¿Qué estás haciendo?

El desarrollo de los medios de comunicación nos ha convertido en testigos de grandes sucesos mundiales. No importa si estamos a miles de kilómetros, igual podemos ser partícipes de lo que sucede en el mundo en tiempo real.  Y así como somos espectadores de grandes logros de la humanidad, también vemos la decadencia moral de la raza humana, somos testigos de las injusticias y el sufrimiento de personas, pueblos y países enteros.

Muchos de nosotros optamos por cambiar de canal, apagar la computadora y esquivamos cualquier conversación que nos pueda llevar a recordar el sufrimiento por el que pasa la gente.

Pero no se necesita ni siquiera de los medios de comunicación para ser testigos del dolor. Muchas veces presenciamos injusticias y sufrimiento de personas que están a nuestro alrededor. Puede ser un conocido, un vecino, un amigo o hasta un pariente, pero todos conocemos del pesar de al menos una persona.

Es verdad  que las injusticias  y la maldad del hombre siempre han existido, no son una novedad traída por la tecnología. Tal vez ahora nos sorprenden más porque podemos ver de forma más directa lo que sucede en todo el mundo, las noticias llegan al mismo tiempo que se desarrollan los hechos. Y sí, también es innegable que aparentemente la humanidad  cada vez se vuelve más indiferente y el amor pareciera irse enfriando.

En  ocasiones, sin importar hace cuánto conocemos a Dios o cuán grande es nuestra fe,  es muy difícil dejar de preguntarle a Dios: “¿Por qué no haces algo? ¿Hasta cuándo vas a permitir tanta maldad, tanta injusticia?”.  Yo creo que en muchas ocasiones Dios nos respondería con la misma pregunta.

En Lucas 10:25 está la Parábola del buen samaritano, muy conocida por todos y poco aplicada a nuestras vidas.

¿Cuándo fue la última vez que pasaste de simple espectador a ser un buen samaritano? ¿Hace cuánto que no pones  en práctica  el mandamiento del amor al prójimo? ¿Oraste por las personas que están sufriendo? ¿Les hablaste del amor de Jesús?

A veces estamos tan concentrados en nosotros mismos que se nos olvida o preferimos evitar conocer del sufrimiento de otros, es más fácil cerrar los ojos, taparse los oídos  o seguir de largo como el sacerdote y el levita  en la parábola.

Qué dirías si ahora Dios te preguntara: “¿Por qué no haces algo? ¿Hasta cuándo te vas a quedar de brazos cruzados?”

 “—Ahora bien, ¿cuál de los tres te parece que fue el prójimo del hombre atacado por los bandidos? —preguntó Jesús.

 El hombre contestó:   —El que mostró compasión.  Entonces Jesús le dijo: —Así es, ahora ve y haz lo mismo”.

(Lucas 10:36, 37 NTV) 

Llevemos el amor de Jesús a los necesitados, no podemos dejarlo encerrado en un templo o en nuestras casas. No podemos amar solamente a quienes piensan o creen igual que nosotros ni a quienes nos aman, el mandamiento es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No esperes más!!

Ana María Frege Issa

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