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El tiempo que no volverá

John Randolph dijo: “El tiempo es a la vez el más valioso y el más perecedero de nuestros recursos”

Hoy al despertar varios de nosotros hemos tenido la necesidad de mirarnos en un espejo y muchos nos dimos cuenta que el rostro y el color de cabello son la clara señal de que los años han pasado, pero lo que realmente debiera importarnos es cómo y en qué estamos invirtiendo nuestro tiempo.

Si le diéramos la importancia que se debe al “tiempo” podríamos invertirlo y no malgastarlo, ya sea en un vicio, en el rencor, en las peleas o haciendo maldad. No podemos vivir ligeramente sabiendo que la hora, los minutos y segundos que pasan jamás volverán.

El apóstol Pablo, conocía el valor incalculable del tiempo, por eso nos dice “(…) aprovechen bien el tiempo” Colosenses 4:5 (DHH), porque sabía que el enemigo es astuto y utilizará distracciones para hacer que perdamos aquello que nunca recuperaremos (tiempo).

Hoy varias personas se encuentran sentadas viendo cómo su vida pasa porque se detuvieron a lamentar su pasado, otras se encuentran tratando de sobrevivir lo que viven en el instante o peor aún algunos se quedan quietos por temor al futuro.

No permitas que los temores del pasado, los problemas del presente y el miedo a lo que vendrá te detengan y te hagan perder tu tiempo, toma la mano de Dios y confía en su provisión, protección y ayuda.

Si eres joven y estás comenzando a dar pasos para alcanzar lo que anhelas, recuerda que tu mirada debe estar en Dios y lo demás vendrá por añadidura. Esto no significa que no te debes esforzar y trabajar para alcanzar logros; tu juventud es el mejor tiempo para dar lo mejor de ti en el servicio, en tus estudios y en tu familia.

1 Timoteo 4:12 dice: “Evita que te desprecien por ser joven; más bien debes ser un ejemplo para los creyentes en tu modo de hablar y de portarte, y en amor, fe y pureza de vida” (DHH)

Si ya los años han pasado y quizás no tienes lo que un día soñaste ¡Tranquilo! disfruta el presente y lo que tienes, pero haz planes para mejorar tu futuro, trabaja en tu relación con Dios y sirve junto a tu familia.

En realidad no importa en qué parte del camino te encuentras, lo importante es que inviertas el tiempo que tienes en lo que de verdad tiene valor. Recuerda que el tiempo que pasa no volverá, hoy podemos estar aquí y mañana no.

¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma” Santiago 4:14 (NTV)

Por Judith Quisbert.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Día del padre

El hombre que camina vestido de traje por este camino rural es mi padre. Se dirige al pequeño local del anexo de su iglesia del cual es el encargado.
Hace más de diez años que ya no está entre nosotros. Iba en bicicleta a visitar a unos hermanos y sufrió un infarto masivo; un posterior accidente vascular lo tuvo postrado sin habla por seis años hasta su muerte.
Vivió siempre batallando por un cristianismo que tuvo diversos matices, luces y sombras que marcaron a la familia y la distribuyeron por distintos caminos. Combatió con artes indecibles la pobreza y se dispuso siempre al servicio cristiano. No siempre le fue bien pero tenía la rara virtud de encantar a quienes le conocían; quizá por eso siempre todos le concedimos el beneficio del cariño aún en los tiempos más difíciles.
Fue siempre severo en nuestra niñez y adolescencia. Pero con los años fue, como él decía, “doblando el asta” y dulcificando su trato. Debe ser porque los años tienen la gracia de irnos enseñando que las cosas no son como creíamos que eran. Y si somos sabios aprendemos la lección.
Es raro, pero a medida que pasa el tiempo mi cariño por él se va haciendo más actual, más sensible. Hubiera querido que se cuidara más y tener así la ocasión de hablar con él desde el terreno común de la experiencia, de la paz, del sosiego al que nos obliga el desgaste del cuerpo.
Me conmueve la imagen de esta fotografía que tomó mi hermano David y que me envió hace unas semanas. Hay una cierta solemnidad en su paso. Quisiera saber en qué va pensando. Desearía que fuera algo profundo, quizá en las palabras del mensaje que dentro de un rato iba a dar desde el modesto púlpito del local. Aunque es posible que solo estuviera un poco cansado de su continua lucha con los pocos pesos de la pensión mensual.
Cuando murió escribí un largo poema a su memoria que, al final, invocaba el deseo de volver a verlo alguna vez en el país de Nunca Jamás. De ahí, este fragmento:

Te veré allá.
Me acercaré casi sin que te des cuenta.
Te preguntaré cosas que hay en mí.
Porque por alguna razón creo que entonces nos entenderemos.
Entonces hablaremos cara a cara. Entonces nos explicaremos.
Sin palabras, en el misterioso y profundo lenguaje de los cielos.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para CVCLAVOZ)

6 tipos de frases que debes decirle a tus hijos

“Sé cuidadoso con tus palabras, una vez que son dichas, sólo pueden ser perdonadas, no olvidadas”. -Anónimo

Los recuerdos que uno atesora en la niñez están formados por las experiencias y las palabras que se dijeron en el momento. Estos sucesos tienen gran impacto en la vida adulta,y es por ello que los padres deben ser cuidadosos con las frases que les dicen a sus hijos. El neurocientífico de la Universidad Thomas Jefferson, Dr. Andrew Newberg, y el experto en comunicaciones, Robert Waldman, aseguran que “una sola palabra tiene el poder de influir en la expresión de los genes que regulan el estrés físico y emocional”.

Para hacer que las palabras ayuden a criar a un hijo de manera que tengan buena autoestima, sean exitosos y respetuosos con los demás, entonces diles lo siguiente:

1. Palabras que demuestren tu fe en ellos:
  • “¡Tú puedes hacerlo!”
  • “Creo en ti.”
  • “Sé que puedes lograrlo.”
  • “Me gusta cómo piensas.”
  • “Dios tiene un plan especial para ti.”
2. Palabras que reflejen tus sentimientos:
  • “Te amo mucho.”
  • “Estoy muy orgulloso de ti.”
  • “Me haces feliz.”
  • “Me haces sonreír.”
  • “Gracias por tu ayuda.”
  • “Disfruto mucho de tu compañía.”
  • “Me alegra tenerte en mi vida.”
  • “Me impresionas.”
3. Palabras que le hagan sentirse seguro:
  • “Puedes confiar en mí.”
  • “Daré lo mejor de mí para mantenerte a salvo.”
  • “Siempre estaré a tu lado.”
  • “Puedes contar conmigo.”
  • “estoy dispuesto a escucharte.”
4. Palabras que le enseñen a ser persistente:
  • “Está bien equivocarse.”
  • “Nunca te rindas.”
  • “Hiciste un buen intento.”
  • “No necesitas ser perfecto.”
  • “Aprende de tus errores.”
  • “Puedo ver que estás practicando.”
5. Palabras que refuercen su autoimagen:
  • “Eres hermoso.”
  • “Eres único y especial.”
  • “Eres creativo.”
  • “Tus ideas son valiosas.”
6. Palabras que le animen a respetar a otros:
  • “Eres un buen amigo.”
  • “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan.”
  • “Los demás son tan especiales como tú.”
  • “Me gusta cuando ayudas a otros.”
  • “Me alegra que seas amable.”

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Conoce las promesas escondidas que te hiciste en la niñez

¿Alguna vez en tu infancia, prometiste que no seguirías el mal ejemplo de alguien, o que lucharías por ser el mejor en tu trabajo o en tu familia?

Existen declaraciones o promesas viven escondidas en nuestra mente desde que somos niños y, que salen a la luz de diferentes formas en la adultez. De esto se trata el libro de la psicóloga venezolana Tivisay Guerrero, Familia Interna Contratos Ocultos, no solo es un libro, es también una técnica terapéutica que ella misma creó.

Conoce a fondo de que se trata mirando la entrevista:

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

De naves y galaxias

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…
Ponía la cabeza debajo de la almohada, me cubría hasta la frente y dejaba los ojos afuera. Con las cobijas me tapaba el rostro para que quedara solamente un pequeño espacio donde podía mirar el techo de la habitación en penumbras. Eso constituía el visor de mi nave espacial, un transporte intergaláctico completamente indestructible que podía navegar lo mismo en la superficie del sol que en las heladas planicies de Neptuno. No viajaba a la velocidad de la luz sino a la del pensamiento. Podía estar en cualquier lugar del universo según yo quisiera. Dentro de mi nave era invulnerable. No tenia frío, había aire suficiente, estaba seguro. Nada ni nadie en el mundo podía hacerme daño.
Esa fue mi fantasía cada noche antes de dormir durante algunos años de mi niñez. Hay veces que intento reconstruir ese momento y no puedo por dos simples razones: una, porque me siento ridículo; la otra es porque aprendí hace tiempo que semejantes imaginaciones no sirven para protegerse de la realidad. Así que con el tiempo fui construyendo otras naves un poco más posibles para eludir la mordida del dolor y la soledad de adentro. Bien temprano supe que la sensibilidad era una peligrosa condición en el mundo de los materialistas, los prácticos y los ganadores. Así que protegido por mis vehículos defensivos me fui construyendo hasta hoy.
Eso ha dado la impresión a algunos de que he logrado todo lo que quería y que eso me hace indolente e insensible hacia quienes sienten que tienen nada o muy poco. La ironía está en que eso es lo que parece pero no lo es. Esos “logros” no son más que naves imaginarias que tienen la particularidad de ser percibidas y que licúan un poco a mi alrededor la dura materia del dolor.
Uno no le gana a eso. Nada más aprende a negociar con él día a día; se inventa ropajes, máscaras, idiomas y… naves intergalácticas. En ciertas estaciones, sale un ratito de adentro para ver si hay por ahí alguna atmósfera respirable, algún abrazo redentor, tal vez el final del viaje. Tal vez el fin de los artificios y las esperas. Tal vez, la paz.
Bitácora de vuelo: Día 22.697. 02.05 AM Tiempo Universal Coordinado.

¿Por qué tenemos que ser como los niños?

Una de las etapas más lindas de la vida es la niñez, porque no tenemos demasiadas obligaciones ni preocupaciones y la relación con nuestros padres es muy íntima, dependemos completamente de ellos.

Al leer Mateo 18:3 “Les aseguro que para entrar en el reino de Dios, ustedes tienen que cambiar su manera de vivir y ser como niños”, me pregunté: ¿Por qué Dios nos manda a ser como ellos?, de tal manera que identifique algunas cualidades que tienen:

1) Siempre están alegres.

2) Son agradecidos cuando les das algo pequeño o grande.

3) No mienten, siempre dicen la verdad.

4) Creen todo lo que les dices sin dudar.

5) Les cuentan todo a sus papás porque saben que ellos los ayudarán a solucionarán sus problemas.

6) Respetan a sus padres y hacen todo lo que ellos les dicen porque saben que son las personas que más los aman y en todo momento velarán por su felicidad y bienestar.

7) No tienen vergüenza de expresar lo que piensan y sienten.

Podría enumerar más aspectos pero estos fueron más que suficientes para entender que nuestro Padre Celestial quiere que seamos como los niños por la pureza de su corazón; en ellos no hay maldad, en todo momento irradian alegría, vida, ternura y amor.

Llegué a la conclusión de que Dios anhela tener hijos que siempre estén contentos y sean agradecidos por todo lo que tienen; que sean completamente sinceros y le digan cómo se sienten y qué necesitan; que acudan a Él para que los ayude y los oriente en todo momento; que crean y confíen en Él más que en cualquier otra persona; que obedezcan su Palabra y no duden que cumplirá todas sus promesas; y que no se avergüencen de hablar de Él y de todo lo que hizo en sus vidas.

Si diariamente ponemos en práctica al menos una de éstas características, estoy segura que tendremos como resultado un cambio en nuestra manera de vivir, alegraremos el corazón de Dios y nos convertiremos en canales de bendición para todos los que nos rodean.

Confía en tu Padre Celestial al igual que confía un niño en su padre terrenal.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

De todo un poco

Recuerdos dispersos sobre los cuales le pregunto a mi mamá; pero su mente ya está muy frágil y sus memorias se mezclan con otras más recientes. Es que quiero encontrar un sitio real para los registros que pueblan mi mente, desordenados. Quiero situarme un poco. Entender un poco más de dónde vengo, dónde estoy en la historia de esta familia.

Hace unos días fui visitado por unas imágenes del viaje de estudios a un puerto del norte. Veo el minúsculo tren que remonta la aridez incipiente del desierto y trepa luego por unas colinas pardas cerca del mar. Veo la mochila militar y la frazada cosida a mano por mi mamá a guisa de bolsa de dormir, lujo imposible para nuestra pobreza fundamental. Estamos en la playa una tarde y de pronto Carlos Varela, nuestro compañero cocinero grita, “¡Los huevos!” Ha recordado repentinamente que antes de salir dejó decenas de huevos cociéndose en una olla gigantesca para la cena de la noche y se ha olvidado de apagar.

¿Qué haremos con tantos recuerdos? ¿Servirán de algo después de morir? ¿Cómo es posible que esos universos que hemos creado al azar, con la pasión, con la voluntad y que han dado forma a nuestra existencia no sirvan para más nada después del último aliento, que queden apenas como un raro sinsentido para una posteridad indiferente? Encuentros formidables, accidentes escolares, tragedias familiares, peleas monumentales, aprendizajes diversos, alegrías abismantes. Tanta vida, tanta luz, tanta sombra. Amores desesperados, rupturas imborrables, llantos silenciosos en la almohada.

Me cansan esas personas que quieren explicarme mi vida con un arsenal de pasajes aprendidos de memoria, con letanías de lugares comunes, con frases hechas. No tolero esa obsesión que tienen por uniformar la diversidad de las criaturas humanas, el singular significado de la individualidad. Como si fuera posible empaquetar mundos con papeles condescendientes y precintos de sabiduría de ocasión. Como si fuera mi vida lo mismo que la tuya, merced a generalizaciones totalizantes. Como si tu historia, la de ella y la de aquel no fueran creaciones únicas, conciertos irrepetibles, sellos abiertos que descifran rutas y vivencias particulares.

¡Oh, si hubiera más imaginación, más magia, más asombro! ¡Oh, si no hubiera tantos números, tantos discursos analgésicos, tanta panacea en cápsulas dominicales! ¡Oh, si hubiera más arte, más color! ¡Oh, si nuestra boca volviera a llenarse de la risa auténtica de la niñez…!

¿Es tu ejemplo?

Muchas veces nos sorprendemos de las actitudes de algunas personas, nos olvidamos que incluso cuando son adultos, quizás mantienen un patrón de conducta que imitan de sus padres o de personas que son referencia para ellos desde que eran pequeños.

Cuando vemos un niño con actitudes violentas, es bueno indagar, investigar cómo están las cosas en su hogar, cuál es el motivo de su rabia, qué lo lleva a reaccionar de esa manera con sus compañeros.

¡Sin muchas palabras, contamos una historia tan común en los colegios hoy día!

 

Disfruta del video realizado y producido por YesHeis.

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