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Nuevo segmento: Escritora de corazón

Lisa López es una escritora que tiene pasión por la poesía. Ha publicado tres libros hasta el momento, “One Writer’s Heart”, “She was a girl first” y en español, “Con Mi Puño y Letra”. En cada uno de sus escritos, Lisa se expresa con profunda honestidad sobre diversos temas que afectan a nuestra sociedad actual; y utiliza la prosa y el verso para llegar al corazón de sus lectores. Con ese mismo amor hacia la palabra escrita, ella estará presentando el segmento “Escritor de corazón” todos los jueves a las 6:30 pm (hora de Miami) en “El Antivirus”.

En este segmento, Lisa compartirá poemas y frases originales de inspiración para el alma, que estamos seguros que serán de ayuda para todos los oyentes. Así que, les invitamos a ser parte de este segmento que se une a nuestra programación, y de esta manera disfrutar de un mensaje positivo y directo al corazón.

Poemas de niño

Yo tenía unos poemas de un niño una vez…

Tímidos. Llenos de adjetivos grandilocuentes que causaban la palabra severa del Jimmy, mi crítico amigo: “Madura tu palabra”, me decía. Y yo buscaba pulir esa palabra que me venía.

Pero antes tenía más poemas. Cuando me fui de la casa, huyendo de un amor desgarrado, escapando de la palabra fundamental del profeta que me castigaba por mi persistente pasión.

Los escribí a orillas del río Calle Calle. Me tomaba un pisco sour temprano en la mañana y sumido en un tenue letargo me dejaba ir frente a la danza incandescente del sol matutino sobre las aguas del río.

Destilaban mi tremendo dolor temprano, que caía con una amarga dulzura en mis cuadernos. Eran unos discursos de hiel, llenos de enojo y rebeldía. Hablaban del amor tronchado con la mujer hija de aquel profeta tenaz que la había prohibido a este adolescente caprichoso e imberbe.

Hablaban de Dios. ¡Oh, cómo hablaban de Dios! Yo lo amaba. Lo amaba a pesar de su silencio, para mí inexplicable; yo no sabía que me hablaba. Pero me hablaba en cosas y de maneras que ningún profeta de mi tiempo sabía. Yo lo descubrí solo. Descubrí sólo sus palabras inmensas y personales.

Hablaban de mis infinitos miedos. De mis miedos interminables, nocturnos, apocalípticos. Habiendo desechado el universo seguro de la iglesia y su espiritualidad inalcanzable e inútil, había abandonado los atrios que, sin embargo me eran tan amados, tan dulces, tan familiares. ¡Curiosa contradicción! Detestaba la espiritualidad gris, chata y aburrida. Pero amaba esas bancas de madera antigua y pesada. Me fascinaban esos paños de terciopelo de azul profundo y dorados flecos. Las ventanas altas que me regalaban unos cuadritos de cielo grande y libre cuando me ahogaba el tedio de la Escuela Dominical de las tres de la tarde.

Hablaban mis poemas de amores fugaces, de besos anhelantes, irrepetidos, en una estación de tren, en la costanera, en las escaleras de un edificio antiguo.

Eran poemas bellos, no por su factura, aún tan inculta, no por su ametría incurable, sino por origen puro, verdadero, mío…

¡Y los quemé!

Aún me estremezco al recordar aquel abyecto momento cuando, convencido por los profetas de que las poesías antiguas eran impuras, reflejos del pecado, los ordené y los incendié.

Allí, en ese crepitar atroz, se fue una parte de mi vida…

Nos vamos quedando

Nos vamos quedando con lo único disponible: recuerdos de proyectos pasados, historias que terminaron mal y otras que anduvieron mejor, sueños inconclusos, experiencias inolvidables y otras que hay que olvidar porque no aportan nada o muy poco.
Nos vamos quedando con ganas y deseos que a veces una circunstancia feliz nos permite realizar; otras veces preferimos ignorarlos porque cobran muy caro o porque nos veríamos un poco ridículos.
Nos quedamos con la piel cansada de sentir, con la memoria de amores pasados, con las manos temblorosas, con olvidos repentinos, con ciertos dolores que revelan algo más que años, con unas pocas fotografías viejas de días felices y otros no tanto.
Nos quedamos con historias de viajes increíbles a lugares exóticos, aeropuertos inmensos y otros perdidos en la provincia, una pequeña valija negra, un libro que se quedó en la repisita de una cabina telefónica, noches de insomnio en una habitación de hotel al otro lado del mundo o un tren que avanza a paso de hombre en las alturas del desierto más seco del planeta.
Nos quedamos con preguntas imposibles de hacer porque no hay nadie que pueda responderlas, ideas revolucionarias que al fin no cambiaron nada, novelas que no se pueden escribir porque no se tiene el oficio, poemas que después de unos años estamos seguros que no tiene sentido alguno publicarlos – ni mostrarlos a nadie.
Nos quedamos con un silencio saludable, una soledad reparadora, una renuencia a aceptar que nos impongan condiciones y reglas, unas manías que nosotros no más entendemos y una bronca feroz contra el sistema y sus instituciones.
Nos vamos quedando con unas visitas de tanto en tanto a las hijas y a los nietos, una reunión familiar que agradecemos no se prolongue más allá de las diez de la noche, llamadas telefónicas para ponerse al día y asegurar que todo anda más o menos bien porque perfecto nunca va a estar y eso lo sabemos bien todos aunque a veces no queramos reconocerlo.
Nos vamos quedando con intuiciones que a veces aciertan medio a medio y otras que no andan ni por las tapas. Adquirimos una especie de cinismo y no hacemos caso de las cosas que entusiasman a los más jóvenes o a los inexpertos que creen que el mundo es como se ve.
Nos vamos quedando sólo con el asombro porque eso es algo que jamás deberíamos perder. Nos vamos quedando con unas pocas personas y algunos lugares que no cambiaríamos por ningún otro en el mundo. Nos vamos quedando con algunas penas definitivas y algunas alegrías inesperadas. Con eso es más que suficiente…

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