La sabiduría no complica, sino que simplifica.

(Proverbios 2:6-9).

Horacio es un joven profesional que cuenta cómo la sabiduría de un compañero de universidad lo hizo reflexionar seriamente sobre el sentido que le estaba dando a su vida y la necesidad de buscar a Dios y enriquecerse interiormente. Él dice lo siguiente:

“Una de las cosas que me llamaba la atención de Daniel era su forma tan práctica, tan sencilla de ver de la vida. Uno como joven mantiene corriendo, lleno de ansiedad, tratando todo el tiempo de cumplir con todas las obligaciones y tratando de quedar bien con todo el mundo.

En lo académico te esfuerzas, estudias a millón y quieres ganar tus materias como sea para poderte graduar y no ir a defraudar a tus padres. Los fines de semana te vas de fiesta con tus amigos y te gastas todo el dinero que conseguiste y haces toda clase de locuras y estupideces porque se supone que eso es divertirse y pasarla bien.

Pero la verdad es que caes en un círculo vicioso de insatisfacción y necedad. Cada viernes y sábado te embruteces con vicio para así tener algo de qué hablar con los compañeros mientras llega el otro viernes y sábado. Y así se te va la vida.

Pero con Daniel veía algo diferente. Con él tuve que revaluar la imagen que tenía del cristiano. Yo suponía que él se la iba a pasar con una biblia negra debajo del brazo, arrodillado todas las noches antes de ir a la cama, hablándome del Señor y tratando de ganarme como adepto de su religión.

Pero no, su biblia era electrónica, de manera que no se sabía cuando la estaba leyendo o cuando estaba usando su agenda o mandado mensajes de texto. La oración no era la de arrodillarse y llorar junto a su cama, aunque es posible que lo hiciera en privado, pero más bien lo que yo veía era que él decía que se iba a una junta de negocios con el gerente del universo.

Y se llevaba su libreta y se retiraba a un lugar tranquilo. En los estudios le iba muy bien, pero no era el típico ratón de biblioteca con anteojos inmensos. Decía que su éxito era simplemente porque amaba esa profesión. Y lo mismo pasaba con el deporte, era muy buen atleta, porque disfrutaba hasta del entrenamiento.

La verdad es que me molestaba verlo como don perfecto, pero no, no era perfecto, era simplemente un hombre con la sabiduría de Dios en su vida, y eso fue lo que Jesús usó para atraerme a sus pies, ver a alguien que no está preso en una religión, sino disfrutando de una relación con Él”.

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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