Vender lo que no hemos comprado, comunicar lo que no hemos entendido
CVCLAVOZ - Hace poco me contaron una historia que me resultó muy llamativá. Cuenta de un político y un predicador que hablaban a su público en una ciudad que podría ser la de cualquier país de America Latina. El predicador ponía todo su entusiasmo al compartir el mensaje de salvación, y sus oyentes no pasaban de la docena. Algunos dormitaban, y otros pocos prestaban atención.
A escasos cien metros, el político compartía sus promesas a miles de personas, en un estadio que lo escuchaba eufórico, y ante cada palabra que el decía, se generaba una explosión. El predicador, abatido y sin entender porque sucedía aquello, no soportó más, y se dirigió al estadio…
Pidió hablar con el político, y mientras esperaba la entrevista, seguía escuchando a las multitudes que gritaban. Cuando se encontraron, el predicador lo increpó diciéndole:
-¿Cómo es posible que usted tenga tanto público escuchándolo convencido, cuando todos sabemos que lo que usted dice son puras mentiras, promesas huecas, palabras vacías que en pocos meses se borraran por el incumplimiento? Y yo que tengo la verdad que puede salvar a las personas, solo tengo un puñado de personas dubitativas, que al segundo se olvidan de lo dicho. Explíqueme, ¿como es esto posible?
El político se sonrío, encendió un cigarrillo, tiró el humo hacia la cara del predicador, y respondió: Sabe lo que sucede predicador, que yo digo mentiras como si fueran verdades, y usted dice verdades como si fueran mentiras…
Estamos complicados cuando en nuestra vida se refleja duda, y queremos vender, comunicar algo que nosotros mismos no hemos comprado o entendido. Por eso, el apóstol Pablo, decía: no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios (Romanos 1.16). Y Job, en un momento de lucidez, declara: yo estaba hablando de cosas que no entendía (Job 42.5)
Dios esta esperando que desarrollemos convicciones, que actuemos con la vehemencia del amor, y produciendo hechos concretos, que modifiquen las vidas de las personas. La convicción de un amor decididamente fuerte, un amor que determine dar todo de sí mismo, sin esperar nada a cambio. Un amor que se vuelva tan apasionado, al punto tal de dejar de decir verdades como si fueran mentiras.
Martín Carrasco



















