adiós Archives | CVCLAVOZ

All posts in “adiós”

Enumeraciones

Nuestra pequeñez en la profunda inmensidad del universo. La cruda evidencia del cuerpo que se deteriora. El agudo filo del adiós sin retorno. La fría estocada de la razón sin sentimientos. Todo lo que termina, termina mal. Queda clara la inevitabilidad de la muerte. El descubrimiento de la mentira. La ilusión que se hace trizas en el duro cemento de la realidad. Nuestro nombre que no aparece en la lista ganadora.
Leemos el informe que dice que lo nuestro no tiene cura. Un niño muerto es fotografiado en la playa. Resultó que nuestro personaje inolvidable era un redomado estafador. Lo que abrazamos tibio y sereno devino tempestad y cenizas. La sonrisa era una mueca inventada. El amor se congela a la intemperie. Lo soledad es la única puerta sin llave.
El necio gana millones y tiene buena prensa y el sabio recibe una pensión miserable y es denigrado en las redes sociales. La patética reverencia que hay que hacer para conservar el puesto. El inmenso y flagrante imperio del mal. Las inmensas riquezas con su macabra estadística de almas muertas.
Es tan corto el amor y es tan largo el olvido. La mascarada de los discursos y las predicaciones. La hora del lobo y las ocho horas de insomnio. La violencia y el hambre que nunca dicen: “¡Basta!” Nos reducimos a una mínima pantalla táctil. La “Matrix” que está en todas partes y permea todo. Los ceremoniales hipócritas y las condecoraciones desvergonzadas. Los diligentes emprendimiento de la superchería. A veces, ¡qué ganas de no tener más ganas!
Las vanas repeticiones de slogans, clichés y lugares comunes en las solemnes convocaciones (“Las tiene aborrecidas mi alma”, dijo una vez Dios). Sísifo que sube una y otra vez la piedra a la cima del monte para verla, una y otra vez, caer.
Tenemos dolores de parto y damos a luz viento. El estremecedor sonido de la hojarasca en los pasillos de los templos. La picazón por escuchar. La avalancha de pronunciadores de palabras halagüeñas. Las Sagradas Tecnologías de la Información, al alcance de todo entendimiento y a precios módicos. El tremendo invierno que se viene y nosotros en tenida de playa. La arenga cultural de Goliat domina el teatro de la guerra y David anda en un congreso internacional.

Adiós

La vida aquí en la Tierra es pasajera y por lo tanto también las personas. Algunas te dejarán y cuando ese tiempo llegue ¡déjalas ir! No trates de persuadirlos a que se queden. Raras veces tu futuro está unido a los que se van. Cuando algunas personas ya no pertenecen a tu vida, nada podrá hacer que se queden.

Recordemos en la Historia de Noemí, ella tenía dos nueras  Orfa y Ruth; cuando las tres quedaron viudas, decidieron regresar a la tierra de Noemí, Ruth se quedó con ella, pero Orfa se marchó y buscó otro rumbo, eso fue algo doloroso para ellas pero sencillamente denotaba que su papel en esta historia se había acabado. “Y ellas alzaron otra vez su voz y lloraron; y Orfa besó a su suegra, mas Rut se quedó con ella”. Ruth 1.14

Reconoce cuando el papel de alguien se ha acabado en tu historia, de lo contrario, te vas a encontrar intentando resucitar a un muerto. David le imploró a Dios por la vida de su niño. El Rey ayunó y pasó la noche acostado en tierra, ni comió pan (2 Samuel 12:16,17). Pero cuando murió el niño, tuvo que aceptar que no había nada más que pudiera hacer, así que David se levantó de la tierra, se lavó, se ungió, cambió sus ropas y comió.(2 Samuel 12:20).

¡Acepta cuando algo ha terminado! Si el propósito de Dios es que lo tengas, te lo va a dar y permanecerá contigo. Cuando has hecho lo posible para que funcione y no ha funcionado, acepta su voluntad en el asunto. Levántate, no te aferres a un recuerdo, a una persona, a un objeto, etc.  Empieza a vivir de nuevo.

“Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros.” 1 Juan 2:19.

No supliques a nadie que se quede contigo en contra de su voluntad. El hecho que se vaya no es casualidad; significa que Dios tiene algo mejor reservado para ti y seguramente también para la persona que se va; por lo tanto, ¡confía en Él cuando esto suceda!

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

La insoportable levedad

Nuestra pequeñez en la profunda inmensidad del universo. La cruda evidencia del cuerpo que se deteriora. El agudo filo del adiós sin retorno. La fría estocada de la razón sin sentimientos. Todo lo que termina, termina mal. Queda clara la inevitabilidad de la muerte. El descubrimiento de la mentira. La ilusión que se hace trizas en el duro cemento de la realidad. Nuestro nombre que no aparece en la lista ganadora.

Leemos el informe que dice que lo nuestro no tiene cura. Un niño muerto es fotografiado en la playa. Resultó que nuestro personaje inolvidable era un redomado estafador. Lo que abrazamos tibio y sereno devino tempestad y cenizas. La sonrisa era una mueca inventada. El amor se congela a la intemperie. Lo soledad es la única puerta sin llave.

El necio gana millones y tiene buena prensa y el sabio recibe una pensión miserable y es denigrado en las redes sociales. La patética reverencia que hay que hacer para conservar el puesto. El inmenso y flagrante imperio del mal. Las enormes riquezas con su macabra estadística de almas muertas.

Es tan corto el amor y es tan largo el olvido. La mascarada de los discursos y las predicaciones. La hora del lobo y las ocho horas de insomnio. La violencia y el hambre que nunca dicen: “¡Basta!” Nos reducimos a una mínima pantalla táctil. La “Matrix” que está en todas partes y permea todo. Los ceremoniales hipócritas y las condecoraciones desvergonzadas. Los diligentes emprendimientos de la superchería. A veces, ¡qué ganas de no tener más ganas!

Las vanas repeticiones de slogans, clichés y lugares comunes en las solemnes convocaciones  (“Las tiene aborrecidas mi alma”, dijo una vez Dios). Sísifo que sube una y otra vez la piedra a la cima del monte para verla, una y otra vez, caer.

Tenemos dolores de parto y damos a luz viento. El estremecedor sonido de la hojarasca en los pasillos de los templos. La picazón por escuchar. La avalancha de pronunciadores de palabras halagüeñas. Las Sagradas Tecnologías de la Información, al alcance de todo entendimiento y a precios módicos. El tremendo invierno que se viene y nosotros en tenida de playa. La arenga cultural de Goliat domina el teatro de la guerra y David anda en un congreso internacional.

Lágrimas: breve repaso

Ruta fluvial a la fuente de la tristeza. Ofrenda sagrada al dolor diseminado. Acuoso testigo de los imposibles matemáticos. Transparente anuncio de la angustia que viene. Líquido remanso donde sestea la soledad. Registro lateral de los sueños destrozados. Confesión incontenible de los secretos mejor guardados. Desmayo de los ojos a la hora de la pena. Duro metal del alma que desciende fundido por las mejillas. El corazón que se hacía agua y no tenía por dónde salir. Ardor desbocado de la rabia. Transparentes majanos que señalan el principio del fin. Crónica salobre del silencio empedernido. Húmeda bitácora del desconsuelo. Empapada evidencia del desengaño.

Senderos por donde desciende el desencanto, el fracaso y el discurso del adiós. Aguas amargas que limpian la vida de las inútiles dulzuras. Rara vertiente que testifica del odio y del amor. Néctar de la compasión. Ambrosía del encanto. Licor de la ilusión. Agua bendita del perdón. Manantial del cariño. Cristalinas compañeras del tan anhelado descanso. Desahogo de las antiguas broncas y de las iras recientes.

Salen sin permiso y documentan el estado del alma cuando ya las palabras no sirven para nada porque se dijo todo y lo mismo no sucedió el milagro. Uno las disimula, las conjura con el pañuelo o simplemente las deja deslizarse hasta que no queda más nada que el salado surco de su predecible destino. Atestiguan, finalmente y con toda delicadeza, que lo que se quería ya no se va a poder porque así no más somos y así no más es la vida.

Para decirlo de otro modo: cuando de la calavera no queda más nada, se evidencia ineluctablemente la ausencia definitiva de la nariz… y de las lágrimas.

Las islas

Chiloé, cielos cubiertos. Así se llamaba una obra de teatro que vi en los tiempos de Maricastaña. Chiloé, fascinación de promontorios que se hunden en la salvaje pronunciación del Pacífico austral. Atardeceres de fuego y hielo conjugados, luces y sombras de la distancia y la soledad entre verdes desfiladeros y algarabía de gaviotas.

Pasó una caterva de años para que un día, en una lancha de 13 metros, cruzara por primera vez los canales inverosímiles del archipiélago, rodeado de cerros verdes con manchas de sol y lluvia, entonces arcoíris por todos lados y el latigazo del viento austral. Tabón, Chidhuapi, Curaco de Vélez, Dalcahue, Tenaún, fueron nombres que se sumaron a mi bitácora de viajero incansable y ahora inalcanzable.

Volví allí hace un año y medio buscando su hechizo de silencio y distancia. Quería dejar atrás el oficio de la palabra y de las personas. ¿Sería que podría producir papas para alimento de la humanidad? ¿O sacar algas para hacer cosméticos? ¿O conducir turistas de habla rara y vestimentas extravagantes por las orillas y las alturas?

Me refugié en la casa residencial de una antigua amiga que hace patria con su familia hospedando turistas europeos que quieren tocar el vértigo de la aventura en los canales del sur y mirar de cerca lo primitivo que le parece nuestro fin del mundo. La ventana de mi cuarto daba a la playa, que estaba a unos cincuenta metros. Una mujer, con los pies desnudos en el agua helada, sacaba todas las mañanas unas algas que semejaban una inmensa cabellera verde y que se usaba, me dijeron, para la fabricación de cosméticos y aditivos para alimentos. Me quedaba horas frente a la estufa a leña y escribía, leía, me dejaba ser no más.

No había internet y era necesario salir a la playa a buscar un poco de señal para el teléfono. ¿Podría hallar allí la distancia precisa entre el ayer y los reducidos territorios que quedan por descubrir en los años restantes? ¿Apagar por fin los sonidos del miedo, la culpa, la vergüenza? ¿Hallar un poco de paz, la esquiva paz…?

Regresé. No se podía. Había otros imperativos. Otras urgencias. Otras palabras por hablar antes del fin. Decir lo que nadie, o pocos, quieren decir y entonces ya está. Deber cumplido y adiós.

Chiloé. Cielos cubiertos.

(La fotografía la tomé durante aquel breve exilio)

Historias

Esos recuentos dolientes de las cosas idas, de las cosas que no pudimos, que no quisimos retener, de las cosas que nos dolieron demasiado o de aquellas que nos hicieron felices por dos o tres días en un lugar inmaterial, en un territorio de sueños. Esas historias que regresan aunque no queramos; esas historias que no regresan aunque queramos, porque todavía nos conmueve su intensa humanidad, su pasión incontenible. Esas historias que repetimos en voz baja en la plegaria secreta porque no nos duelen sólo a nosotros y quisiéramos que la herida fuera sólo nuestra. Crónicas de lesa felicidad, susurros en la oscuridad, lágrimas silenciosas en una ventana triste cuando la noche devino cilicio, ceniza, desencanto.

Esos recuentos detallados de las estaciones de la pasión, desde el andén emocionado de la esperanza, al paroxismo inédito del placer, hasta la desoladora comprobación de su adiós desencantado en la terminal del tiempo. Esos relatos que nos contamos cada noche y que vamos introduciendo de a poquito en los entresijos del muro de la memoria como aquellas peticiones enrolladas que ponen los peregrinos en el Muro de los Lamentos. Historias que van cambiando de tonalidades según el tiempo pasa, según sanan las heridas, según se va haciendo más profundo el escepticismo.

Recapitulación de episodios que tienen sentido y razón sólo para uno porque resumen todo lo que uno es, todo lo que uno siente, todo lo que uno espera, todo lo que uno desea, todo lo que se debería y no se debe. Registro de cosas que no se postean porque son sólo de uno y que mal o bien componen nuestra pasada por el mundo, nuestro viaje a medias entre el te quiero y el adiós.

Esas historias vienen a componer el repertorio de los recuerdos a los cuales uno va a echar mano cuando la vida pase la factura y lo recluya en el mínimo espacio entre la senilidad y la muerte, cuando ya no valen las recriminaciones y cuando no tienen sentido las esperanzas. Entonces esas historias serán lo único que nos quede y vamos a llevarlas atrapadas entre pecho y espalda cuando nos vayamos y que apenas dos o tres personas guarden para siempre el otro lado de esos relatos, también callados para siempre.

Des-esperar

La espera ha sido un tema recurrente en mi experiencia. La primera profunda impresión que la espera causó en mí fue en una época en que me peleé con todo el mundo; tenía dieciocho años y lo único que quería era largarme lo más lejos posible (una condición, debo confesar, que a diferencia de la mayoría de las personas que maduran y se hacen responsables, aún me mete en litigios con todo). Andaba con un primo mío de ciudad en ciudad en un inmenso camión con remolque cargando y descargando azúcar, acero, cemento y madera. Solía hacer trámites para él durante los tiempos de descarga y por eso muchas veces me tocó esperarlo largas horas y a veces un par de días en alguna plaza o estación de servicio. Nada existía entonces parecido a un celular o a aparatos de radio de bolsillo. Una progresiva resignación fue poco a poco reemplazando el tedio, la bronca y la impaciencia. Me fui habituando a mirar, a escuchar, a preguntar, a esperar.

Desde entonces tengo memoria de haber esperado en recepciones de oficina, aeropuertos, terminales, iglesias, colegios, juzgados, hoteles, restoranes, bancos, a la orilla de la ruta o en los barandales de un puente. En las postrimerías de mi tiempo, me doy cuenta que aprendí a des-esperar. No desesperar, sino des-esperar, es decir, irme despojando de la incesante obsesión de que “pase algo”.

Aquellas esperas fundamentales que devinieron encuentros o realizaciones magistrales, a poco andar se fueron, dejando su huella doliente. Después del fugaz jolgorio de la bienvenida se alejaron dejando tras de sí la estela triste del adiós, recordándome que todo lo que termina, termina mal. Del olvido, ni hablar. El olvido es infructuoso. Considerando que ya no tengo carácter para elaborar sentencias acerca del amor, me permito parafrasear a don Pablo: “es tan corta la dicha y tan largo el olvido.”* Así, se aprende a des-esperar. Se vive la hora presente porque – se descubre – el pasado es únicamente memoria, registro mental más o menos tenaz y el futuro no existe: no nos queda más que el instante. En él no hay nostalgia ni espera, sólo la realidad de un ahora que se apresura a perderse en la inmensidad de los recuerdos…

(* del “Poema 20”, Pablo Neruda)

Lo importante

Tantas cosas que parecían importantes se fueron diluyendo entre brumas de olvido, decepciones y desencuentros. Inmensas preocupaciones que al final quedaron archivadas entre entonces y ahora, sin fecha de revisión. La inversión de tiempo asignada no fue honrada como se esperaba. Alguna explicación a destiempo o un gesto imperceptible las puso en el arcón de la memoria. Otras urgencias y prioridades ocuparon su lugar, nada más que para volver tarde o temprano a repetir la misma historia.

Veintitrés años por allí, diecisiete años por allá, otros once por aquel lado y se fue la mayor parte de la vida. Tanta materia inconclusa que no servirá mucho a la hora del panegírico. Tal vez alguien sugiera hacer una discreta mención de ello en el obituario. Ni siquiera los archivos que se esperaba constituyeran un testamento intelectual quedarán para la posteridad porque lo más seguro es que serán sumariamente enviados a la papelera a la hora del adiós.

A medida que pasa el tiempo uno se toma un poco más en serio y le va bajando el perfil a la seducción del éxito, a la tentación de las posesiones, a los espejismos del amor. Se da cuenta qué pobre es eso de creerse importante, imprescindible, especial. Que no era la cantidad lo que valía la pena. Que era mejor no hacer promesas ni avisar emprendimiento de sueños que con el tiempo quedaron inconclusos o se mostraron infértiles. Que se debería haber abrazado más y hablado menos.

No quiero que te lleves de mí algo que no te marque dice cierta canción. Si hay algo que le daría más valor a la vida sería haber ofrecido en las palabras y en las acciones alguna vida, alguna luz. Que lo que quede de uno en otros sea algo realmente profundo y no una memoria triste o un rencor no resuelto. Aunque de eso no se pueda tener un registro definitivo, a veces no más algún mensaje breve pero potente.

Qué era lo importante… Eso al final sólo lo responderá el tiempo.

Send this to a friend