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VOCES: Natalia Montes de Oca

Natalia nació en una familia cristiana; sin embargo, durante su adolescencia se volvió insegura y siempre buscaba la aprobación. Al buscar la aceptación de los demás, llegó a sumergirse en la depresión y la bulimia, las cuales la tuvieron prisionera por un buen tiempo. No obstante, aquello cambió cuando ella dijo: “Bueno, Dios, si tú eres real y tú puedes ser real para mí (…) entonces es hora de que te aparezcas”. La historia de cómo Natalia cambió su vida por completo también impactó su familia. Ella asegura que su familia “debería estar muerta”; debido a que su esposo, sus hijos y ella son un milagro de vida.
En la actualidad, Natalia es fundadora de la Escuela de Artes MME, donde ayuda a jóvenes y niños a desarrollar su talento y descubrir el propósito con el cual fueron creados.

Si deseas que tu historia sea parte de Voces, envía un correo electrónico a [email protected], y cuéntanos de qué forma nuestra programación ha sido de ayuda en tu vida. Estaremos gustosos de ayudarte y difundir tu voz para que otros también sean inspirados por lo que tienes que decir.

Este contenido fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Retrospectiva

Pensemos, por ejemplo, en el Claro de Luna de Beethoven. Dejemos, pese a todo el optimismo y entusiasmo disponible, que nos atrape la melancolía de ese trío de notas que van marcando dulcemente el tránsito del tiempo perdido o de las esperanzas disueltas. Acompañemos ese drama en tono menor que explica lo que nos duele o lo que nunca acontece. Esos lentos y azules compases nos consolarán cuando las explicaciones precisas resuelvan todo, menos el sentimiento.
O reflexionemos en las palabras de Jean Grénier en Las Islas, que comprenden lo que nos pasa, aunque no tengan la respuesta. Son tantas las veces que esperamos nada más comprensión y compañía; las recetas y los procedimientos los necesitamos en otro tiempo, a veces nunca.
Consideremos aquellos tiempos en que los hijos entran por las puertas prohibidas, por los caminos complicados. Recordemos aquellas noches en vela, esas llamadas desesperadas para tratar de saber dónde están. No ha habido palabras que puedan alcanzar nuestros corazones angustiados. Ni las más bienintencionadas pueden aliviar el dolor del no saber, la incertidumbre del futuro, el temor de las malas noticias.
Pero también tengamos en cuenta que ha habido buenos momentos, encuentros desmedidamente alegres. Pláticas preciosas y promesas cumplidas. Lugares inolvidables. Días en que el tiempo vuela pese a que queremos atraparlo con todas las ganas del mundo. Instantes especiales en que todas las esperanzas cristalizan y todos los miedos desaparecen, aunque sea por unas horas. Volvamos por un momento a los días del lindo arco iris, cuando nos sentíamos como flechas de luz, como exploradores en concierto.
Tengamos en cuenta todas las cosas que aprendimos, que descubrimos, que vimos. Con aquellos materiales construimos historias, llevamos adelante proyectos, fuimos parte de empresas colosales o de pequeños intentos personales. Con el tiempo tuvimos dudas, volvimos atrás y nos dimos cuenta que era necesario rehacer todo o buena parte. El mundo era diferente a nuestras formulaciones y quisimos ser consecuentes con esas diferencias. No siempre nos fue bien. Avanzamos, no tanto como queríamos, pero por lo menos no estábamos donde mismo.

Sombras de la vejez

Leo en un diario una cita de Philip Roth: “La vejez no es una enfermedad. Es una masacre”. Fuerte como suena, obliga a prestarle atención. La autora del artículo en el que aparece esta cita comenta algo que yo ya venía pensando hace algún tiempo: antes uno esperaba que la gente mayor le contara las memorias de la familia y del tiempo común. Ahora son los hijos, los nietos y otros menores los que esperan que uno les cuente tales historias. Termina la autora con esta frase que encuentro magistral: “Ahora, nosotros somos los guardianes del templo” (Carolina Arenes, La Nación, 13 de agosto).
La crónica del pasado a mí se me presentaba en la persona y en los relatos del tío Carlos: hechos de su vida militar de principios del siglo veinte, algunos secretos de la política de entonces, el “Incandescente”, el cabezón Cortínez y Triviño. Era el portero de un templo donde pervivía lo que podía contar. Hace más de cuarenta años murió y tomé su lugar en esa portería porque tengo conmigo esos recuerdos. Tristemente, ya a nadie le interesan por lo que colijo que van a morir irremediablemente conmigo.
No sé cuántas historias de las mías vayan a trascenderme. No soy un abuelo presente y no sólo porque vivo en otro país, sino porque – debo confesar – tampoco tengo inclinación abuelera. Terminaré supongo como guardián de un templo que a final de cuentas nadie visitará.
De las otras calamidades de la vejez digamos que no son una sensación térmica como tratan de convencerme algunos cuando me miro cada vez más cerca de ese estadio. Lo veo en la vida de mi mamá, de otras abuelas y viejos que constituyen un dilema para su propia prole: ¿A cuál de los hijos le toca llevárselo a su casa este fin de semana? ¿Si vive sola, ¿está comiendo lo suficiente? ¿Y si resbala y se rompe la cadera en la tina del baño? ¿Cómo hacemos si ya no puede hablar por teléfono? ¿Cómo los metemos en la rutina de nuestras realidades que ya tienen suficientes problemas?
Pensemos en el frío que los aqueja, los huesos que ya no articulan bien, ese dolor en la espalda, la medicina para la presión, el mundo entero que sólo se inclina ante la lozanía rozagante de la juventud y desprecia – o simplemente prescinde de – el pasado que es el único lugar donde se asienta la identidad del viejo porque el presente le es extraño, vertiginoso y cruel con los sentidos del otro.
Qué tristemente condescendiente es todo aquello de “los años dorados” y “la nobleza de las canas…”

El viaje y su doble

Aquí, de nuevo en una terminal de buses para abordar el viaje hacia la noche. Alguna vez quise iniciar la bitácora de mis andanzas en bus, en tren, en avión y algunas veces en barco. Pasado el tiempo, luego de páginas y páginas de anotaciones sobre sitios y medios de transporte, desistí por la evidente inutilidad del empeño.
El primer registro que tengo del viaje es una locomotora de proporciones inmensas, un negro animal que bufaba ruidosamente echando de sí humo y vapor, el vagón de tercera con bancas de madera y unos maleteros encima de los asientos donde las señoras ponían a sus bebés a dormir. Era el viaje anual de la familia al lugar donde mis padres habían crecido, se habían conocido y se habían casado para emigrar luego a la capital.
Mi último registro, más de una cincuentena de años después, es esta sala de espera, sentado en el piso, esperando abordar un ómnibus a Temuco. Aprovecho el tiempo para escribir el artículo que debo publicar más o menos día por medio en este blog. Es un episodio más de ese otro viaje, el de mi cabeza alocada y febril. Ese viaje que comenzó cuando a los siete años y medio escribí para mi profesora la “composición” sobre mis vacaciones en el campo. No sé de dónde, o tal vez lo colijo ahora, salieron las palabras, precoces todavía para mi mínima experiencia de la vida. Hablaba algo como de unos enormes álamos verticales dorados por el sol del atardecer. Mi profesora llamó a mi mamá para preguntarle quién me “había hecho la tarea”. Inexperta en la complejidad de las palabras, ella respondió simplemente, “La hizo él…”
Palabra escrita. Palabra hablada. El viaje paralelo. La agonía y el éxtasis de contar el cuento de la vida, el color, la textura, el olor de las cosas, el ansia del cuerpo y de la mente, el misterio de una prosa que parece poesía pero no lo es porque la prosa está desnuda. Las exploraciones del texto sagrado, la profecía urgente, la denuncia del sistema institucional vetusto y agotado, el verso escondido que se revela de repente.
Hasta hoy, la pronunciación más o menos periódica de estos artículos es el espejo del viaje en el que vivo desde que pude pensar en lo que sentía y escribir de lo que pensaba. Cuando me vaya me llevaré sin remedio un equipaje de palabras inescritas, inhabladas, la profusa memoria de los lugares por donde pasé, me detuve, viví o no, amé o no, tantas historias jamás contadas…

Para contar historias: los dramatizados radiales

Por Saraí Llanes

Comienza un nuevo año y también nuevos programas en CVCLAVOZ. Hoy quiero presentarte “Una historia que contar” una revista educativa que será transmitida en vivo todos los jueves en la tarde. Su objetivo es propiciar el debate con el público sobre situaciones reales cotidianas a través de la presentación de fragmentos dramatizados.

¿Dramatizados?

Sí. Un dramatizado radial es una expresión teatralizada de un suceso, real o ficticio, en el que intervienen personajes que dialogan. Como carece de componentes visuales, los dramatizados radiales dependen de la calidad de la actuación, la música y los efectos de sonido para ayudar al oyente a imaginar la historia.

En la radio, los dramatizados surgieron en las primeras décadas del siglo XX y se convirtieron en una forma de entretenimiento popular a nivel mundial. Tanto el radioteatro como la radionovela tuvieron gran éxito cuando no existía la televisión, y aun después de su surgimiento, cuando esta no se había generalizado. Los dramatizados radiales fueron en ese tiempo habituales y enraizaron en la población en tanto el radio fue durante varias décadas el medio de comunicación más accesible.

Pero desde finales del siglo XX y hasta nuestros días, los dramatizados han decaído progresivamente hasta ocupar una pequeña parcela en la programación de algunas emisoras del mundo. Su uso ha quedado desplazado, al dar lugar a programas signados frecuentemente por mayor espontaneidad y hay quienes dicen porque improvisar también es más rápido y fácil.

En este nuevo programa queremos recuperar el dramatizado para nuestra audiencia, por su forma única de apelar a la emoción, a la curiosidad, al corazón, que son parte intrínseca de nuestro tejido humano. Porque la vida es eso, “un drama lleno de alegrías y tristezas”, y con los dramatizados nos acercamos más a la vida cotidiana, a la gente, a sus problemas, necesidades y aportamos al proceso en el cual podemos hacernos preguntas y buscar respuestas, ofrecer el espacio para que surjan propuestas de cambio. Y también porque queremos complicarnos la vida… porque esto lleva trabajo.

El Señor nos ha llamado a difundir el evangelio de todas las formas posibles, incluyendo naturalmente las artes. El propio Jesús era un gran contador de historias y Él mismo empleó un género dramático para transmitir su mensaje: la narración oral de las parábolas.

Cuéntanos si has escuchado alguna vez algún dramatizado en la radio. Dinos tu experiencia. Comunícate con nosotros y sé también el protagonista porque todos tenemos “Una historia que contar”.

Historias

Esos recuentos dolientes de las cosas idas, de las cosas que no pudimos, que no quisimos retener, de las cosas que nos dolieron demasiado o de aquellas que nos hicieron felices por dos o tres días en un lugar inmaterial, en un territorio de sueños. Esas historias que regresan aunque no queramos; esas historias que no regresan aunque queramos, porque todavía nos conmueve su intensa humanidad, su pasión incontenible. Esas historias que repetimos en voz baja en la plegaria secreta porque no nos duelen sólo a nosotros y quisiéramos que la herida fuera sólo nuestra. Crónicas de lesa felicidad, susurros en la oscuridad, lágrimas silenciosas en una ventana triste cuando la noche devino cilicio, ceniza, desencanto.

Esos recuentos detallados de las estaciones de la pasión, desde el andén emocionado de la esperanza, al paroxismo inédito del placer, hasta la desoladora comprobación de su adiós desencantado en la terminal del tiempo. Esos relatos que nos contamos cada noche y que vamos introduciendo de a poquito en los entresijos del muro de la memoria como aquellas peticiones enrolladas que ponen los peregrinos en el Muro de los Lamentos. Historias que van cambiando de tonalidades según el tiempo pasa, según sanan las heridas, según se va haciendo más profundo el escepticismo.

Recapitulación de episodios que tienen sentido y razón sólo para uno porque resumen todo lo que uno es, todo lo que uno siente, todo lo que uno espera, todo lo que uno desea, todo lo que se debería y no se debe. Registro de cosas que no se postean porque son sólo de uno y que mal o bien componen nuestra pasada por el mundo, nuestro viaje a medias entre el te quiero y el adiós.

Esas historias vienen a componer el repertorio de los recuerdos a los cuales uno va a echar mano cuando la vida pase la factura y lo recluya en el mínimo espacio entre la senilidad y la muerte, cuando ya no valen las recriminaciones y cuando no tienen sentido las esperanzas. Entonces esas historias serán lo único que nos quede y vamos a llevarlas atrapadas entre pecho y espalda cuando nos vayamos y que apenas dos o tres personas guarden para siempre el otro lado de esos relatos, también callados para siempre.

Nos vamos quedando

Nos vamos quedando con lo único disponible: recuerdos de proyectos pasados, historias que terminaron mal y otras que anduvieron mejor, sueños inconclusos, experiencias inolvidables y otras que hay que olvidar porque no aportan nada o muy poco.
Nos vamos quedando con ganas y deseos que a veces una circunstancia feliz nos permite realizar; otras veces preferimos ignorarlos porque cobran muy caro o porque nos veríamos un poco ridículos.
Nos quedamos con la piel cansada de sentir, con la memoria de amores pasados, con las manos temblorosas, con olvidos repentinos, con ciertos dolores que revelan algo más que años, con unas pocas fotografías viejas de días felices y otros no tanto.
Nos quedamos con historias de viajes increíbles a lugares exóticos, aeropuertos inmensos y otros perdidos en la provincia, una pequeña valija negra, un libro que se quedó en la repisita de una cabina telefónica, noches de insomnio en una habitación de hotel al otro lado del mundo o un tren que avanza a paso de hombre en las alturas del desierto más seco del planeta.
Nos quedamos con preguntas imposibles de hacer porque no hay nadie que pueda responderlas, ideas revolucionarias que al fin no cambiaron nada, novelas que no se pueden escribir porque no se tiene el oficio, poemas que después de unos años estamos seguros que no tiene sentido alguno publicarlos – ni mostrarlos a nadie.
Nos quedamos con un silencio saludable, una soledad reparadora, una renuencia a aceptar que nos impongan condiciones y reglas, unas manías que nosotros no más entendemos y una bronca feroz contra el sistema y sus instituciones.
Nos vamos quedando con unas visitas de tanto en tanto a las hijas y a los nietos, una reunión familiar que agradecemos no se prolongue más allá de las diez de la noche, llamadas telefónicas para ponerse al día y asegurar que todo anda más o menos bien porque perfecto nunca va a estar y eso lo sabemos bien todos aunque a veces no queramos reconocerlo.
Nos vamos quedando con intuiciones que a veces aciertan medio a medio y otras que no andan ni por las tapas. Adquirimos una especie de cinismo y no hacemos caso de las cosas que entusiasman a los más jóvenes o a los inexpertos que creen que el mundo es como se ve.
Nos vamos quedando sólo con el asombro porque eso es algo que jamás deberíamos perder. Nos vamos quedando con unas pocas personas y algunos lugares que no cambiaríamos por ningún otro en el mundo. Nos vamos quedando con algunas penas definitivas y algunas alegrías inesperadas. Con eso es más que suficiente…

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