“Estoy enfermo. Le he pedido a Dios me sane, pero aún así no veo respuesta ¿Por qué?”

Ante todo, debemos entender que las enfermedades tienen diversos orígenes. Algunas son hereditarias, otras se adquieren por contagio, otras se producen por el descuido y el exceso que la misma persona comete. Por ejemplo, si uno come algo que sabe que le hará daño, es lógico que después tenga algún malestar estomacal. Cuando uno entiende el origen de la enfermedad, se puede tener una mejor perspectiva de ella.

A nadie le gusta sufrir dolor ni malestar. Todos queremos tener salud completa para realizar nuestras actividades con normalidad y sin interrupciones. Es por eso que oramos y pedimos a Dios para que elimine la enfermedad de nuestras vidas y nos dé bienestar. Sin embargo, hay momentos en los que parece como si Dios no quiere ayudarnos.

En la Biblia hay diversos versículos que ofrecen paz y esperanza a los que buscan sanidad, y a veces nos aferramos a ellas y esperamos que se apliquen a nuestra vida. Aún cuando ponemos toda nuestra fe y confianza en que Dios así lo hará, es como si nuestras oraciones se quedaran en el techo de nuestras casas y nunca llegaran a sus oídos. Esto puede llevar al desánimo y a la amargura; no obstante, hay algo que estamos olvidando.

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No hay nadie más sabio y poderoso que Dios. Sus planes son mayores que los nuestros, y aunque no los entendamos, debemos ser pacientes y aceptar su voluntad. 2 Corintios 12:9 (TLA) dice: “«Mi amor es todo lo que necesitas. Mi poder se muestra en la debilidad.» Por eso, prefiero sentirme orgulloso de mi debilidad, para que el poder de Cristo se muestre en mí.” Si a Dios le place, obtendremos sanidad porque de esa manera estaremos cumpliendo con un propósito. Pero si no somos sanados, entonces es porque Él también tiene otros planes mayores para nuestra vida.

Dios no se olvida de nadie tan solo porque sufre de algún mal. Con enfermedad o sin ella, Dios tiene un propósito especial para cada uno de nosotros. Lo que podemos hacer es confesar nuestros pecados (Santiago 5:15-16), orar para alcanzar misericordia y gracia (Hebreos 4:16), pedir por paciencia y fe para comprender el plan de Dios (Romanos 8:28) y ser agradecidos (1 Tesalonicenses 5:18). Recordemos que Dios nos ama y siempre quiere lo mejor; es mejor confiar en sus planes que en los nuestros.

 

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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