la Familia y hasta es posible que hubiéramos sido alejados de su tutela para prevenir tal atropello a nuestros derechos humanos; pero nuestros tiempos eran otros.

Lo que finalmente decidió es que mi desproporcionada osadía y descaro debían ser sancionados de modo ejemplar, por lo que leyó la bendita carta en presencia de mis seis hermanos a la hora de almuerzo, justo al comienzo de un largo fin de semana.

Los cuatro días siguientes fueron tal vez los más vergonzosos de mi infancia. Cada vez que pudieron, con risitas burlonas y guiños cómplices, mis hermanos  y hermanas me lanzaban la ponzoñosa broma: “¡Hola tú, besitos cálidos…!”

Ilustración: El amor que se fue (o que no fue?), www.arteyfotografia.com.ar

Benjamín Parra

Benjamín Parra

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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