No estábamos ahí cuando los tiranos se apoderaron de las almas y las transaron al mejor postor. No estábamos ahí cuando la codicia del dominador devoró las riquezas naturales del mundo. No estábamos ahí cuando los profetas solitarios morían de sobredosis, ahogados en su vómito. No estábamos ahí cuando las trasnacionales contaminaron las aguas y las gaviotas murieron ahogadas en el petróleo de los buques cisterna. No estábamos ahí cuando las niñas fueron vendidas por quinientos dólares para proveer a los consumidores del turismo sexual. No estábamos ahí cuando se escribieron las crónicas del despojo, la violencia y la opresión. En fin, no estábamos ahí cuando se escribía la verdadera historia, la de todos los días, la que no sale en los diarios…

Nosotros estábamos en nuestros santuarios, considerando las futuras delicias de un cielo embaldosado de oro y joyas. Estábamos analizando las interpretaciones de la profecía de los ancianos tutelares que escribieron de dragones voladores, copas y documentos lacrados. Investigábamos diligentemente cómo era que sanaba el alma de los mínimos dolores que habíamos experimentado cuando éramos niños y cómo era que nos librábamos de las tentaciones de la televisión e internet. Estábamos juntando dinero para equipos de sonido de última generación y vitrales multicolores para nuestras inmensas catedrales. Estábamos salvando el mundo con encendidos discursos y melodiosas canciones, a más que prudente distancia de los verdaderos hechos de la historia.

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Porque lo nuestro no era el mundo. No era nuestra misión ocuparnos de las cuestiones palpitantes del mundo, porque alguna vez leímos, y nos pareció genial, que nosotros no éramos del mundo. Nosotros éramos ciudadanos del algún reino lejano, con emotivas historias acerca de triunfos venideros y juicios definitivos.

Nunca se nos ocurrió pensar – o nunca nos dejaron pensar – que “no ser del mundo” no quería decir “no ser en el mundo”. Ser en el mundo era hacerse carne en la cotidianidad, meterse en la profundidad del dolor y la miseria, estuviera ésta en las esferas del poder o en las profundidades de la pobreza. Era, ni más ni menos, recordar esas palabras del Maestro que nadie parece recordar: “Así como yo soy, así son ustedes en el mundo”: carne, sangre, compromiso, participación en el curso de los acontecimientos humanos. Porque, a fin de cuentas, esos son los acontecimientos que nos competen si vamos a representar aquí la inmensa gesta de la redención.

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