Vivimos en un mundo sin pasado ni contexto, concluye un atribulado columnista que escribe sobre la ligereza con que tuiteros de todas las calañas esparcen por el mundo loas o maldiciones sobre los más variados temas fuera de todo razonamiento, perspectiva y cordura.
Es inevitable tener que involucrarse en la discusión sobre las virtudes y defectos de Internet. Hace unos días su creador, Tim Berners Lee, publicó una carta en la que advierte los peligros que importa para la democracia el que sea más y más penetrante el ojo de los organismos de seguridad y de los patrones del marketing mundial sobre la información y los dichos de los usuarios de la red.
Por otro lado y como bien ha escrito Umberto Eco, siempre ha habido necios en el mundo, pero en el pasado sus necedades circulaban apenas entre un grupo de amigos en el bar o a lo más en el diario local. Hoy tienen circulación y derechos mundiales.
Esto, sumado a esa comezón por ser visto que diluye miserablemente la diferencia entre la fama por ser un destacado científico o activista del medio ambiente y un par de estúpidos que compiten tomando cerveza patas para arriba cuya épica competencia se viraliza en la red.
Quizá sea mejor ignorar todo ese ciber mundo y ocuparse de los propios asuntos lejos de su presencia omnímoda; pero tal cosa resulta imposible si todavía uno quiere que buenas cosas también sean conocidas y promovidas en la red; una especie de convivencia forzada, supongo.
Toda esta realidad virtual nos mete efectivamente en un universo sin pasado ni contexto. Sin pasado porque ya no hay referencia a la historia: de dónde venimos, qué es lo que nos formó, que es lo que nos pasó y que no debería volver a pasarnos. Todo se reduce a un febril y alocado ahora, con minivideos que recorren el mundo y desaparecen en veinticuatro horas. Prácticamente no hay conexión con nada permanente.
Asimismo, es muy difícil identificar el contexto de las cosas. Sólo trazos, sensaciones, discursos de ciento cuarenta caracteres que lo previenen a uno de entender y creer alguna cosa. Solo hay velocidad, fragmentación, fugacidad.
No parece probable que con estos componentes se pueda construir un mundo donde entenderse a sí mismo con cierta objetividad y entender a los demás sobre la base de un conjunto de cuestiones básicas, sólidas y permanentes.

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