Inútilmente busco una memoria precisa de mi primer viaje. Algún registro confiable en la borrosa galería de mi infancia. Cual viejas fotografías aparecen el vagón de tercera de un tren a carbón, una carreta tirada por bueyes a paso lento en medio de un laberinto de álamos, un viejo bus pullman que trepa por la cordillera de la costa hasta que de pronto el mar aparece con su salvaje inmensidad azul.

Cuando se viaja lo normal es que haya una razón: familia, trabajo, vacaciones, conferencias, eventos especiales. Nadie viaja porque sí. Eso hace del viaje un trámite, una diligencia necesaria. Por eso debe ser que la mayoría de la gente se mete en sus pequeños aparatos móviles, en los libros y revistas o bien duermen profundamente; lo hacen para conjurar el tedio, la incomodidad de lo inevitable, porque a fin de cuentas la única cosa importante es el destino.

El viaje puede ser algo más, sin embargo. Podemos descubrir su lado psicológico, su faceta artística, su dimensión lúdica. El viaje puede hablarnos de nosotros mismos, como hace el especialista después que le describimos nuestras manías y nuestras neurosis.

Sé que esto puede parecer extraño o ridículo para el que viaja cientos de miles de kilómetros al año por su profesión. ¿Qué puede haber de mágico en las miles de horas en pequeños asientos de clase turista, en las tediosas esperas en salas de embarque, cafés desabridos y comidas envasadas, en las heladas esperas en un terminal de buses en medio de la noche en una provincia perdida del sur? Es verdad. El viaje no debería ser un trámite, sino parte de la aventura de vivir. ¡Malhaya los tiempos modernos!

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Así y todo, el viaje sigue siendo un acontecimiento existencial de primer orden. Me fascina la sensación de entrar en la tierra de Nunca Jamás que son los aeropuertos y los terminales. Atrás queda la vestimenta de lo predecible, la letanía de lo cotidiano. En las salas de espera puedo ser un profesor emérito, un cirujano eminente, un poeta venido a menos, un ermitaño de jeans desteñidos y barba descuidada, o un solemne don nadie, que es lo más recurrente en ocasiones como ésta. No pertenezco a nada ni a nadie. No hablo a nadie ni dejo que nadie me hable. A toda mi disposición está el paisaje, el cielo, las nubes, la gente que pasa, los ruidos de los terminales. Soy libre…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para a radio cristiana CVCLAVOZ)

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