“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen…” 2 Corintios 3:18 Versión Reina-Valera 1960

La Voyager es una sonda espacial robótica que fue lanzada desde Cabo Cañaveral el año 1977, con un único fin: fotografiar Júpiter y Saturno.

La NASA quería aprovechar un evento sin precedentes que solo ocurre dentro de nuestro sistema solar cada 175 años: todos los planetas se alinearían en su trayectoria. Tal evento daría paso a una oportunidad de oro para que la sonda espacial, sea lanzada en línea recta alcanzando a fotografiar sus objetivos sin mayores esfuerzos para maniobrarla.

Gracias a ese suceso y a la astucia de un grupo de científicos, hoy en día tenemos las fotos más extraordinarias de los dos planetas más grandes conocidos por el hombre, incluyendo todas las lunas que los rodean.

Al recibir las imágenes, la NASA daba por terminada la misión y debido a la trayectoria con que fue lanzada la sonda espacial, la Voyager estaba destinada a perderse para siempre en el espacio. Sin embargo, ocurrió algo fascinante.

Aunque ya no encontraría en el espacio interestelar más planetas o satélites, encontró mucho que medir: partículas cargadas, campos magnéticos, rayos cósmicos, ondas de plasma. La supervivencia de la Voyager tan lejos del Sol representaba una oportunidad para el estudio de las condiciones en el espacio abierto.

En febrero de 1990, la sonda espacial dirigió su cámara hacia el interior de nuestro sistema solar y envió una serie de fotografías del sol y sus planetas, un mosaico fotografiado a seis mil millones de kilómetros, en el que la Tierra aparece como un punto del teclado de computadora, apenas visible dentro de un haz de luz gigantesco. La imagen, junto con la famosa fotografía del Planeta desde la luna, es una de las más famosas que hay.

Algo similar pasa en la vida del hombre, por ejemplo, uno anhela casarse y mira ese evento como un final, pero cuando lo alcanza solo se da cuenta que es el principio de una aventura y un reto aún mayor.

Por otro lado, una derrota en cualquier ámbito de nuestra vida, nos deja esa misma sensación de final. Nuestra mente entiende que todo ha terminado.

Los científicos que enviaron la Voyager, creyeron que después de obtener las fotografías que querían la misión acabaría, pero la trayectoria en la que fue lanzada la sonda espacial haría que su trabajo continúe.

La vida cristiana es algo similar, nunca llegará el día en ésta tierra en el que podamos decir: “llegué, misión cumplida” o “Es el final, todo se ha perdido”. Cada meta conseguida es solo el principio de otro reto aún mayor y cada derrota, es solo la oportunidad para empezar de nuevo.

En triunfos o derrotas, Dios siempre tiene algo mayor por delante, porque uno de sus propósitos es que caminemos de gloria en gloria.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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