Los que duermen

“Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.” 1 Tesalonicenses 4:13

La tarde declinaba y poco a poco nos fuimos retirando del cementerio en donde, con mucho dolor, dejamos el cuerpo de nuestra madre. En el capítulo 23 de Génesis, narra cuando Abraham dejó el cuerpo de su esposa Sara en la cueva Macpela que estaba en la heredad comprada a los hijos de Het. Años más tarde, según el capítulo 25, Isaac sepultó a su padre Abraham en la misma cueva. Y desde que se inició la historia humana estas escenas se han repetido y han tomado la forma de la tradición de cada lugar: embalsamados, incinerados, puesto en mausoleos, sepultados en tierra, dejados a la deriva en los mares o los ríos, consumidos por el fuego en grandes piras, en fin, cuando alguien abandona esta tierra, sus deudos le dan el adiós que acostumbra su cultura. El duelo, que sigue al sepelio, se prolonga tanto como los actores decidan y el más prolongado, es cuando se decide ‘quedarse’ con el difunto, anclando su vida en la tumba y en el hecho. Pero la realidad es la misma, “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,…” (Hebreos 9:27), todos, no se escapa ninguno, deben enfrentar la partida de esta tierra.
Pero hoy queremos hablar de la forma como los cristianos debemos enfrentar esta separación, nos referimos a los que se quedan, cuya actitud se basa en el conocimiento de lo que les pasa a los que se van. Y lo hacemos siguiendo las instrucciones que el apóstol Pablo da en este pasaje y que se consigna en el verso anotado como base: debemos alentarnos los unos a los otros con este conocimiento. Copiemos los versos 13 y 14.
“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.”
Lo primero que queremos resaltar es la diferencia que establece el apóstol en cuanto a la esperanza: dice que nosotros los que creemos en Cristo tenemos esperanza y que los demás no. Notemos que habla de no entristecerse pero no por la separación sino por la expectativa del destino de los que dejaron esta vida. Esto es bien importante de entender, porque si bien la separación produce tristeza por la falta que hace la persona que se fue, es diferente entristecerse por esto y no por lo que les pasará en el futuro. Establezcamos pues la esperanza, como segundo término.
Uno, si bien la muerte es la separación del cuerpo del alma y por lo consiguiente el cuerpo inicia su descomposición material, el alma tiene otro destino. El apóstol la sitúa en un estado de ‘sueño’, dice ‘los que duermen’ dando la certeza que están en paz, como cuando alguien duerme profundamente. Entonces, no podemos entristecernos, porque nuestro ser querido está en paz, no en angustia, como piensan los que no tienen esperanza. Dos, dice que Dios traerá con Jesús a los que ‘durmieron en él’. Fijémonos bien, si durmieron en él, es porque están con él, en paz. ¿Vemos lo maravilloso que es esto? Cuando nosotros partamos de esta tierra, ‘dormiremos en él’, estaremos en paz con él, ¡qué hermosa perspectiva! Y, tres, los que durmieron en él, regresarán con él, cuando ocurra la segunda venida del Hijo de Dios.
Lo tercero que resaltamos, es la condicionante que establece para apropiarnos de esta esperanza. En efecto, dice que, ‘si creemos que Jesús murió y resucitó’, también creemos en esta esperanza. O lo que es lo mismo, si aceptamos a Cristo es que creemos en su obra, y si creemos en su muerte y resurrección, no podemos actuar como los que no tienen esperanza. Es decir, podemos estar tristes por la ausencia, pero, gozosos por la esperanza, por lo mismo, no debemos estar tristes por la situación actual del que partió, y, mucho menos, seguir ‘anclados’ en la tumba y en el hecho, como los que no tienen esperanza.

¿Viste? ¡Dios quiere tu felicidad!
Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, ¡en la esperanza con Cristo!

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