Tal vez es el tiempo el que no me hace bien. Les relaté el fin de semana aquello de Cartagena y hoy me siento en un café del centro de Santiago para escribir otra crónica melancólica.

Paso por la librería Nacional del pasaje Matías Cousiño. Comencé a comprar allí artículos para diseño gráfico cuando hacía mis primeros pinitos en publicidad hace casi cuarenta años. No entro a comprar nada. Sólo quiero saber si está todavía aquel dependiente que es el último sobreviviente de la generación de vendedores que conocí hace tantos años. Me hace saber que la señora Aurora, la primera persona que comenzó a atenderme y que estaba jubilada hace muchos años, ha fallecido recientemente.

Que los años pasan olvidé y que el tiempo vuela recordé dice una canción antigua. Dentro de algún tiempo tendrá que ser otra persona la que hable de mí y rememore cosas y lugares compartidos. Volamos y la memoria de nuestra vida termina siendo no más que la neblina de una mañana de mayo, diluida por un triste sol de otoño.

Entonces vuelve a rondarme esa contradicción creciente – que ya es enorme a estas alturas – entre el cuerpo y la mente. Adentro han estallado universos nuevos, se han revelado tesoros inigualables del pensamiento y la creación, se han abierto puertas secretas, se ha ido abatiendo esa soberbia de los años jóvenes y se ofrece cómo rédito la lucidez de alguna sabiduría adquirida lentamente. Es como si por fin se estuviera listo para emprender aventuras formidables. Pero por fuera los días acumulan cansancios, achaques inevitables; los oídos, los dientes, los ojos, las manos, el cuerpo todo acusa el latigazo feroz del almanaque.

La verdad es que no me hace efecto alguno ese discurso voluntarista acerca del corazón joven, de los años dorados y el cuento aquel de la segunda juventud: toda esa retórica no hace más que demostrar palmariamente que se está más cerca del fin que nunca antes.

Recordamos a Fermina Daza en “El amor en los tiempos del cólera”: Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos de haber sabido a tiempo que era más fácil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada.”

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