Un tufo* caliginoso se cierne sobre la ciudad a esta hora vespertina. La temperatura roza los cuarenta grados. De a poco empieza a correr una brisa del sur, el termómetro inicia una loca carrera descendente y a las nueve de la noche llueve con truenos, rayos y relámpagos del fin del mundo. Antes de la medianoche los registros han caído a los diecinueve grados. Me siento en al patiecito trasero de mi casa y me dejo abrazar por un frío reparador.
Este es el primer año que paso el verano completo en la ciudad. Otras veces fui a Chile o salí a dictar conferencias lejos de aquí. Escucho que aunque no ha sido el verano más intenso de la historia de este país sí ha tenido las rachas más largas de días con temperaturas cercanas a los cuarenta grados: ocho jornadas seguidas sin clemencia alguna. Nos recomiendan a los mayores (los grandes dicen acá) que no salgamos a las horas de mayor calor, que permanezcamos a la sombra y que nos hidratemos frecuentemente. El aire acondicionado me salva la noche pero a las tres o cuatro de la madrugada tengo que apagarlo; no me acostumbro a este recurso que en mi país no es muy común. Allá nos las arreglamos con ventiladores y esperamos la nochecita, que siempre refresca y no tiene mosquitos.
La humedad y los mosquitos son mi calvario veraniego. A veces divago preguntándome si Dios creó los mosquitos. ¿Sería para recordarnos nuestra fragilidad tal vez? Es increíble cómo una sola picada puede alterar el orden del universo para mí. Digo, si fuera sólo la picadura, pase. Pero no. Tiene que arder y causar una picazón de los mil rayos por un rato largo. Y la humedad, que agota, exaspera y drena toda energía posible; la ropa se hace insufrible y eleva la sensación térmica a niveles insostenibles.
Entonces, impaciente por la llegada de los días fríos, me pregunto: Y yo, que vengo de las montañas, de las estaciones bien marcadas, de la lluvia que es en el invierno y de los veranos violentos y secos…, ¿qué hago aquí?
Tal vez algún día este largo, ardiente, húmedo y espeso verano se convertirá en un gusto adquirido.
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* Tufo: así se refieren los cordobeses al aire caliente del verano

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(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

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