La oración es personal, requiere de persistencia y una actitud de agradecimiento, pero también, humildad. En Lucas 18:10-14 hay una historia que narra la forma de orar de dos hombres. Uno de ellos era fariseo, y dijo: Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres. Ellos son ladrones y malvados, y engañan a sus esposas con otras mujeres. ¡Tampoco soy como ese cobrador de impuestos! Yo ayuno dos veces por semana y te doy la décima parte de todo lo que gano” (v. 11-12. TLA). Al examinar la oración de esta persona puede creerse que tiene una actitud de agradecimiento a Dios por todas las cosas buenas que tiene en la vida; sin embargo, cuando el cobrador de impuestos al cual se refiere, oró, dijo: “¡Dios, ten compasión de mí, y perdóname por todo lo malo que he hecho!” (v. 13 TLA).

Hay una diferencia muy marcada entre ambas oraciones. El fariseo pretendía mostrarse agradecido con Dios y se exaltaba por sus acciones. No obstante, esto más bien era una auto-alabanza disfrazada de agradecimiento. Cuando esto sucede, la oración deja de ser un acto de comunicación con Dios y se convierte en un discurso narcisista. Por otra parte, cuando el cobrador oraba, no hacía más que humillarse y pedir perdón por sus errores. De hecho, la Biblia resalta su actitud de humildad: “se quedó un poco más atrás. Ni siquiera se atrevía a levantar la mirada hacia el cielo, sino que se daba golpes en el pecho” (v. 13 TLA). Éste hombre había comprendido que la oración no es para demostrar lo grande que es uno mismo, sino para darle la alabanza a quien realmente lo merece: Dios. Humillarse ante Dios quiere decir:

  • Asumir la responsabilidad por nuestros pecados.
  • No tratar de justificar los errores propios con excusas, ni culpar a los demás por nuestras equivocaciones.
  • No creerse superior que otros. Eso quiere decir, no señalar las fallas de los demás para hacernos quedar bien.

Cuando aplicamos la humildad en la oración, le estamos dando a Dios el honor y respeto que se merece. Él ya conoce nuestros corazones y sabe cuáles son nuestros más profundos deseos; así que, no hay necesidad de mentirle y enmascarar nuestros auténticos propósitos. Él es un Dios de amor y no desprecia a los que se acercan con sinceridad, humildad y arrepentimiento (Salmos 51:17).

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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