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¿Qué frase te representaría mejor?

Una ilustración cuenta que en una charla a jóvenes de un seminario se les planteó lo siguiente:

“Supongan que Dios pusiera en sus manos un diamante y les pidiera escribir en él una frase que tendría que ser leída en el último día, la cual revelará sus pensamientos y sentimientos en tan solmene ocasión, ¡Con qué cuidado escogerían esa frase!. Es lo  que Dios ha hecho: ha puesto ante ustedes, mentes inmortales, más imperecederas que el diamante, en las cuales tienen que escribir día tras día y hora tras hora, sus impresiones, y ejemplos, y ello será testimonio en favor o en contra de ustedes el día del juicio”

Todos los días tenemos la oportunidad de escribir en una nueva página en blanco de nuestras vidas, constantemente estamos tomando decisiones y todas ellas influyen en cómo será nuestra vida, en qué legado dejaremos y a quiénes impactaremos positiva o negativamente.

“Así que tengan cuidado de cómo viven. No vivan como necios sino como sabios. Saquen el mayor provecho de cada oportunidad en estos días malos. No actúen sin pensar, más bien procuren entender lo que el Señor quiere que hagan.” Efesios 5:15-17 (NTV)

Busquemos aprovechar cada día de nuestras vidas, que no haya un sólo día que consideremos perdido, sino que cada noche al ir a descansar podamos estar tranquilos, confiando en que dimos lo mejor de nosotros  y que Dios recompensará nuestro esfuerzo.

Recuerda que Dios nos ha confiado algo mucho más valioso que un diamante: nuestras vidas, y depende de cada uno de nosotros cuidarlas y darles el valor que realmente tienen. Nuestro cuerpo físico es temporal y pasajero pero la vida  no termina con la muerte.

¿Qué dirán de ti en tu funeral? ¿Cómo te recordará la gente? ¿Cambiaste alguna vida con tu ejemplo? ¿Qué dirá la frase que te representará mejor?

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Lágrimas y risas

“¡Para que los más pequeños aprendan de una forma divertida!” Así anuncia la contratapa de un pequeño libro a todo color con figuras de animales que encuentro en la casa de nuestros amigos que tienen una nena de tres años.

Sin solución de continuidad la memoria emotiva me remite a más de cincuenta años atrás: me veo con mi overolcito de color beige y un bolsón de cuero yendo a la escuela repitiéndome por enésima vez La tertulia de la Señora Pata, lectura que debemos dar de memoria en la primera hora de clases: “La Señora Pata dio una tertulia. Todos los patos del corral…” Debo repetir esto para las actuales generaciones: de memoria. Al igual que las tablas de multiplicar: “Siete por una siete, siete por dos catorce, siete por tres… eee (coscorrón), veintiuno, señorita!” Y la infaltable copia: un dibujito pequeño y tres cuartos de plana copiadas del mismo libro de lectura de la Señora Pata… todos los días.

Es decir, nada divertido

En mi generación los profesores te jalaban las orejas o de las patillas y te daban palmetazos en las mejillas o reglazos en las manos si olvidabas la lección o no traías la tarea. Y claro, eso estaba mal por más que fueran los años de la letra con sangre entra.

Memorizar, hacer la copia, resolver los problemas de matemáticas usando la trilogía raciocinio – ejecución – respuesta fueron hitos fundacionales de mi educación en la escuela pública. Algo parecido fue mi educación secundaria en un liceo fiscal. La universidad estatal ya fue un poco más relajada porque eran los años de la revolución y del hombre nuevo, donde salir a las marchas y armar lío en las calles era parte del curriculum.

No pretendo caer en el lugar común de decir que antes era mejor o que debiéramos volver a los rigores del pasado. Absolutamente no. Pero sí me gustaría dejar el registro de una inquietud: la educación no puede ser todo el tiempo jarana, diversión continua. El aprendizaje debe incluir, me parece, cierta disciplina, algo de orden, un equilibrio inteligente y creativo entre lo entretenido y lo riguroso.

Tal vez leer y memorizar algunas cosas, escribir y realizar algunas operaciones aritméticas no sea una mala práctica en un mundo donde la palabra y el cálculo están cada vez más lejanos de la mente de nuestros estudiantes.

O tal vez mejor me callo porque no soy experto…

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Isabela

Encuentro en mi escritorio este dibujo. Lo dejó Isabela, la hija menor de Beli, nuestra compañera de trabajo. Me hace acordar que hace unos años Malena, otra de sus hijas, me hizo un dibujo que “era yo”, sobre el cual escribí unas líneas aquí.
Isabela tiene tres años. Es increíble la energía que cabe en su pequeña contextura. Cuando viene a la oficina al día siguiente se acerca a mi escritorio y me hace saber, con una dicción perfecta: “Estoy yendo a danza”. Esta tarde se apareció con su trajecito de baile rosado y me ha mostrado uno de los pasos que ha aprendido.
He mirado este dibujo no sé cuántas veces. Es tan breve y a la vez tan lleno de luz y color. Se me ocurre que es ella saltando la cuerda a plena luz en el inmenso jardín de su casa con su vestido rosado; inocente, plena, intacta su personalidad. A esa edad – ustedes deben saberlo y si lo han olvidado traten de recordarlo – el mundo es inabarcable, un colosal campo de juegos, un universo en pleno descubrimiento – a veces, claro, con su cuota de sombras – siempre vibrante, inesperado, lleno de misterios y sonidos.
He tenido el privilegio de ver crecer a las tres hermanas. A veces hemos ido con ellas a algún viaje de trabajo. Me hacen recordar mucho a mis tres niñas, recorriendo medio continente en giras misioneras y vacaciones inolvidables. Hay en este minúsculo mundo de mujeres lecciones imposibles de comunicar en un artículo o en una conferencia sobre asuntos de género. Hay que estar ahí; hay que ver. Hay que callarse y anotar en la memoria emotiva esos pasajes llenos de ciencia infantil, cargados de signos que conmueven la conciencia y que desafían las torpes interpretaciones que hacemos los estudiosos del diseño de Dios.
En treinta años más alguien le va a mostrar a Isabela este dibujo. No va a recordar, seguro, el momento mágico en que produjo este milagro del ser. Pero tengo la esperanza de que al leer estas líneas pueda sentir lo mismo que yo y una invisible conexión de tiempos y generaciones complete, de nuevo, este maravilloso círculo de la vida.
Cuando tenía doce años, hice un dibujo de mi familia para la clase de Artes Plásticas. Mi inolvidable maestra de arte, Sonia Molina, me miró con sus enormes y tristes ojos verdes y dijo: “De verdad, Benjamín, tú lo hiciste?”

Imprecisiones

Releo por estos días con mucho gusto “El porvenir de mi pasado” de Mario Benedetti. Este mediodía, antes de hablar en el programa “Más Vale Tarde”, encontré ahí un pasaje que se refiere a Jules Renard quien dijo que escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido.
Después de mi participación de hoy en ese espacio radial tuve la oportunidad de escuchar el audio en la tranquilidad de mi casa y atestiguo que Renard tenia razón. Soy una persona que necesita tiempo para ordenar la mente y las palabras. Cuando debo dialogar en el limitado espacio de un segmento radial se me escapan cosas que hubiera dicho de otro modo o que carecen de la precisión necesaria para que la comunicación sea realmente efectiva.
Cuando mencioné la influencia griega en el pensamiento cristiano de los primeros siglos pudo haber quedado la impresión de una realidad concluyente y definitiva. No es así. Es una reflexión sostenida por algunos autores. Hay otros que piensan que eso no es así y creo que tendría que haberlo hecho notar.
En otro momento quería enfatizar la actitud arrogante de ciertos personajes religiosos del tiempo de los profetas y dije “los fariseos” en circunstancias que en ese tiempo no existían aún como una sección del cuerpo religioso.
Estoy consciente de que muchas personas no repararían en esas imprecisiones, lo cual puedo agradecer, pero no esquiva el hecho que la palabra escrita sí otorga la posibilidad de la precisión. Lo que es mal entendido aporta ruido, distorsiona la correcta imagen de las cosas. Y en medio de la abrumadora cantidad de contenidos que nos rodea, el entendimiento es absolutamente necesario; de otro modo, el panorama se oscurece y las cosas se complican más allá de lo deseable.
Por cierto la vida es imprecisa. No hay perfección en ella y aún en el lenguaje escrito puede haber tropiezos. Pero me parece que no ocurren tanto como en el fragor del combate verbal. Pero por otro lado, lo escrito adquiere una presencia, una corporeidad que con el tiempo puede pasar factura. Se cuenta que Neruda por mucho tiempo no quería que la gente leyera uno de sus primeros poemarios, “El hondero entusiasta” porque sentía que no era un buen testigo de lo que más tarde vino a ser su obra. Y si de algo estoy lejos es de la perfección de esa palabra…

Palimpsestos

Constantes pulsiones del alma que siempre salían por cualquier esquina del tiempo, eso era mi prosa poética. Se presentaban sin anunciarse y había que improvisar en una servilleta en la mesa del café o había que sentarse en el andén del metro y garabatear unas frases apresuradas en el infaltable cuaderno de la mochila. Me encontraba con los temas de pronto y esas visitaciones no me sorprendían nunca.
No importaba si era el esqueleto de un barco oxidado, escorado a babor en una playa gris de la isla Tenglo o la casa de la Margarita en Coronel cuando me senté en la solera de la calle para dibujarla y fotografiarla con versos en lápiz de punta fina. Esas palabras venían siempre con prisa, eran urgentes, requerían atención inmediata. Solía ocuparme de ellas con fruición, sea que se tratara de los grandes movimientos de la mente contemporánea o no más de la hojita aquella que la brisa de otoño movía en caprichosos giros en la acera del bulevar sin importarle la gente que pasaba tan de prisa.
Ha pasado tanto tiempo. Me di con todo a la tarea de escribir ensayos de la realidad, me acostumbré a los discursos técnicos y a las orientaciones profesionales; entré en el circuito de los habladores de materias exactas del alma y de los conferencistas de las causas perdidas. La palabra se hizo rígida, vertical, impersonal; se puede hablar de tantas cosas sin que ellas te toquen en lo más mínimo la esencia del ser. Contemporicé con la idea de que el que habla a mucha gente se puede desdoblar y maniobrar a prudente distancia del sentimiento el volante de las ideas que a la mayoría de las personas les parecen importantes. Aunque como observan algunos cercanos a mí, por ahí siempre me traiciona la vieja pasión y me embriaga el veleidoso licor de los iluminados. Pero ese es un misterio que me excede siempre.
Si no fuera que tengo el privilegio y obligación de producir cuatrocientas palabras varias veces por semana para este espacio, tal vez esa prosa interior hubiera muerto de inanición. Estos exilios raros en los que me suelo meter pasan la cuenta a veces porque hay demasiado movimiento, hay mucha ansiedad, hay exceso de imprevisión y tanto se atropellan las cuestiones existenciales que no sale una sola frase que valga la pena. Estoy seguro que la persona perceptiva advierte esto que pasa y se marcha a otros sitios más interesantes o bien espera con paciencia que se encienda de nuevo el fuego fatuo y arroje alguna luz…

Palabras como cuerpos

“Lo fácil es el alma, la palabra patética. Lo difícil es el cuerpo, el prójimo. Ese cuerpo concreto de al lado, ese rostro, ese pedazo de vida tangible”, escribe Jaime Barilko en El cuento de mi vida.

Cuando los otros están cerca de nosotros con toda su actualidad y contingencia, no es fácil esquivarlos; es posible, pero es difícil. Sea cual sea la razón por la estamos próximos a ellos su presencia nos afecta, nos compromete, nos invade de algún modo. Nos modifica por unos minutos, por un tiempo o para siempre. Elegir la proximidad de los otros es optar por curso de acción que altera inevitablemente el propio devenir para bien o para mal; incluso si no nos importa nada su cercanía nos obliga – al menos a que no nos importe.

Pienso bastante acerca de las palabras que escribo para esta columna virtual. Este blog presenta un artículo nuevo tres veces por semana y hay que extremar el oficio para poner algunas ideas con algo de sentido. A veces el resultado es presentable. Otras, al mirarlos ya publicados uno siente la frustración de la palabra incompleta, imprecisa, errada; aquella frase que debió ser formulada con más – o con menos – énfasis. A veces todo el artículo es una decepción y hay la tentación de usar la facultad de pedir que sea suprimido. Hay momentos felices en que un artículo me parece perfecto pero son los menos.

Las palabras se han hecho entonces un prójimo físico, un cuerpo concreto, un pedazo de vida tangible. Porque debe haber un buen número de personas que se encuentra con ellas y diariamente me devano los sesos imaginando sus reacciones. Puede que haya un pequeño grupo que piense que son buenas palabras. Sé que hay un montón de personas que piensa que aquí no hay nada edificante o espiritual y confieso que pese a que ello no influye en nada lo que escribo, igual me afecta un poco.

Siempre pienso en tantas cosas realmente valiosas y buenas que hay escritas en otros sitios o libros; estas líneas son de tan discreta factura que lo más probable es que en poco tiempo más lo más sabio sea dejar de emborronar planas y buscar un oficio con próximos tangibles… y usar menos palabras.

Trending Topics de la Semana

Durante esta semana, como es costumbre en las redes sociales, los Trending Topics no se hicieron esperar. Esta semana, el ritmo del corazón de los usuarios de internet latieron al son de estos hashtags.

Y aquí te dejamos un repaso de los #trendingtopics más importantes de esta semana.

#RiverCampeonDeAmerica

Los “Millonarios” entraron por la puerta de atrás a los octavos de final la Copa Libertadores. A partir de ahí, avanzaron a paso firme y lo coronaron con un 3 a 0 en la última instancia del torneo continental. Consagrándose como el campeón de América y la celebración que se activó, no solo en el país de Argentina, sino en las redes sociales como lugar común de celebración muchos dijeron #RiverCampeonDeAmerica.

#FelizCumpleañosBogotá

#FelizCumpleañosBogotá ¡Ciudad llena de historia y cosas lindas! ¿Qué es lo que más te gusta de Bogotá? Se preguntaban los usuarios en las redes sociales y compartían miles de tradiciones, frases y fotografías de la hermosa ciudad Colombiana, compartiendo tanto el hashtag que se convirtió en una tendencia general.

#Hiroshima

Hacen ya 70 años de este suceso mundial que marcó la historia. hablamos de la bomba atómica de Hiroshima. Por ello, esta semana en las redes sociales se recuerdan las consecuencias que tuvo sobre la ciudad japonesa el bombardeo hecho por el avión B-29 de la Fuerza Aérea norteamericana y muchos mostraron su nostalgia y apoyo usado el hashtag #Hiroshima

 

Terminamos este recuento de los Trending Topics de la semana con humor, un hashtag que convirtió a muchos en máquinas de honestidad se hizo presente y hablamos de:

#NecesitoDecirQue

#NecesitoDecirQue No tuiteo frases en inglés porque seguramente las voy a escribir mal…… Jajajajajaja

#NecesitoDecirQue Me molesta la gente cómoda.

#NecesitoDecirque Yo realmente encontré a alguien en quien confiar, amar y entregarle mi vida ENTERA, a mi DIOS.

De esta forma apoyando totalmente este último tuit decimos adiós a los hashtags que marcaron tendencia durante esta semana y empezamos la búsqueda de los nuevos que estarán revolucionando las redes sociales en la próxima semana.

El grito en la pared

Hoy me fijé que al lado del grafitti “Estar solo no es casualidad” (que motivó el artículo anterior a éste) hay dos más: “Chávez vive” y “La calle no calla.” La palabra es esencial en la vida humana. Es propia de nuestra especie y se manifiesta aún desde antes que sepamos leer o escribir. Sí, no me voy a referir esta vez al contenido de esos otros dos grafittis, por una razón que será evidente en seguida.

Como todas las cosas maravillosas de la vida, la palabra tiene una debilidad: cuando se la usa en exceso, cuando se la manosea para obtener respuestas emocionales por parte de la muchedumbre, cuando lo que dice jamás se realiza, la palabra se hace estéril. Se convierte en un grito del silencio. Se destruye su contenido.

Los medios de comunicación, las predicaciones, los discursos políticos, las frases empalagosas de Power Point y otros mensajes de Internet, el rayado en la pared y las pancartas (entre otros) suelen apelar a frases que en su nacimiento fueron poderosas palancas para el cambio, la revolución o la libertad, pero que de tanto ser repetidas mueren en el instante mismo en que son vistas u oídas.

La palabra pierde la vida en el discurso político. Las promesas, la frase elocuente acerca del pueblo, la justicia, el orden, el progreso o la educación son caballos de batalla que adquieren una fuerza inusitada, especialmente en la boca de hombres y mujeres que manejan con maestría el recurso de la oratoria; esas personas pueden estar diciendo la estupidez más grande del mundo, pero lo hacen de tal manera que a uno todavía se le erizan los pelos al oírlas. Es la magia de la palabra, sin embargo muerta ya en su sola pronunciación.

Lo mismo vale para la predicación. Tanto hablar del amor, de la lealtad, del servicio, de la solidaridad, de las bendiciones de la vida del creyente, de impactar al mundo con la verdad; luego, tanto ver el rotundo mentís que la conducta de los creyentes da a aquellas emocionantes afirmaciones…

Desde la modestia de este espacio, rendimos honor a la palabra perdida, al vocablo traicionado, al discurso estéril, porque seguimos creyendo que vivirán al menos en la memoria de los antiguos combatientes; seguimos creyendo – también – que los nuevos combatientes de la palabra la redimirán para las próximas generaciones.

Nostalgias del silencio

Salía de la casa y allí, a unos pocos metros, el río. Más atrás, la montaña. El agua era una superficie oscura, silenciosa y pulida, apenas interrumpida por enormes piedras blancas que eran el punto de reunión de una infinidad de pájaros enormes y desconocidos para mis modos de exiliado citadino.

La casa estaba en la última esquina del pueblo; más allá el monte hirsuto, la adusta montaña, los árboles centenarios. Solía sentarme en las mañanas en la galería y dejaba que el día iniciara en mí su trayecto lento; o bien a la tarde, que finalizaba en mí su misterioso mensaje.

Yo venía del ruido eterno de la ciudad. Martillos neumáticos, bocinas, escapes libres, vendedores ambulantes, taladros, usinas, piquetes de protesta, ciudadanos airados, café con música  a todo volumen (chipún-chipún-chipún) y televisores en modo mute, griterío de chicos, urgencias de ambulancias, policías desaforados, noticiarios violentos, timbres de teléfonos.

Venía de la insolencia de los vendedores, de la apretujada manada de seres humanos cada mañana en el metro, de la amargura de los jubilados en la plaza, de las bombas lacrimógenas, de las sirenas de los patrulleros. Huía de los tiros de los delincuentes, los robos a mano armada, la violencia salvaje de los estadios, los discursos de los políticos, los anatemas de los predicadores solitarios en la peatonal, las bachatas de Romeo Santos y los vendedores de diarios.

Venía de las esperas interminables en el banco, en Pago Fácil (¡Fácil…!), en la terminal, en el aeropuerto, en la caja del supermercado, en la recepción de la dentista, en el paradero del colectivo.

Hoy, a medio camino entre el silencio y la ciudad, busco un amparo, un respiro, un rincón chiquito donde la vida se detenga – al menos un poco – y me permita pensar, me permita leer, me permita escribir, me permita ser.

Porque las generaciones condenadas al ruido podrían tener, si les queda algo de fortuna, una segunda oportunidad sobre la tierra…

De escrituras y realidades

Es muy probable que una de las razones por las cuales es tan difícil escribir con un verdadero sentido de realización sea que hay en el mundo demasiado material de lectura que no dice nada realmente valioso, o muy poco.

Cuando estudiaba en la universidad, un profesor de filosofía nos hizo saber que a San Agustín le había tomado trece años escribir “La ciudad de Dios”, esa obra monumental que habiendo ya traspasado siglos sigue siendo una pieza de excepción, sea que uno la admire o abomine de ella.

Por cierto no es el único caso. Pero aun así, siendo que en el mundo se publican casi 5000 libros ¡diarios! y que son apenas estrellas fugaces en el vasto firmamento literario, las buenas obras resultan una ínfima parte del todo.

Es por eso que uno debe contentarse con el hecho de que artículos como los que publico aquí, de harto modesta factura, pasen suficientemente inadvertidos; así, el daño a la buena literatura resulta significativamente pequeño. A veces reviso parte del casi medio millar de artículos que ya he publicado en este blog y es aleccionador darme cuenta que todavía les falta para ser literatura que perdure en el tiempo; tal vez haya algunos que lo sean pero no estoy en posición de juzgar eso.

Suplico a mi amable audiencia que no considere estas palabras como un despliegue de falsa modestia. Ya tengo demasiados años como para andar fijándome en apariencias – aunque el mundo evangélico suele ser feroz en exigir que uno las guarde. Lo que quiero decir es que a estas alturas es más fuerte la necesidad de reconocer realidades que recibir elogios. Debo haber leído por ahí que las personas pasan y con ellas los elogios recibidos, pero sus obras quedan. Pero si uno lo mira bien, las obras que quedan son aquellas que resisten el fuego. El resto no será más que hojarasca, paja o madera.

Ni más ni menos.

No me busquen en Feivu

Miré hace unos días un reportaje que mostraba algunos mensajes de texto y alguien había escrito así el nombre de la más extensa red social del mundo: Feivu. No pude evitar la sensación de que éste era un bocado imperdible para un artículo y sin otra consideración me dispongo a la reflexión, aunque puede parecer dudoso que un gazapo de estas proporciones merezca una reflexión en lugar de un chiste de mal gusto o unas lágrimas silenciosas por el deterioro impresionante que sufre el lenguaje en el mundo virtual.

Cualquier persona que haya estado utilizando esta red se daría cuenta cómo está escrita la marca. Sí, es posible que la persona haya tenido una cierta intención al deletrearla así; tal vez no. Me inclino a pensar que no por diversas razones. Una de ellas es que el uso de los mensajes de texto ha ido destruyendo sistemáticamente la claridad y el rigor del lenguaje escrito. Más y más la gente escribe como habla y no como se debería escribir. Es la consecuencia natural de la velocidad exigida por los mensajes y los reducidos espacios de los teclados y las pantallas de los teléfonos. Así, al ya precario dominio de la palabra que exhibe esta generación, se suma el uso indiscriminado de abreviaturas, palabras-resumen y emoticones.

No tengo la pericia profesional para afirmar definitivamente si es la imagen o la palabra lo más importante para la construcción del pensamiento y su aplicación en la vida. La imagen, ese maremoto de contenidos que cuenta historias completas en solo cinco segundos, permea todo. Lo audiovisual resume, explica y define el mundo ante nuestros ojos y oídos. Eso hace pensar que por el lado de la imagen va la cosa. Pero puedo afirmar que me encuentro con frecuencia ante la prueba viviente de que quienes han leído, han escrito y/o trabajan con la palabra tienden a hablar, a escribir y a pensar de una manera más articulada y más precisa.

Sigo pensando que el dominio de la palabra es una puerta posible hacia una comprensión más acabada del mundo. Me parece que contribuye con eficacia a la formación de un pensamiento crítico y, por lo mismo, de individuos menos manipulables por el sistema y la cultura de masas. Aunque esta es más una esperanza que una probabilidad cierta.

Mientras tanto, les sigo avisando: no me busquen en Feivu.

Otra escritura

Escribí ese cuento cuando era todavía bastante joven. Hoy ya no intentaría ese tipo de cosas; después de todo, quiero cambiar. Ahora abrigo esa modesta ambición: quiero ser otro, quiero escribir de otra forma, de una forma inesperada.” Jorge Luis Borges tenía setenta y dos años cuando dijo estas palabras frente a un grupo de estudiantes de literatura de la Universidad de Columbia. Me viene cierto alivio cuando leo algo así. Cuando miro lo que he escrito hace tantos años, lo único que puedo pensar es que quiero ser otro. Se entiende que hago esta comparación con la sobria comprensión de la inmensurable distancia que me separa del viejo maestro argentino. Sólo quiero aludir a esa lucidez para no estacionarse en una forma determinada, sostenida por un repertorio de convicciones estabilizadoras.

He mencionado más de alguna vez en estas líneas la enervante uniformidad de los temas que los autores llamados “cristianos” abordan en sus libros. Interminables variaciones sobre los mismos temas. El asombro que experimenta uno por esa notable persistencia es explicado únicamente por la abrumadora cantidad de ejemplares que se venden en las librerías afines. Siempre hay público para más de lo mismo. No hay hambre de lo otro, aquello que nos alce por encima de la soberana medianía del entendimiento. Estamos desbordados por la comodidad y la tibieza de lo predecible.

Hay libros como “Sabactani” de Eliana Gilmartin o “Te busca y te nombra” de Alberto Roldán que lo sacuden a uno. Libros que desordenan la vida y la empujan hacia universos paradojalmente tan cercanos y sin embargo tan distantes de la conciencia de la inmensa mayoría. Libros que interpelan y provocan. Libros que levantan preguntas aterradoras, inconfortables.

No llego a estar conforme con lo que he escrito hasta ahora. Es otra cosa la que quiero decir y aún no puedo articular una manera potente de hacerlo. Por lo mismo, sigo escribiendo, aún con la conciencia de que siempre querré que sea otra cosa: más luz, más entendimiento, más valentía, más pertinencia. Siempre más.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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