Asombra la creatividad de la vanidad humana para poner nombres a los dirigentes de los diversos ámbitos de la vida. Mientras más elaborados y sinuosos mejor sirven para demostrar que no están a la altura del ser humano común, el de la calle, la banca, el tablón.
Les pronuncio algunos de ellos, que suenan como palabras de una ronda infantil: Reverendo, Su Señoría, Su Excelencia, Obispo, Su Ilustrísima, Su Eminencia, Su Eminencia Reverendísima, Apóstol, Excelentísimo Señor, Señor Licenciado, Su Alteza, Su Majestad, Usía, Doctor en Filosofía, Diácono, Doctor Honoris Causa, Su Santidad, Honorable, Su Honor, Anciano, Doctor en Divinidad.
Nos hacemos cargo de los merecimientos que tengan los receptores de tan ilustres denominaciones. Lo singular es que muchos se consideran a sí mismos, o los demás los consideran, por encima de la inmensa mayoría y acreedores de elaborados protocolos.
Hay uno o dos episodios relatados en los evangelios que dan cuenta de un hecho singular: en medio de una multitud, cuando algunos quisieron echar mano de Jesús para matarlo, se lee que pasó en medio de ellos y se fue. Es decir que cuando dejaba de hablar y entraba entre la gente, simplemente desaparecía. O sea, no desaparecía literalmente sino que era tan común su apariencia que era imposible distinguirlo de cualquier hijo de vecino.
Sin halos luminosos, sin vestiduras sofisticadas, sin apariencia beatífica. Sin guardaespaldas, sin comitivas, sin séquitos, sin vehículos blindados con vidrios polarizados. Sin secretarios, sin edecanes, sin asistentes, sin directores de relaciones públicas, sin agentes de prensa. Sin representantes ni manejadores de eventos. Sin exigencias de luces en el escenario, ni toallas blancas de doble densidad y agua mineral Perrier para el camerino. Sin boletos de primera clase, ni suites presidenciales, ni honorarios previos ni posteriores.
Un hombre común que hablaba como nadie lo hacía, que sanaba, que nunca escribió un libro ni grabó sus presentaciones en público, que dio de comer, que amó.
No intento disminuir el mérito de nadie. Sólo ayudar a recuperar algo la memoria, algo del sentido común que tiene la sugestión aquella de que los grandes de esta tierra se hacen nombre, dominan, controlan, exigen reverencias, besamanos y genuflexiones y que entre nosotros no debería ser así.
A fin de cuentas, el que era el más grande, el que era el maestro, no quiso que le llamaran así y tomó el oficio de sirviente para testimoniar su aprecio por las mujeres y los hombres de este mundo.
Y sin embargo, su Nombre era – y es – sobre todo nombre.
(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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