Gusano

“Si ni aun la misma luna es resplandeciente ni las estrellas son puras delante de sus ojos, ¿Cuánto menos el hombre, ese gusano, ese gusano que es el hijo del hombre?” Job 25:5-6

Era domingo y disfrutaba de la natación en el Centro Español. Alrededor de la piscina los meseros se apuraban a colocar las mesas, los manteles y las sillas, para recibir a los socios domingueros que llenarían las instalaciones. Ese día había una celebración especial y desde temprano en el salón principal ubicado en el segundo piso del edificio que se erguía frente a la piscina y el parque de juegos, la música llenaba el ambiente. De repente me llamó la atención una canción, que sonaba más o menos así: Nadie me quiere, nadie me ama, por eso me como un gusanito, le quito la cabeza y ¡ay, qué rico gusanito! La gente que ya estaba sentada en las mesas, seguía la música repitiendo la letra y moviéndose al compás, confesando que lo único que se merecían era un gusanito: así era su autoestima, o por lo menos así lo confesaban.
Las verdades al expresarlas, tal y como vimos ayer, depende de quien las diga. Vamos a ver. El hombre ante Dios es insignificante, el profeta Isaías va más allá cuando dice que somos podrida llaga, para establecer que antes de ser purificados y justificados por Jesucristo, no podíamos presentarnos ante la pureza de Dios. El pecado contamina, ensucia y destruye el alma pudriéndola. Además, la comparación con un gusano determina la insignificancia en cuanto a tamaño que el hombre tiene con respecto a Dios, ya sea en esta forma o comparando con algo muy pequeño, responde a la pregunta, ¿De qué tamaño es Dios y de que tamaño soy yo? Entonces, es innegable la verdad de que el hombre es insignificante ante Dios, no hay para donde, no se puede negar. Igualmente el hombre sin Dios y sin haber aceptado la justificación de Su Hijo, es impuro y la comparación con un gusano es más que merecida. Notemos que decimos sin Dios, pero no se justifica ni se acepta que alguien que ya es justificado por Jesucristo, se crea un gusano.
Pero estas verdades depende de quién las diga porque así es la intención que muestra su corazón: Bildad lo dice tratando de colocar a Job en esa posición: Job tú eres un gusano ante Dios, y yo también, y todos los humanos, gusano, gusano ¿inmundo? Es más, si es como dice la canción, el humano serviría de alimento al que es aborrecido y no tiene quien lo ame. Montemos el escenario: Job está atribulado por la pérdida de sus hijos, sus ganados y sus siervos, llagado en todo el cuerpo, sentado sobre ceniza y rascándose con un tiesto, preguntándose por qué: y Bildad, su amigo, le dice que es un gusano y es más, ¡que todos los humanos somos gusanos delante de Dios! ¿Vemos la diferencia que esta expresión presenta? Reconocer que el hombre es insignificante ante Dios, que es inmundo por el pecado, es diferente al tono con que Bildad plantea esta peroyativa comparación. ¿Saben?, hay personas redimidas por la sangre de Cristo que se expresan de esta forma de sí mismo mostrando una autoestima muy baja.
Veamos cual es el concepto que tiene Dios de su pueblo (los redimidos), “Porque a mis ojos eres de gran estima, eres honorable y yo te he amado;” (Isaías 43:4) y “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios,” (1 Pedro 2:9ª). Uno del Antiguo y otro del Nuevo. ¿Gusano?, que se les tuerza la boca, ¡vaya! el tal Tachus, ¡ya se indignó!
Cuando visitamos o entramos en contacto con un hijo de Dios que está en tribulación, tenemos que tener cuidado de no albergar en la mente y expresar, calificativos como este: Dios sabe como forma a sus hijos y como los acompaña en los procesos de disciplina, y no dejan de ser como ‘la niña de su ojo’.
En otro tiempo éramos ‘no pueblo de Dios’, pero ahora valemos la sangre de Su Hijo, así que borra de tu corazón y de tu boca, conceptos peroyativos hacia tu persona, levanta tu ánimo: ERES ESPECIAL TESORO PARA DIOS. Perdona que eleve la voz, pero, ¡cómo me gustaría saber que así lo crees!

¿Viste?, no permitas que otros opinen otra cosa.
Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, alabando a Dios por la justificación de mi alma.

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