Gracias a Dios es viernes. Me desprendo del rigor de la palabra útil y del pensamiento responsable. Ensayo prosas que me alivian el alma.

Comencé a leer Por el camino de Swann, primer tomo de la saga En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Debo haber tenido unos nueve años cuando me fijé que el tío Carlos lo leyó por tercera o cuarta vez. Hojeé algunas páginas pero era un lenguaje incomprensible todavía para mis primeros andares por la literatura del mundo.
El último volumen lleva el sugestivo título de El tiempo recobrado. Loca ilusión, claro, eso de desear el regreso del tiempo. Ningún tiempo pasado fue mejor. Un chico de hoy, dentro de cincuenta años, recordará el verano de 2017 como los días más bellos de su existencia y pensará que nunca habrá otros días como ésos.
Lo que sucede, me parece, es que los años nos van abrumando con sus compromisos, responsabilidades, cuotas mensuales, obligaciones sociales, rutina laboral, querellas de las relaciones humanas, fracasos espirituales, sólo por citar algunos. Van arruinando paulatinamente el gusto por disfrutar de las cosas más simples y uno se vuelve vuelve más exigente, más intolerante; “hincha”, dirían mis colegas.
¿Qué responsabilidades y obligaciones tenía yo en el otoño de 1962? Pese a las sombras que arrojaba sobre mi mañana la nube triste de mi familia disfuncional, cada día traía una cuota invaluable de gozo auténtico.
Nos metíamos debajo de una montaña de pupitres destartalados al fondo del patio de las escuela, a jugar a los hombres de las cavernas. Un día el director nos llamó a su oficina y nos indagó misteriosamente. Ahora de doy cuenta que pensó que jugábamos a algo “raro” ahí dentro.
De pie sobre las mesas de la sala de clases, con nuestros inefables mamelucos de basta tela, cantábamos Andar en bicicleta es un gran placer a grito pelado porque la señorita Ruth estaba a cargo de la ceremonia del próximo día lunes y quería lucirse con nuestra presentación musical.
Mi única ocupación en la vida era encontrar, al menos una vez al día, ese instante de luz que me faltaba y que anhelaba eterno. A veces quisiera regresar, recuperar aquella embriaguez de vivir.
Por eso será que uno recuerda el pasado así. No era mejor ni peor que ahora. Es sólo que entonces éramos chicos y nada nos quedaba grande. No sabíamos que un día íbamos a morir.
Ahora lo sabemos.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

 

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