En la antigüedad, los nombres se ponían de acuerdo al significado que tenían. Sin embargo, con el paso del tiempo, algunos de ellos perdieron su connotación inicial debido a la mala reputación de los que llevaban el nombre. Así por ejemplo, Judas, que significa “el alabado”, se convirtió en sinónimo de “traidor”. Hoy en día, los nombres se eligen en base a otros criterios de parte de los padres o tutores legales. Por otra parte, la ciencia ha demostrado que los seres humanos asociamos los nombres a ciertas características físicas en especial. Esto se probó con el llamado efecto Bouba/Kiki, el cual se puede ver con el siguiente ejemplo. ¿Cuál de las dos figuras se llama Bouba y cuál Kiki?

Los resultados de un experimento confirmaron que la mayoría de personas nombra Kiki a la figura angular, mientras que a la imagen de la izquierda la llaman Bouba. Esto se debe a la forma que se hace con la boca al pronunciar ambos nombres. Bouba requiere que la boca tome una forma redonda, lo cual no sucede cuando se dice Kiki. Este mismo efecto se observa cuando las personas asocian la pronunciación de un nombre a un tipo específico de rostro.

Un estudio hecho por David Barton y Jamin Halberstadt, de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, demostró que la mayoría de personas asocia la pronunciación de nombres que requieren que la boca tome una forma redonda, con un rostro redondo. Si el sonido del nombre hace que la boca tome otra forma, entonces se asocia con un rostro angular.

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Otra investigación realizada por la Universidad Hebrea de Jerusalén, reveló que las personas pueden adivinar correctamente el nombre de un extraño debido a las normas sociales y estereotipos. La Dra. Ruth Mayo, coautora del estudio, explicó que “tenemos ideas culturales sobre nombres, basándonos en cómo suenan, si tienen otro significado, las personas que hemos conocido con ese nombre, y gente famosa.” Un ejemplo de esta declaración es el nombre Rosa. Debido a que se asocia con la flor, se espera que la mujer que lleve el nombre sea hermosa, delicada, y por tanto, más femenina.

No obstante, cuando los padres nombran a sus hijos, es muy improbable que sepan cómo van a lucir en el futuro. Por consiguiente, hay muchos casos en los que los nombres no van acorde a la percepción común que se tiene. Aunque los nombres son parte de nuestra presentación personal, no son parte de nuestra identidad. El nombre no hace a la persona. La persona hace al nombre.

 

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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