“Ningún gobierno debiera sostener intelectuales si son intelectuales, porque un intelectual no es orgánico. Plantea dificultades. Donde los políticos ofrecen creencias, él plantea pensamientos que disuelven sus creencias. Por lo tanto, no tiene que ser simpático, el pensamiento no es simpático. No hay pensamiento con felicidad; el pensamiento es inquietante.”
Tomás Abraham (filósofo argentino)

Algunas pocas – y afortunadas – veces encuentro palabras que reflejan con tanta fidelidad lo que pienso y siento. Esta cita de una entrevista telefónica del autor con un medio nacional resume mi creciente convicción de que alguien que piensa seriamente no puede estar al servicio de una causa o un sistema dirigente.
Por más noble que suene el “servicio a la causa” va a ser inevitable que tarde o temprano ella y sus dirigentes demanden una lealtad injusta o indigna del escritor, del comunicador o de quien quiera que piense algo más allá de la estructura.
Cuando las ideas y las creencias son pensadas como deben ser pensadas es más que frecuente que resulten incómodas, molestas o inconvenientes para el poder. El poder asegura su permanencia basado en la lealtad de la gente que abraza sus consignas y sus declaraciones de factura más o menos simple, fáciles de entender para la mayoría y que constituyen el discurso unificador de los dirigentes.
Es en este sentido que podríamos afirmar que una buena parte de los profetas antiguos cumplieron una función intelectual: comprendían el pensamiento de Dios, veían las inconsistencias entre Su ley y la práctica de los dirigentes políticos y religiosos y las confrontaban muchas veces al costo de sus propias vidas.
Un intelectual no siempre será una persona con altos estudios y calificaciones superiores. A veces no es más que alguien que comprende el tiempo que vive, que tiene una noción bastante clara de la justicia, de la verdad, de la integridad y por eso cuando habla, sin compromisos ni acomodos al oído del poder, es antipático.
“El pensamiento no es simpático. No hay pensamiento con felicidad; el pensamiento es inquietante.” Estas palabras están en severo contraste con el discurso de los políticos y del que muchas veces sale de púlpitos para complacer a la multitud.
Alguna vez leí que un intelectual no es una persona que sirve a una causa, sea política, religiosa o cultural. Es un outsider, alguien que está afuera – como estaba Juan el Bautista – pero que entiende perfectamente lo que pasa allá adentro.

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(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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