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¿Sabías que llorar es bueno para tu salud?

La frase “los valientes no lloran” se ha hecho popular a lo largo de los años en muchos países y culturas. Sin embargo, existe un peligro en este dicho, pues ha convertido al llanto en algo malo, e incluso despreciable. Eclesiastés 3:4 dice que hay: “un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto, y un tiempo para saltar de gusto” (NVI). Por lo tanto, no debemos ver a las lágrimas como símbolo de debilidad, sino más bien de expresión, fuerza y buena salud.

¿Por qué llorar es bueno?

1. Te ayuda a ver mejor: Las lágrimas lubrican los ojos y esto hace que los globos oculares se muevan con mayor facilidad.

2. Atenúa el nivel de estrés: Después de llorar, el cuerpo se relaja y te hace sentir mejor. Esto hace que el estrés reduzca considerablemente.

3. Remueven toxinas: Liberan al cuerpo de toxinas, además de contener lisozima, un fluido que mata del 90-95% de las bacterias en un período de entre 5 a 10 minutos.

4. Disminuye la presión sanguínea: Cuando uno termina de llorar, se puede experimentar paz y tranquilidad; esto se debe a que la presión sanguínea disminuye.

5. Reduce el manganeso: El manganeso es un mineral que afecta nuestro estado de ánimo, el cual es liberado cuando uno llora.

6. Demuestra que eres humano: De todos los seres vivos, los seres humanos son los únicos que pueden llorar para demostrar sus sentimientos. Además, las personas que no tienen miedo a llorar ante otras, demuestran que son mentalmente fuertes y que no tienen miedo a mostrarse como son.

7. Recibes consuelo de Dios: Llorar tiene beneficios, y el mejor de ellos, es que cuando uno lo hace delante de Dios, puede recibir el consuelo y la esperanza que se necesita. Esto se encuentra en Apocalipsis 21:4, donde dice: “Él les secará toda lágrima de los ojos, y no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más” (NTV).

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Amapolas en el trigo

(Al músico principal – Sobre “El valle de los leones”)

Entre los intersticios del dolor se halló un pequeño sendero hacia la luz. Una luz pequeña que vino a aliviar la oscuridad de milenios. La pesada penumbra que se cernía por los siglos de los siglos retrocedió despavorida y de todas partes salieron voces, interjecciones, gritos, lamentos escondidos, lágrimas guardadas hasta aquel instante en que la redoma de la palabra se abrió para recibirlas sin preguntas, cuestionamientos o juicios.

Todas las voces, todas las canciones, todos los poemas, todas las declaraciones aparecieron como amapolas entre el trigo y fueron evidentes para el observador perceptivo. Fueron recogidas con mano atenta, con delicadeza suma. Fueron traídas al altar de las respuestas. Cada una de ellas encontró un consuelo, una explicación, un alivio, una esperanza.

Fue un alboroto mágico, un desbande alegre y colorido, una manifestación con alas. Una explosión de sentimientos que sólo ellas podían explicar porque hay cosas que les pertenecen y nadie más puede descifrar hasta que son pronunciadas en el lenguaje que les es propio, su idioma singular.

Un caminante vino desde lejos. Traía antiguas canciones en su morral y las ofreció. Por el precio de una les dejo dos, decía, pero era en broma. Se las regaló no más. Porque a lo mejor querían aprenderlas y luego podrían cantarlas en su propio país, en su territorio original. Eso tienen las canciones y los poemas: abren puertas inimaginables según el talante de quien pronuncia sus notas y sus versos. Se remontan mucho más allá del pobre poeta que las inventó.

Eran las hilanderas de la luna. Eran las balsameras que sonaban sus copas antes del asalto de David al lugar fuerte. Eran las espigadoras en el campo de Booz. Eran las diligentes voluntarias que recogían los cuerpos de los heridos y los curaban en las tiendas de la retaguardia. Eran las sobrevivientes de Lamec. Eran las mártires de la violencia del levita de Jueces. Eran las heroínas que abatieron a Sísara y las otras, que vieron a Jesús resucitado antes que cualquier hombre en la tierra.

A la hora del adiós se acallaron todas las voces, todos los sonidos. En el largo camino de regreso hubo tiempo para los pensamientos, para el silencio del después, para la recopilación de memorias, para retomar más tarde el duro oficio de la realidad.

Sólo que esta vez un ramillete de amapolas iluminaría la cruda luz del día siguiente y bajito – bien bajito – la canción.

La canción.

Registro elemental

          Recuento de los estados del alma. Inventario de las emociones antiguas y nuevas. Crónica mínima de las estaciones de la vida. Pequeños artefactos que acompañan la melancolía y a veces los instantes bendecidos. Planilla existencial para tomar razón de las condiciones en que se encuentra la vida en su último cuarto…

La risa que adquirió ese tonito escéptico y a veces un poco cínico. Las lágrimas que ya no brotan por ninguna razón importante. Las nuevas estaciones de la noche, sus detenciones imprescindibles. Los hallazgos del pensamiento en los momentos más inesperados. La aparición de cierta sabiduría que hace más sensible el dolor del alma. El sentimiento de la época que se desmorona y nadie parece advertir. El miedo, el viejo miedo. La culpa, la vieja culpa.
La luz que se va apagando de a poco. La duda que se acrecienta más y más sobre uno mismo y la especie. La última frontera de la esperanza: el Dios de la Biblia como único espesor auténtico y realidad última. El cansancio vital. Los espacios cada vez más reducidos. La impecable caracterización de mi hermano David: Benjamín, soñador inconcluso.
Los libros. El último reducto para un diálogo silencioso; la decepción de algunos viejos textos, la confirmación de algunas intuiciones en Bauman, Eco, Galeano, Frankl y los viejos profetas del Antiguo Testamento. Relecturas y nuevos encuentros. Los libros, con su ilustrado silencio, con sus tesoros a disposición de los exploradores que tienen tiempo y que no desesperan en el vértigo de las pantallas.
El café con leche sin espuma, con un bizcocho y una medialuna. El diario del domingo – y el asado, también. La mochila de cuero con la vida a cuestas. La hora del regreso a casa que prodiga su silencio y su secreto. El amparo de las películas sin comerciales. Algunos cafés de la ciudad.
El arrinconamiento progresivo. La miniaturización de las relaciones humanas. Los alejamientos imprescindibles. Los silencios a ultranza. Las negociaciones ineludibles. El infaltable clamor de la conciencia. Las disculpas tardías. Los encontronazos inevitables. La fragilidad de la paciencia. La irritación a flor de piel.
La ironía de Groucho Marx sobre la época presente, multiplicada en púlpitos, plataformas y testamentos existenciales: “Estos son mis principios. Si no te gustan… tengo otros.”

¿Te Gustan las Cosas Buenas?

A todos nos gustan las cosas buenas. Nos gusta una linda casa, un buen carro, una comida bien presentada, nos gusta vestirnos bonito. No tiene nada de malo que nos gusten las cosas buenas. Y en este caso no voy a hablar de hacer de tus cosas materiales, tu Dios.

Traigo el tema, porque creo que la mayoría no estamos conformes con la manera en la que va el mundo. Los desastres naturales, el hambre, las guerras y las vueltas que están dando a la palabra familia por ejemplo. No sentimos que estamos en un buen sistema, nos parece que podría ser mejor.

Te pregunto: si hubiera la posibilidad de vivir en un mundo donde no existan más guerras, dolor, enfermedades ni lágrimas…¿no preferirías vivir en él? Yo si.

Evidentemente no hemos visto un mundo así más que en películas y por lo tanto nos puede parecer que es solo una fantasía.

Pero a través de la historia, hemos visto que Dios, nuestro creador, prometió un mundo así. Lo pueden leer en Apocalipsis 21:3 “Oí una fuerte voz que salía del trono y decía: «¡Miren, el hogar de Dios ahora está entre su pueblo! Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo. Dios mismo estará con ellos. Él les secará toda lágrima de los ojos, y no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más”.

Si alguien que te ha prometido cosas antes y las ha cumplido, te promete y por escrito (en la Biblia) que te va a dar un mundo así; aceptarías la invitación, ¿no es cierto?

Para saber sin duda que puedes vivir en un lugar así cierra tus ojos ahora mismo. Ahí donde estás leyendo esto; recuerda todo lo que hayas hecho mal y pide perdón. Luego pide a Dios que te ayude a ser mejor persona y que Su Espíritu Santo habite en ti. Pídele que te abra los ojos y el entendimiento para Su palabra y Su propósito para tu vida. Es lo único que debes hacer para  aceptar esa invitación.  ¡Dios te bendiga y…nos vemos en ese “Paraíso” algún día!

Si tomaste ese minuto para hablar con Dios, déjame saber por [email protected]

Gracias.

Amor en Acción

“Hananí, uno de mis hermanos, vino a visitarme con algunos hombres que acababan de llegar de Judá. Les pregunté por los judíos que habían regresado del cautiverio y sobre la situación en Jerusalén. Me dijeron: «Las cosas no andan bien. Los que regresaron a la provincia de Judá tienen grandes dificultades y viven en desgracia. La muralla de Jerusalén fue derribada, y las puertas fueron consumidas por el fuego». Cuando oí esto, me senté a llorar. De hecho, durante varios días estuve de duelo, ayuné y oré al Dios del cielo.” Nehemías 1:2-4 (NTV)

Nehemías fue un hijo de Dios que al enterarse de la triste noticia de su pueblo se quebrantó en llanto, oró y ayunó por sus compatriotas. Sus  lágrimas expresaban y demostraban cuánto amor tenía por sus parientes. Su compasión y misericordia por sus seres queridos lo llevó a suplicar al único y verdadero Dios que podía ayudarlos.

Realmente eso es amor en acción y lo puedes aplicar en tu entorno. Si tú amas a tu familia, amigos, nación y ves cómo está la situación, no te quedarás con los brazos cruzados porque la persona que ama hace hasta lo imposible por el bien de sus amados. Nehemías es un claro ejemplo de amor, quien dio todo por el bien de su pueblo con el propósito de que ellos disfruten la vida y reconozcan al único Dios que los restauró.

Algunas preguntas para reflexionar: ¿Cuál es mi reacción cuando veo a mis amigos (as) destruyéndose en el pecado? ¿Qué hago cuando mi familia está en desgracia? ¿Cómo reacciono cuando mi país está envuelto en la idolatra y corrupción? ¿Soy una persona que tiene el Espíritu de Nehemías?  ¿Me pongo a Clamar y ayunar cuando veo que las cosas no están bien?

Cuando veas que las cosas a tu alrededor no andan bien, solamente busca a Jesús, pide Su misericordia y ayuda, así como lo hizo Nehemías. Dios te escuchará y ayudará.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Jesús llora cuando lloras

“Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió.” Juan 11:33 (RVR1960)

Este versículo muestra que Jesús no es inmune al dolor de sus hijos. Cuando Jesús llegó a Betania su amigo Lázaro ya estaba muerto. Lo habían enterrado cuatro días antes. Y cuando la hermana del difunto salió al encuentro de Jesús se postró delante de Él. “Jesús entonces, al verla llorar, se estremeció en espíritu y se conmovió”

Jesús sabía que levantaría a Lázaro de entre los muertos; sin embargo, Él lloró junto con María y los demás. Así es el Señor, llora con todos aquellos que lloran, con cada madre o padre que derrama lágrimas en las noches por su hijo pródigo o su hija rebelde. Llora con cada pecador que se arrepiente, con cada hijo (a) que tiene el corazón dolido.

Si en este momento estás atravesando momentos difíciles en tu vida y hay un dolor profundo en tu corazón, quiero que sepas que no estás solo ni sola en esto, Jesús, nuestro Rey de reyes y Señor de señores está contigo y no te abandonará. Su presencia, el Espíritu Santo, está ahí para consolarte y fortalecerte.

La Biblia nos dice que: “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” Romanos 12:15. No podemos pensar que Jesús podía hacer menos de lo que nos manda hacer. ¡Qué maravilloso es saber que Jesús llora con nosotros en todos nuestros dolores!

Tenemos un Dios lleno de amor que no nos abandona en ningún momento. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Mateo 5:5

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Día de los desamorados

“El amor era…”
Era la frase final que buscaba para la nota de despedida. Había adquirido un pasaje definitivo hacia la soledad y estaba a punto de abordar el vuelo. Aquella decisión in extremis, pensó, pondría fin a las lágrimas de esa última madrugada rumbo al aeropuerto. Pero quería dejar algún registro de esa complicada historia.
“El amor era…”
El licor de la imaginación desatada navegando por las venas, llenando todo de una tibia humedad. La masiva inundación de palabras que sueñan, que dibujan metáforas donde otros sólo ven tierra, agua y cielo. El alborozo de las emociones desatadas, la tersura de la piel, el desborde del sexo, la noche perpetua, el reloj que no marca las horas, la luz tenue de la habitación. Los proyectos compartidos, la esperanza sin límite, el optimismo a ultranza, las esperas ansiosas, los encuentros. La canción que era de nosotros, las miradas inteligentes, las palabras que no era necesario decir, las risas ahogadas, los juegos que habíamos inventado.
“El amor era…”
Las preguntas sin respuesta, los silencios, la confianza rota, la decepción que crece lenta y se enquista en lo más profundo de la conciencia. Los momentos sublimes, las peleas colosales. Los proyectiles de la razón disparados a destiempo y que no hay manera de detener. Los argumentos del sentimiento que no valen un comino a la hora de explicarse. El martirio de las noches en blanco, las lágrimas en dos cubos de hielo y el humo en los ojos. El temblor incesante, el miedo, los celos. Las heridas abiertas, los moretones. El cansancio, la pena, la cruda luz del alba, la ropa tirada, las cuentas sin pagar, los años que pasan, las arrugas infelices, el tapiz gastado de los sillones, los platos sin lavar, el espejo roto, las ganas de no tener más ganas. Las conversaciones que se arrastran a la hora de la cena, las fotografías viejas que dicen algo pero ya no recordamos qué, el beso frío de la mañana, la rutina de los cuerpos vencidos. Las exigencias de las instituciones, las sonrisas inventadas. La reunión familiar, triste procesión del buen comportamiento y los lugares comunes. La comparsa repetida de las reuniones sociales, las miradas clandestinas, las fantasías secretas. El cansancio, el inmenso cansancio.
Por fin, decidió no escribir nada. Cerró su viejo maletín de mano, abrió la puerta de calle, echó una última mirada a la silenciosa sala y se perdió en la neblina de la madrugada…

El amor era

“El amor era…”
Era la frase final que buscaba para la nota de despedida. Había adquirido un pasaje definitivo hacia la soledad y estaba a punto de abordar el vuelo. Aquella decisión in extremis, pensó, pondría fin a las lágrimas de esa última madrugada rumbo al aeropuerto. Pero quería dejar algún registro de esa complicada historia.
“El amor era…”
El licor de la imaginación desatada navegando por las venas, llenando todo de una tibia humedad. La masiva inundación de palabras que sueñan, que dibujan metáforas donde otros sólo ven tierra, agua y cielo. El alborozo de las emociones desatadas, la tersura de la piel, el desborde del sexo, la noche perpetua, el reloj que no marca las horas, la luz tenue de la habitación. Los proyectos compartidos, la esperanza sin límite, el optimismo a ultranza, las esperas ansiosas, los encuentros. La canción que era de nosotros, las miradas inteligentes, las palabras que no era necesario decir, las risas ahogadas, los juegos que habíamos inventado.
“El amor era…”
Las preguntas sin respuesta, los silencios, la confianza rota, la decepción que crece lenta y se enquista en lo más profundo de la conciencia. Los momentos sublimes, las peleas colosales. Los proyectiles de la razón disparados a destiempo y que no hay manera de detener. Los argumentos del sentimiento que no valen un comino a la hora de explicarse. El martirio de las noches en blanco, las lágrimas en dos cubos de hielo y el humo en los ojos. El temblor incesante, el miedo, los celos. Las heridas abiertas, los moretones. El cansancio, la pena, la cruda luz del alba, la ropa tirada, las cuentas sin pagar, los años que pasan, las arrugas infelices, el tapiz gastado de los sillones, los platos sin lavar, el espejo roto, las ganas de no tener más ganas. Las conversaciones que se arrastran a la hora de la cena, las fotografías viejas que dicen algo pero ya no recordamos qué, el beso frío de la mañana, la rutina de los cuerpos vencidos. Las exigencias de las instituciones, las sonrisas inventadas. La reunión familiar, triste procesión del buen comportamiento y los lugares comunes. La comparsa repetida de las reuniones sociales, las miradas clandestinas, las fantasías secretas. El cansancio, el inmenso cansancio.
Por fin, decidió no escribir nada. Cerró su viejo maletín de mano, abrió la puerta de calle, echó una última mirada a la silenciosa sala y se perdió en la neblina de la madrugada…

Lágrimas: breve repaso

Ruta fluvial a la fuente de la tristeza. Ofrenda sagrada al dolor diseminado. Acuoso testigo de los imposibles matemáticos. Transparente anuncio de la angustia que viene. Líquido remanso donde sestea la soledad. Registro lateral de los sueños destrozados. Confesión incontenible de los secretos mejor guardados. Desmayo de los ojos a la hora de la pena. Duro metal del alma que desciende fundido por las mejillas. El corazón que se hacía agua y no tenía por dónde salir. Ardor desbocado de la rabia. Transparentes majanos que señalan el principio del fin. Crónica salobre del silencio empedernido. Húmeda bitácora del desconsuelo. Empapada evidencia del desengaño.

Senderos por donde desciende el desencanto, el fracaso y el discurso del adiós. Aguas amargas que limpian la vida de las inútiles dulzuras. Rara vertiente que testifica del odio y del amor. Néctar de la compasión. Ambrosía del encanto. Licor de la ilusión. Agua bendita del perdón. Manantial del cariño. Cristalinas compañeras del tan anhelado descanso. Desahogo de las antiguas broncas y de las iras recientes.

Salen sin permiso y documentan el estado del alma cuando ya las palabras no sirven para nada porque se dijo todo y lo mismo no sucedió el milagro. Uno las disimula, las conjura con el pañuelo o simplemente las deja deslizarse hasta que no queda más nada que el salado surco de su predecible destino. Atestiguan, finalmente y con toda delicadeza, que lo que se quería ya no se va a poder porque así no más somos y así no más es la vida.

Para decirlo de otro modo: cuando de la calavera no queda más nada, se evidencia ineluctablemente la ausencia definitiva de la nariz… y de las lágrimas.

No estoy llorando…

Todos sabemos que la risa es la mejor de las terapias, pero lo que no se suele decir es que llorar también es bueno y saludable. Sin embargo al llanto, generalmente se le asigna una connotación negativa por parte de la sociedad, a pesar de que es algo tan natural como la risa e igual de necesario.

Desde que son pequeños se les enseña a los hombres que llorar es una muestra de “debilidad”, y más aun cuando asumen un liderazgo, ya sea en el trabajo, en el hogar u otras áreas. Siempre se quiere dar una apariencia de fortaleza frente a los demás, pero no se dan cuenta que la apariencia solo te ahoga por dentro.

Por esto tal vez te sorprenda el consejo que voy a darte en éstos momentos, pero ¡te animo a llorar!

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” Mateo 5:4

Dios conoce exactamente lo que sientes, por lo cual ya no es necesario fingir, dando la imagen de que nada sucede. Recuerda que son bendecidos los que lloran porque recibirán consuelo, así que ponte de rodillas y habla con Dios porque delante de Él no tienes nada que ocultar.

Claman los justos, y Jehová oye, Y los libra de todas sus angustias. Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu. Salmos 34:17-18

La Biblia dice que Dios está cerca de los quebrantados, de los que lloran, de aquellos que tienen dolor, por tanto no dudes más y ¡clama! Solo Él puede librarte de todas tus angustias.

Recuerda que el estrés, la tristeza, el dolor psíquico y físico, la alegría, los nervios, la angustia, la emoción, son sentimientos que podemos traducir en lágrimas. Cuando lo hacemos nos sentimos mucho mejor, pero si ahogamos el llanto sólo logramos aumentar la presión y el desequilibrio interior.

Además no olvides que llorar es una buena terapia para la salud, nos hace liberar adrenalina, una hormona que segregamos en situaciones de estrés, y noradrenalina, que actúa como neurotransmisor y tiene un efecto contrario al de la adrenalina. Cuando lloramos, eliminamos estas hormonas, lo que produce una sensación de desahogo y tranquilidad. Un ejemplo de esto es que, después de llorar, tanto niños como mayores se quedan dormidos.

Dios enjugará las lágrimas de los ojos de ellos, y ya no habrá muerte, ni más llanto, ni lamento ni dolor; porque las primeras cosas habrán dejado de existir. Apocalipsis 21:4

En el cielo es donde ya no habrá más llanto ¡Hoy puedes darte permiso para llorar.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Habrá algo imposible para Dios?

Ezequías, hijo de Acaz, comenzó a gobernar Judá durante el tercer año del reinado de Oseas en Israel. Tenía veinticinco años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén veintinueve años. Hizo lo que era agradable a los ojos de Dios, igual que su antepasado David. Quitó los santuarios paganos, destrozó las columnas sagradas y derribó los postes dedicados a la diosa Asera. Destruyó la serpiente de bronce que Moisés había hecho, porque la gente de Israel seguía ofreciéndole sacrificios.

Era un hombre que confiaba en Dios. No hubo nadie como él entre todos los reyes de Judá, ni antes ni después de él. Permaneció fiel en todo y obedeció cuidadosamente todos los mandatos que Dios le había dado a Moisés.Por eso el Señorestaba con él, y tuvo éxito en todo lo que hizo.

Tiempo después, Ezequías se enfermó gravemente y estaba por morir. El profeta Isaías fue a visitarlo y le dijo: «Dios dice que vas a morir, así que arregla todos tus asuntos familiares más importantes». Ezequías volvió su cara hacia la pared y oró así: «Dios mío, no te olvides de que yo siempre he sido sincero contigo, y te he agradado en todo». Luego lloró con mucha tristeza. Isaías lo dejó, pero antes de salir al patio central del palacio, Dios le dijo:

«Vuelve y dile al rey, que yo, el Dios de su antepasado David, escuché su oración y vi sus lágrimas. Dile que voy a sanarlo, y que le daré quince años más de vida. Dentro de tres días ya podrá venir a mi templo para adorarme. Además, por amor a mí mismo, y a David, quien me fue fiel en todo, salvaré a Ezequías y a Jerusalén del poder del rey de Asiria».

Isaías fue y le dio el mensaje a Ezequías. Luego ordenó preparar una pasta de higos y que se la pusieran a Ezequías sobre la parte enferma para que sanara. Ezequías le preguntó:

-¿Y cómo voy a saber que sanaré y que podré ir al templo dentro de tres días? ¿Qué señal me vas a dar?

Isaías le respondió:

-Dime tú qué señal prefieres: ¿quieres que la sombra en el reloj del sol se adelante diez grados o prefieres que retroceda?

Ezequías contestó:

-Que la sombra se adelante es fácil. Lo difícil es que retroceda. Prefiero que retroceda diez grados.

Isaías le rogó a Dios que lo hiciera así, y Dios hizo que la sombra retrocediera diez grados en el reloj de Ahaz.

Esta historia nos deja las siguientes enseñanzas:

-Si nosotros somos obedientes y fieles a Dios, su misericordia y bondad jamás se apartarán de nuestras vidas.

-No hay súplica ni clamor que nuestro Señor no responda, Él siempre está atento a cada una de nuestras oraciones y nos da más de lo que podemos imaginar.

-Para Él no hay nada imposible, es el Creador de todo lo que existe.

A pesar de los problemas que estés enfrentando, este día te animo a serle fiel a Dios, porque en la obediencia está la bendición. No renuncies al llamado que tienes, al matrimonio y a los hijos que te dio, al trabajo que te proveyó. Dios puede rescatar a ese ser querido que aún no tomó la decisión de recibirlo como su único Salvador; puede revertir el diagnostico que los médicos te dieron y sanarte; puede obrar en la vida de ese familiar que se fue y se alejó de su camino; puede dar libertad a todos aquellos que están cautivos en alguna adicción; puede prosperarte y ayudarte a pagar tus deudas; puede conceder los anhelos más íntimos de tu corazón y resucitar aquellos sueños que creías perdidos.

Jamás olvides que Dios te ama y que todas sus promesas son dignas de confianza, síguelo sirviendo y cumpliendo fielmente sus mandamientos, porque Él te sorprenderá, hará realidad aquello que crees que es imposible y cumplirá todo aquello que te prometió. No permitas que los afanes te este mundo te aparten de Él y te desenfoquen de la misión que te encomendó. Su amor constante y su fidelidad son promesas a las que puedes aferrarte cada día.

Si prestas atención a estas ordenanzas y las obedeces con fidelidad, el Señor tu Dios cumplirá su pacto de amor inagotable contigo, tal como lo prometió mediante el juramento que les hizo a tus antepasados. Deuteronomio 7:12 (NTV)

 

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Retorno

De nuevo añoraba el camino… La huida, el extrañamiento feroz.No lograba entender cómo funcionaba este mundo. No sabía jugar ajedrez, no sabía armar estrategias. Su palabra salía simple, ingenua, a veces hasta la estupidez. No tenía esa habilidad de, merced a un artificio del cálculo, comprender las operaciones que tienen lugar en la mente de las personas y preparar reacciones temperadas e inteligentes.

A veces le decían que se hacía mucho la cabeza. Pero siempre se sentía a contrapelo de la vida. Todo era muy complicado. Añoraba retornar muchas veces a aquellas cosas simples que hacía de joven, sentir aquellas cosas que lo hacían feliz: escribir en una servilleta de papel, en un café del centro, un poema breve y sensible, profundo hasta las lágrimas. Volver a sentir el arrebato de esas tardes de sol, que levantan una bruma incomprensible entre los árboles, esa iridiscencia que lo transportaba a un mundo irreal, único, donde todos los sueños eran posibles, donde toda la paz era encontrada, donde el tiempo se acurrucaba a su lado y se quedaba quietito y silencioso…

Caminar bajo la llovizna de julio, como que le limpiaba el peso de la vida, como que le lavaba el rostro de lágrimas y melancolías sin nombre. Volver al viaje, al camino, a ese no pertenecer por unas horas al mundo lineal de las horas; librarse de la esclavitud del tiempo y quedarse suspendido en un kairós interminable.

Quería retornar a los días sin televisión, cuando lo ahogaba la marea de los libros, cuando tenían sentido las conversaciones porque abrían puertas y porque encendían alguna luz pasajera en la oscuridad de las preguntas. Extrañaba los días en que no le importaba la pérdida de una llave, una agenda, un reloj. Eran los días del arco iris, de la noche cómplice, no como ahora, que era un verdugo cuyo martirio se prolongaba por ocho negras horas en su habitación.

Quería que llegara el día en que no le debiera a nadie nada, excepto su alegría de vivir y de morir en paz…

(Publicado en junio de 2013)