El título de la película “V de Venganza” tiende a oscurecer un poco su fondo conceptual porque enfatiza la venganza de “V” contra sus anteriores torturadores. Sin embargo hay en ella otros momentos estelares que tienen una actualidad asombrosa.
Primero valdría la pena el trabajo de ver “V for Vendetta” (su título original). Hay instantes en que el protagonista parece estar comentando la realidad política y social de nuestros países. Uno de las más sobresalientes es el discurso inicial de “V” al intervenir la televisión nacional. Aquí un extracto:
“Cómo sucedió esto? (la dictadura) ¿Quién tiene la culpa? Hay algunos más responsables que otros y tendrán que pagar. Pero si de verdad buscan al culpable, sólo necesitan mirarse al espejo. Sé por qué lo hicieron. Tenían miedo. Es comprensible: guerra, terror, enfermedad. El temor les corrompió la razón y el sentido común. El miedo les ganó y acudieron a la figura del ahora dictador, canciller Adam Sutler. Les prometió orden y paz a cambio de su consentimiento callado y obediente…”
Sostuve una conversación con Angel Galeano en su programa el jueves pasado. Cité el documental “Bowling for Columbine” en donde el cantante Marilyn Manson hace una breve reflexión sobre la relación que el miedo tiene con el consumismo y con el otorgamiento de atribuciones al poder político más allá de la justicia y la libertad para que les garantice orden y paz.
Los gobiernos dictatoriales y en un pasado más reciente algunas “democracias” autoritarias tienen una historia común. Llegan al poder en tiempos de acelerada descomposición social. Tiempos en que la justicia, la paz y otros bienes de la vida social se ven amenazados. El miedo que experimenta la gente ante la incertidumbre del futuro encuentra eco en el discurso de los oportunistas del poder que les ofrecen orden y paz frente a la guerra, el terror, la inseguridad económica, la inmigración descontrolada. Como escribimos hace un tiempo, el clamor de la gente es “hágannos dioses que nos conduzcan”. Y dioses le son hechos.
Pero los dioses no son filántropos ni altruistas. Son codiciosos y déspotas. Se hacen pagar un alto precio por sus – digamos – servicios institucionales. Las más de las veces, sólo a través de grandes sufrimientos y un costo inmenso es posible destronar a los dioses y recuperar el verdadero sentido de la vida social. Costo que, tristemente, no estamos muy dispuestos a pagar.

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