desierto Archives | CVCLAVOZ

All posts in “desierto”

¿Quieres ver agua en el desierto?

A veces, el problema que está delante de nosotros es tan grande que nos impide visualizar la solución con los ojos de la fe, así como a una persona sedienta le resulta difícil asimilar un oasis en medio de un desierto.

“Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido.” Hebreos 11:11 (RVR 1960).

Abraham recibió una promesa de parte del Señor, y esta era que su esposa iba concebir un hijo siendo una mujer mayor de edad o como la Biblia dice: “fuera del tiempo de la edad”. Seguramente, para los que lo rodeaban era complicado creer en el cumplimiento de esta promesa, y quizá hasta se burlaban de ellos, pero la fe que tenían les dio fuerza para recibir lo que esperaban.

Recuerda que: ¡Nada es imposible para Dios!

“Ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.” 1 Samuel 1:10-11 (RVR 1960).

Otro milagro que ocurrió por la fe se relata en la historia Ana, quien deseaba con todo su corazón tener un hijo, y al final recibió lo que deseaba: “ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente…” Ana era una mujer que clamaba a Dios porque tenía fe, sabía quién era Él y lo que podía hacer.

¿Tienes un problema demasiado grande? Este tiempo no te apartes del Señor, ni te desanimes de orar y estudiar su palabra ¡Al contrarío! Te aliento a acercarte a Dios con fe, así como Sara o Ana, confiando en Dios y clamando por tu petición.

 ¿Necesitas un milagro? ¡Entonces ten fe en el Señor!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Estás listo para la prueba?

“Recuerda cómo el Señor tu Dios te guió por el desierto durante cuarenta años, donde te humilló y te puso a prueba para revelar tu carácter y averiguar si en verdad obedecerías sus mandatos” Deuteronomio 8:2 (NTV).

Quizás hoy mismo estás pasando tiempos complicados a los cuales no les encuentras una explicación. Recuerda que muchas veces Dios permite que enfrentemos una prueba o que pasemos por un desierto para mostrarnos realmente de qué estamos hechos y cuál es la capacidad de resistencia de nuestra fe. Persevera sin desmayar, pronto la tormenta pasará y podrás gozarte en tu victoria.

Por Judith Quisbert

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Casi, casi…

“Y habló Jehová a Moisés aquel mismo día, diciendo: Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, situado en la tierra de Moab que está frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los hijos de Israel” Deuteronomio 32:48-49

Cuando leo en la Biblia, la historia de Moisés, y especialmente su final, me deja un sabor bastante amargo.

Moisés, siendo hebreo, había sido criado en Egipto, siendo preparado con lo mejor de esta tierra para ocupar un cargo de autoridad. Sin embargo, en un momento se vio obligado a dejar este lugar de privilegio, a causa de una mala decisión. Moisés, un hombre con un corazón manso, había matado un hombre egipcio y esto le llevó a tener que huir, por temor a un castigo.

En este proceso Dios le entregó una misión tremendamente grande; libertar a su pueblo de la esclavitud. Él no se sentía preparado por problemas de tartamudez, hasta que finalmente acepta lo que Dios le estaba encomendando.

Pero nada fue fácil para Moisés, fueron cuarenta años interminables de desierto. Conviviendo con la queja y la murmuración de su pueblo. El mismo había visto una y otra vez el respaldo de Dios, dándoles cada día el maná, haciendo brotar agua del desierto, abriendo el mar rojo para que el pueblo pudiera pasar a salvo y volviéndolo a cerrar para eliminar al enemigo que los perseguía. Tampoco podemos olvidar la nube durante el día y la columna de fuego por la noche.  De otra manera el pueblo de Dios hubiera perecido en el desierto a causa del calor y el frío.

A pesar de todo esto el pueblo de Dios dudaba y murmuraba ante cada prueba, y lo hacían no solo contra Dios, sino que iban con todos sus reclamos delante de Moisés. Me imagino que difícil situación para este líder, que además de vencer los gigantes personales de temor, complejos, dudas y excusas, tuvo que soportar la constante queja y desánimo del pueblo.

Este líder de Israel venía bien pero en un momento, tuvo una mala reacción que desagradó a Dios, y esta actitud, le costó el no poder entrar en la tierra prometida, sólo le fue permitido verla de lejos. Qué pena, para Moisés, con todo lo que aguantó, con todo lo que hizo, se quedó con el casi… casi entra en la tierra prometida, pero tuvo que conformarse con verla de lejos.

Tal vez la reflexión que podemos hacer de este relato, sería “el casi no te sirve…..” casi obtengo un título universitario, sólo me faltaron unas materias…. casi permito que Dios cambie mi carácter, casi me convierto… casi obedezco a Dios con ese llamado… estuve a punto de hablarle a esa persona que tengo que pedirle perdón, pero no lo hice…

Cuantas veces hicimos casi todo… pero nos quedamos a mitad de camino, viendo de lejos las promesas que Dios nos dio. Renuncia al desánimo, a la murmuración, a la queja y a todo sentimiento que te hace pensar en bajar los brazos y abandonar. Esta carrera de la fe no es de los que corren sino de los que llegan a la meta. Que hoy podamos tomar la decisión de alcanzar los objetivos que nos hemos propuesto en el Señor, definitivamente el casi no nos sirve.

Por Daniel Zangaro.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Agua en el desierto

Cuentan que un hombre estaba perdido en el desierto, a punto de morir de sed, cuando  llegó a una casa vieja, una cabaña que se desmoronaba, sin ventanas, casi sin techo, muy golpeada  por el tiempo.

El hombre deambuló por allí y encontró una pequeña sombra donde se acomodó, huyendo del calor del sol desértico. Mirando alrededor, vio una bomba a algunos metros de distancia, muy vieja y oxidada. Se arrastró hasta allí, agarró la manija y empezó a bombear sin parar pero no ocurrió nada.

Desanimado, cayó postrado hacia atrás y notó que al lado de la bomba había una botella. La miró, la limpió  y leyó el siguiente mensaje: “Primero necesitas preparar la bomba con toda el agua de esta botella, mi amigo” PD.: “Haz el favor de llenar la botella otra vez antes de partir.”

El hombre arrancó la rosca de la botella y, para su sorpresa, efectivamente tenía agua. ¡La botella estaba casi llena de agua! Pero de repente, el hombre se vio en un dilema: Si bebía el agua podría sobrevivir, pero si volcase el agua en la vieja bomba oxidada, quizá obtuviera agua fresca, bien fría, allí en el fondo del pozo, toda el agua que quisiera y podría llenar la botella para la próxima persona… Pero quizá eso no iba a salir bien. ¿Qué debería hacer? ¿Volcar el agua en la vieja bomba y esperar el agua fresca y fría o beber el agua vieja y salvar su vida? ¿Debería perder toda el agua que tenía en la esperanza de aquellas instrucciones poco confiables, escritas quién sabe cuándo?

Finalmente, con temor, el hombre volcó toda el agua en la bomba. Enseguida, agarró la manija y empezó a bombear… Y la bomba empezó a chillar. ¡Y nada ocurrió! Y la bomba chilló y chilló. Entonces surgió un hilito de agua; después un pequeño flujo, ¡y finalmente el agua salió con abundancia!

La bomba vieja y oxidada hizo salir mucha, pero mucha agua fresca y cristalina. El hombre  llenó la botella y bebió de ella hasta hartarse. La llenó otra vez para el próximo que pasara por   allí, la enroscó y agregó una pequeña nota al billete preso en ella: “¡Créeme, funciona! ¡Necesitas dar toda el agua antes de poder obtenerla otra vez!”

Una de las características comunes en casi todos los seres humanos es que solemos aferrarnos a algunas cosas. No queremos soltarlas porque pensamos que es lo único que tenemos y ponemos toda nuestra confianza y esperanza en eso.

Pero Dios nos pide que confiemos en Él, que le entreguemos lo que tenemos, posesiones, familia y hasta nuestra vida para poder darnos mejores cosas.

Al entregarle lo mejor que tenemos dejamos libres nuestras manos para que Dios nos de cosas mucho más buenas. No es un ejercicio fácil pero solamente confiando en Él alcanzaremos nuestros sueños,

No lo dudes, por más que estés atravesando un desierto y no tengas más que una botella de agua, entrégala, Dios no te fallará, no va a permitir que mueras de sed en el desierto, por el contrario te dará agua fresca en abundancia.  Él quiere bendecirte pero debes confiar en su amor y sabiduría.

“Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9)

No tienes que beber el agua que ha estado embotellada por un tiempo desconocido cuando puedes beber agua fresca y cristalina  sin límites.

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Y para qué poetas…?

Los discursos rotos, las confianzas perdidas, los sistemas averiados. La ridícula brevedad de las cosas, los días repetidos, los cuerpos que acusan recibo. Los controles institucionales, la opresión aviesa, la tiranía de la legalidad. La corrección política, los convencionalismos niveladores, el imperio de la medianía. La ignorancia sacralizada, el dominio de los promedios, el striptease glorificado, la vida en la arena pública me gusta, no me gusta. La náusea de los lugares comunes, las frases que disparan las emociones, los himnos sagrados.
El tedio de las ceremonias, la banalidad de los sacrificios, los rituales predecibles. La estridencia de la fiesta interminable, el manoseo de las emociones, el expediente mediocre de banderas y pancartas. El atroz vacío de las palabras, la espectacularidad de los anuncios, el falso manejo de las estadísticas. Las acusaciones constitucionales, las querellas por injurias, las audiencias en tribunales, el patético show de las vestiduras rasgadas.
¿…y para qué poetas en tiempos de penuria?
Palabra perdida en el desierto. Tesoros inútiles en el mercado de las pulgas. Material sobrante en las subastas de los suburbios. Gritos ahogados en las estaciones del metro y los paraderos del colectivo. Afiches rasgados en los muros institucionales. Susurros ignorados en factorías e instalaciones fabriles. Confesiones inapropiadas en los escenarios del éxito sostenido. Debilidades del alma que desentonan en los templos de la vida victoriosa. Interpelaciones inoportunas, por qué no te callas, qué te pasa, hemos venido a celebrar.
No son tiempos de poeta.
Son tiempos de negocios millonarios, de candidaturas promisorias, del uso inteligente de las tecnologías de la información, de competir en el mercado de valores, de alcanzar los primeros lugares en las encuestas, de ganar adeptos, de cumplir las metas, de comprar barato y vender caro, de colocar productos en los mercados internacionales, de escribir best sellers al ritmo de uno por año. Son tiempos de jolgorio, celebraciones masivas, tomateras interminables, comilonas colosales. Son los días de la mayoría, de las tendencias globales, del interés nacional, de la patria gloriosa. Ahora es el momento de corifeos, comparsas, aduladores, cronistas empalagosos y periodistas de investigación vendidos al capital. Es la época de succionar la teta de la gran vaca, de aprovechar los tiempos que corren. Es la hora del cambalache y la picaresca.
No. No son tiempos de poeta.

No te quedes a mitad del camino

“Y vino un viento de Jehová, y trajo codornices del mar, y las dejó sobre el campamento, un día de camino a un lado, y un día de camino al otro, alrededor del campamento, y casi dos codos sobre la faz de la tierra.” (Números 11:31).

El pueblo de Israel pedía carne, los reclamos y las presiones eran cada vez más fuertes sobre Moisés y él parece contagiarse del sentimiento popular y reclama a Dios: ¿Por qué has hecho mal a tu siervo? ¿Y por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? (v. 11), y más adelante: “No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía.  Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos; y que yo no vea mi mal.” (V. 14, 15).

Atrás habían quedado tantas manifestaciones de Jehová respaldando a Moisés, las plagas enviadas contra Egipto, el milagroso cruce del mar Rojo librándolo del ejército del faraón, la provisión diaria del maná, la nube que los guiaba y la columna de fuego que le daba calor.

Pero el pueblo quería carne, comenzaron las murmuraciones, ¿para que salimos de Egipto si allí estábamos mejor?, añoraban el pescado, los pepinos, melones, puerros, las cebollas y los ajos que comían en la tierra de esclavitud. Parecían adherir al conocido dicho popular que reza: “Todo tiempo pasado fue mejor”.

Al leer esto, me surge la pregunta: ¿Cómo este pueblo pudo olvidarse tan fácilmente de las maravillas que había hecho Dios con ellos? No cabía duda de su respaldo y su presencia. ¿O como Moisés, siendo quien hablaba cara a cara con Dios, se deprimió de tal manera que le pidió su propia muerte?

Estas actitudes parecen poco razonables, Dios los había sacado de la esclavitud, iban hacia la tierra prometida, pero llegaron al punto de preferir la vida de esclavos en lugar de marchar hacia un futuro de libertad que Dios había preparado para ellos. No parecían dispuestos a soportar la dureza del desierto para finalmente alcanzar la tierra prometida. Si analizamos estas actitudes parecen raras y poco razonables sin embargo, creo que en ocasiones obramos de manera bastante similar.

El maná significaba la diaria provisión de Dios para su pueblo, cada día al levantarse veían este milagro, sin embargo nadie daba gracias por el maná. Ni siquiera Moisés estaba mejor, sino que desbordado por la situación y el reclamo popular, solo veía la muerte como salida.

¡Cuántas veces el desierto se hace tan largo y tan difícil que comenzamos a mirar atrás y con esta actitud dudamos de la fidelidad de Dios para con nosotros y de su propósito para nuestra vida!

Hay veces que el desierto se hace más largo de lo que esperábamos. Cada día se nos presentan desafíos que nos hacen que instintivamente miremos atrás recordando los viejos tiempos. El desierto suele atacarnos con dureza y la bendición de Dios aún se ve como algo lejano. Intentamos avanzar por todos los medios, pero pareciera que nada funciona y siempre estamos en el mismo lugar.

Si el desierto se hace largo y te sientes sin fuerzas, quizás con ganas de abandonar, si parece que no hay salida y no ves un futuro que resulte promisorio, te invito a que mires hacia el cielo y comiences a hacer lo que el pueblo de Israel no hizo y por esto debió soportar la ira de Dios.

Comienza a dar gracias por el maná, esto representa todo lo que Dios hizo en tu vida. Si tienes a Jesús en tu corazón dale gracias por haberte rescatado de la muerte y la esclavitud del pecado. Dale gracias también porque el desierto no es tu residencia, sino un lugar de paso. Recuerda que vas en camino, tomado de su mano a la tierra de bendición. Dios te llamó a libertad, no mires para atrás, deja de lado la queja que solo podrían dejarte a mitad de camino.

Por Daniel Zangaro.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

No solo sed

Viendo la imagen de una persona en el desierto, caminando en medio de la nada y con el sol en pleno rostro, sin tener un lugar donde refugiarse de los rayos y sin una gota de agua que lo reanime, vemos que la persona que va en busca de agua en medio de un desierto no sólo necesita de la sed como motivación para seguir adelante, sino coraje, fe, fuerza, voluntad y dominio para poder llegar a encontrar lo que está buscando y necesitando.

Al igual que esta escena, tal vez muchos nos encontramos en un desierto en nuestras vidas y mientras recorremos el desierto podremos encontrar personas que se quedaron en el camino y no pudieron seguir, gente que nos desanima, voces que nos dicen que no lograremos nada y que no hay salida.

Es ahí donde nuestros corazones deben oír la voz de Dios y sólo poner nuestra atención y vista en lo que nos dice: “De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de agua viva.”Juan 7:38

No dejes que las voces de otros, la debilidad o el temor se apoderen de ti en estos momentos de prueba, deja que los ríos de agua viva que Dios tiene para ti fluyan y sacien tu sed y necesidad.

No es suficiente tener sed sino que debes demostrar que tienes el coraje, la fuerza para seguir y encontrar lo que Dios tiene para ti al final del recorrido.

¿Tienes sed? En Dios está lo que necesitas para saciarte. Al igual que a Jacob te dice esto:” Así dice Jehová, Hacedor tuyo, y el que te formó desde el vientre, el cual te ayudará: No temas, siervo mío Jacob, y tú, Jesurún, a quien yo escogí. Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos” Isaías 44:2-3 (RVR-1960)

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Intermezzo

Entonces, después de haber transitado con uniforme por el territorio de la recta razón por algunos días, me fugo al país de Maricastaña, para regocijo de algunos y la impaciencia de otros. Porque como escribí una vez, siguiendo las palabras puestas en boca de una Quintrala legendaria, no quiero que nadie me tenga – como mi abuelo Ramón, eterno vagabundo hasta que se le rompió el esqueleto y la memoria. De raíces ya tuve bastante y de derroteros predecibles más que suficiente. Voy y vengo, entro y salgo, camino y me quedo quieto. Desarmo mis rutinas en secreto para que no me atrape el reflejo de mí mismo entre la cocina y el dormitorio. Regalo mi ropa y mis zapatos o sencillamente me olvido dónde los dejé.

Así que, señoras y señores, hoy no serán habidas aquí reflexiones infinitesimales acerca de la inmortalidad del cangrejo y la cuadratura del círculo; sólo queda el retintín del grito en el desierto, la palabra sin destino y la ñata calavera. No hay por dónde agarrar estas pobres palabras para que parezcan algo coherente. Apenas siquiera serán lunar extraño en el concierto de solemnes elucubraciones diseñadas para elevar los espíritus hasta inconcebibles alturas. La irónica textura del mensaje queda flotando en un limbo un poco triste y se diluye en un maremágnum de multitudinarias convocaciones, músicas oficiales y palabras políticamente correctas.

Así será hasta que de nuevo amanezca por el lado acostumbrado de la tierra y regrese el pulso de las preocupaciones de la profecía ardiente, implacable, urgente. Porque hay ciertas angustias que no se eligen, hay estremecimientos sin origen discernible aunque por ahí uno lo intuye en el rigor del insomnio. Entonces volverán las oscuras golondrinas a posarse sobre estos balcones apartados para ser contempladas por dos o tres anhelantes transeúntes que buscan otros sonidos, otras luces, otros pareceres, lejos de la chimuchina, de las algarabías de la nada y del rumor de ininteligibles jerigonzas.

El lado oscuro de la luna

El ómnibus se detiene en la terminal de un diminuto pueblo en medio del desierto. Deben ser las tres o cuatro de la noche. Igual, la hora no me interesa mucho. “Treinta minutos de detención”, anuncia el auxiliar. Al bajar, me despabila un aire helado y seco. Algunos pasajeros ateridos se acercan a la barra del kiosko en busca de un café. Yo prefiero caminar hacia la oscuridad que está ahí no más, a unos pocos metros.
El cielo se me viene encima con su negro silencio. Me alejo un poco más. Arriba, un mudo concierto de estrellas, tantas como nunca vi. Abajo, una oquedad inasible, ilimitada. Adentro, una pena sin rostro, la odiosa letanía de las preguntas sin respuesta. Qué armonía feroz.
Tengo que pensar. Tengo que encontrar algún sendero, una huella aunque mínima, perceptible, un indicio. No hay mapas para los defenestrados. Los agresores son llevados a las puertas de la fortaleza y lanzados al desierto (al cabo que ni quería quedarme en la fortaleza). Que las fieras se hagan cargo. No hay piedad para la disensión. No hay lugar para las maquinaciones de esos traficantes de los sentidos que seducen a la Inmensa Mayoría.
Me fijo de pronto que allá lejos, pero bien lejos, titilan unas luces. Un pueblito tal vez, un caserío. Unas pocas gentes que resisten la hostilidad de este territorio lunar. Encontraron cómo vivir y qué hacer en esta soledad inaudita. ¿Le encontraron el tesoro a la soledad? ¿Arañaron la tierra y descubrieron terrones de vida, poca pero suficiente? Quiero ir y preguntarles cómo se vive así, qué segunda oportunidad es posible en este páramo, qué sentido tiene insistirle al desierto…
Tal vez la soledad no sea imposible. Quizá no sea tan fiera después de todo. Quién sabe si con el tiempo le brinde a uno alguna caricia solidaria, algún arrullo cómplice cuando aprieta el frío. Capaz no sea más que la tarifa que se paga por no tener horarios y no rendir reportes de lugar y quehacer. Tengo que pensar en eso un poco más. Pero no esta noche. Estoy un poco cansado. Mañana lo haré. Me alivia pensar que no tengo que resolver todo ahora.
Volvemos al ómnibus y a la negra noche de la ruta. Antes de dormirme, se me ocurre pensar que el desierto de noche debe ser lo más parecido al lado oscuro de la luna…

¿Alguien te ha decepcionado?

¿Acaso no es común que las personas te decepcionen? Posiblemente alguien que era importante para ti te ha dado la espalda o de repente se ha puesto en tu contra, podría ser tu padre, madre, hijo, tu mejor amigo o incluso tu pareja. Lo más lamentable  es recibir una decepción de alguien en quien hemos confiado, ya que su efecto es mucho más dañino.

Recuerdo una oportunidad en la que alguien se quejaba mucho de lo decepcionado que se encontraba por diferentes personas, a lo que un amigo le respondió: “Para decepcionarme de alguien tendría que decepcionarme primero de mí mismo”. Su respuesta se entendió como que antes de enojarse con el otro, se debía de analizar si uno está cumpliendo o no con los que confían en él.

“Y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara.

Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber? Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó.” Números 15:22-25

En esta ocasión el pueblo de Israel enfrentaba una decepción terrible, puesto que se encontraban tres días por el desierto sin encontrar agua y cuando finalmente encontraron un pozo, ¡éste tenía agua amarga! Era normal que todos se encontraran decepcionados, su error fue en enfocar su enojo en Dios y en su siervo Moisés por lo que murmuraron contra él. Lo bueno es que Moisés fue diferente, en ningún momento mostró que estaba molesto con el Señor, sino que clamó a Jehová y recibió respuesta.

Muchos manifiestan estar decepcionados de Dios cuando algo inesperado se les presenta, entonces dejan de buscarlo, de orar, de ir a la iglesia, no son como Moisés y por tanto, tampoco recibirán respuesta. Lamentablemente enfocan su enojo contra Él,  porque  no les concedió lo que deseaban, pero tampoco claman a Él, ni le preguntan  cuál es su voluntad.

La verdad es aquellas personas que dicen estar  decepcionadas  de Dios, antes tendrían que auto evaluarse y preguntarse: ¿He sido un buen hijo? ¿He sido obediente a su palabra? ¿El Señor tendría que estar decepcionado de mí? Si estás enfrentando una situación difícil te animo a clamar a Dios y pedirle ayuda, a que dejes de quejarte y  te esfuerces para orar y leer su palabra, porque solo así conocerás su voluntad.

¡Antes de enojarte, decepciónate de ti primero y cambia!

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Buscando sombra

El Phrynosoma orbiculare, llamado también “pequeño dragón, es una especie de lagarto que se encuentra en el desierto del Altiplano Central en México. Tiene un tamaño máximo aproximado de 12 cm. con una gran cantidad de espinas repartidas sobre su lomo.

Esta especie está considerada también dentro de la familia de los camaleones, vive en las zonas desérticas de Chihuahua y Chiapas. Su dieta consiste básicamente en insectos, especialmente hormigas que las capturan con su lengua pegajosa.

Una característica que tiene este lagarto, es que siempre realiza sus actividades bajo el sol porque la energía que despliega el astro rey le permite realizar sus funciones físicas vitales. Pero cuando el sol se torna demasiado ardiente, busca lugares con sombra para descansar y regular su temperatura. Por las noches regresa a su refugio que puede encontrarse en ramas, hoyos en la tierra o bajo piedras.

En los días de verano, cuando la temperatura puede alcanzar los 45 grados Celsius (113 grados Fahrenheit), el sol es tan intenso que este pequeño animalito busca un lugar donde refugiarse. Su desesperación es tanta que se acerca a animales más grandes para aprovechar su sombra y cuando estos se mueven, el pequeño dragón los persigue para aprovechar el portentoso refugio que ha encontrado.

Nuestra vida se parece bastante a la del “pequeño dragón”, porque al estar en este mundo necesitamos realizar muchas actividades: estudiar, trabajar, involucrarnos socialmente, convivir con nuestra familia, entablar amistades, terminar una carrera, esforzarnos por nuestra empresa, pensar como encontrar trabajo, tratar de vivir bajo un presupuesto, batallar contra la adversidad, luchar frente a la enfermedad, velar por nuestra santidad, llevar adelante un ministerio, etc.

La verdad es que tantas actividades y presión, llegan a sofocar mucho, más que 113 grados Fahrenheit de temperatura en medio de cualquier desierto. El recorrido por momentos puede hacerse tan largo que cansa, y de repente, un tropiezo te hace ver el cadáver de alguno que trató de alcanzar lo mismo que tú persigues y ver sus huesos secos, solo logra estremecer tu espíritu aumentando el desánimo.

“El que habita al abrigo del Altísimo. Morará bajo la sombra del Omnipotente.” Salmos 91:1 (RV 1960)

Esta es una preciosa promesa para quienes están buscando un refugio en medio del arduo calor en el desierto. Pero no olvidemos que hay una claúsula importante. El versículo no dice: “el que está de visita”, “el que está de paseo”, “el que vino, pero luego se fue.” El versículo dice: “EL QUE HABITA.” En otras palabras: “el que llegó para quedarse”, “el que hizo su residencia en ese lugar”.

El salmo continúa expresando el favor de Dios para los que escogen habitar bajo su sombra, de hecho termina con una promesa que anima a cualquier corazón que ha visto las penurias del desierto.

“Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; Con él estaré yo en la angustia; Lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, Y le mostraré mi salvación.” Salmos 91:14-16

La vida está llena de demasiados afanes y es que el sol está más fuerte cada día en el desierto. ¿Por qué no vienes a vivir al abrigo del Altísimo y a disfrutar de la sombra que otorga el Omnipotente?

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Simplemente calla

Cuando estamos pasando por problemas familiares, injusticias, deudas, etc., siempre tendemos a sentirnos abandonados porque creemos que nadie nos entiende, que nadie puede ayudarnos y que estamos a punto de caer en el abismo.

Permanecemos en un tiempo de silencio, en un desierto que cada vez nos desespera más y por más que nos esforcemos no podemos ver el propósito de esta prueba, pero ¿sabías que Dios permite que te mantengas en un desierto por una razón específica? Tal vez sigues quejándote y buscando culpables de todo lo que te sucede y no le das espacio a Dios para que te hable.

Los desiertos son silenciosos, son esa clase de lugares que quisiéramos obviar, de esos momentos que no quisiéramos que existieran, porque simplemente nos desesperamos al no ver ni oír nada y por más que caminamos, seguimos sin percibir vida alguna, ni sonido alguno y es así como debemos permanecer ante Dios: callados.

Pero Dios dice: “Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón”. Oseas 2:14

Sin duda, Dios permite que lleguemos a los desiertos de la vida porque quiere hablar a nuestro corazón y  a veces  no hay otra forma de que lo escuchemos si no es por medio de esos desiertos.

¿Por qué no callas por un momento y escuchas lo que Dios tiene que decirte? Deja de quejarte, deja de hablar cosas de las que luego te arrepentirás de haber dicho, simplemente calla, porque Dios quiere hablar a tu corazón.

No busques respuestas fuera del desierto, pues la salida está ahí mismo, Dios te la quiere dar.

Aprovecha que en el desierto no hay nada que te pueda distraer, sólo la voz de tu Padre que quiere hablar a tu vida.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Send this to a friend