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El plan (2)

Dios tiene un plan maravilloso para tu vida, le dice en un momento a su compañera de asiento el entusiasta joven que le predica en el avión. Nunca sabremos si al final del viaje aquella sorprendida pasajera habrá hecho una decisión por Cristo según el manual de los creyentes sobre el evangelismo personal.
Hay muchas líneas de reflexión y de análisis crítico sobre el modelo predominante de compartir a Jesús. Me hago cargo – a medias no más – de lo incorrecto que es hacerlo, porque si hay una crítica válida que se puede hacer a los cristianos es su incapacidad para la autocrítica.
Quisiera detenerme, en el breve espacio que nos permite esta columna, en la noción de Dios tiene un plan. No se encuentra esta frase en los 31.104 versículos que tiene la Biblia. El par de veces que aparece a palabra plan, nunca alude a Dios; sí hay alusiones a cuáles sean los propósitos, los deseos, los sueños, los anhelos que tiene acerca de sus hijas e hijos. Pero no hay una sola línea que hable de un plan. “Plan” es una palabra moderna, creada por occidente, una civilización dominada por el utilitarismo, la razón práctica y la secuencia lineal de causa y efecto. Nótese que la palabra plan es incorporada en versiones contemporáneas y paráfrasis de la Biblia pero no existe en las versiones originales.
Es imposible saber certeramente, por el solo hecho de que Dios es el absolutamente Otro infinito, que tiene un plan matemáticamente diseñado para una persona. Uno podría, si quiere, suponerlo; pero afirmarlo con tanta certeza es bastante presuntuoso. Creo que es más humilde decir: “Dios tiene buenos propósitos para tu vida, buenos pensamientos, quiere lo mejor para ti.” Cualquier afirmación sobre un plan matemático no es más que una especulación, por supuesto agradable a los oídos y compatible con el programa educativo evangélico.
Y todo esto sin decir la presión que se coloca sobre la gente cuando se le instila la idea del plan para su vida. ¿Cuál será, precisamente? ¿Coincide con los anhelos o los sueños que yo tengo? ¿Y qué pasa si hago una decisión que esté reñida o no corresponda al plan? ¿Qué me pasará si no cumplo el plan?
Y tal vez sea mejor no comentar eso que suele decir la gente: “Todo fue plan de Dios”, para explicar tragedias o situaciones dolorosas en su vida.

(Este artículo fue especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

¡Confía en Dios!

“Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces…En época de sequía no se angustia, y nunca deja de dar fruto.” Jeremías 17:7-8 (NVI)

La fe nos permite avanzar en nuestros sueños, pues ella nos alienta a seguir, sabiendo que a pesar de las circunstancias, a su debido tiempo, Dios cumplirá cada una de sus promesas.

Por Danitza Luna

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Todos los fuegos el viernes

Sí, fuego de las entrañas que concita todas las esperanzas, todos los deseos, todas las frustraciones, todos los anhelos, todos los sueños truncos, todas las evidencias del cuerpo que se deteriora.
Fuego que no se acaba a pesar de que las palabras mueren en el recinto las más de las veces. El esqueleto ardido y la mente agotada a causa de la profecía que tiene que decirse aunque no provoque más que algún aleluya o un gloria a dios (que no es más que la pronunciación del desconcierto del que dice por la chita este hermano que habla tan bonito pero no le entiendo un pomo).
Fuego lento de las facturas antiguas que ya fueron canceladas pero que siempre guardan una copia en el archivo de atrás al que de repente uno acude porque a veces no se explica por qué las personas queridas sufren más de la cuenta y no hay manera de esquivar la idea de que algo tiene eso que ver con los condoros que uno se mandó tiempo atrás.
Fuego que se enciende en medio de la noche cuando aparece una idea que debe ser dicha pero dónde por el amor de Dios porque igual la gente sigue preguntando leseras y sigue diciendo las mismas cosas que han dicho desde hace quince lustros y no han cambiado un milímetro al poder temporal, a la cultura de masas, a la apropiación indebida de las mentes para que sirvan a los dioses de este siglo dócilmente y compren todo lo que tienen que comprar y crean todo lo que tienen que creer que no tiene nada que ver con lo que dicen que creen en el nombre del Señor.
Fuegos que se avivaron alguna vez por algunas horas y entonces nada, quién llama a mi puerta amor en esta noche le pregunto a mi almohada mientras pienso, no llama nadie amor ella responde sólo el silencio.*
Fuegos que finalmente se van enfriando y hay que comprar una camiseta manga larga de algodón de caffarena para conjurar la humedad de este invierno que había olvidado que podía ser tan terriblemente invierno justo el 21 de junio por estos lados del mundo.
Finalmente, fuegos de los cuales se puede hablar los días viernes cuando por una indulgencia que me concedo sin haber preguntado nada a nadie hablo cosas que no edifican a la grey.

* Poema que leí en una antología de autores de Valdivia, Chile.

(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Día de la madre

Se sienta cerca de la ventana y permanece atenta a los ruidos de la calle. Un vehículo que pasa, una vecina que seguramente conoce, el viento entre los manzanos al otro lado de la calle que percibe apenas porque ya ha perdido gran parte de su visión. Sus ojos han mirado la vida por noventa y un años y está cansada.
Suele decir que quiere que el Señor se la lleve pronto pero hay que ver cómo se aferra a la vida. Presiento que quiere ver algunos sueños cumplidos antes de morir. A esos hijos pendientes, obstinados, alejados de los antiguos rituales del templo quisiera verlos amparados de nuevo en la fe que defiende como fiera herida. Un poco la alivia la hija mayor que vive con ella y la acompaña en los últimos tramos de su tenaz travesía con Dios.
La tarde refresca por fin. Se ha sentado en una sillita en el patio. Qué piensa me pregunto. Qué estará recordando. Tiene la memoria inmensa, de tanto venir andando. Veo que no hay dolor que no conozca, no hay emoción que no haya sentido, no hay bandera de victoria o pañuelo de rendición que no haya flameado en sus campos de batalla.
A veces parece una niña inexperta, desvalida. Otras, grave y silenciosa, con manos temblorosas, lee las noticias del diario con los ojos a tres centímetros del papel. Me pregunta por enésima vez si ya tomé la once, esa merienda de la tarde que todavía guardamos en nuestros más infantiles recuerdos. Se para, cuelga una toalla en el patio, quiere ayudar a poner la mesa o lavar los platos; se frustra porque la ha abandonado esa agilidad con la que sirvió como doméstica desde niña, crió siete chiquillos y manejó una casa siempre escasa de dinero con un marido que le dio bastante que hacer por casi sesenta años.
Idamia madre. Incansable guardiana y censora de nuestros desvaríos de ayer, ahora sólo nos quiere abrazar, que la vengamos a ver, que le contemos de esos asuntos que nos ocupan hoy. Esta tarde me senté a su lado y le extendí mi mano. La mantuvo por largo rato entre las suyas mientras le contaba algún episodio de viajes y mudanzas. Como siempre, me pregunta si estoy comiendo bien, si todavía estoy solo, si fui al médico. Como siempre, para esquivar las respuestas le digo: “Mire, tenemos las mismas manchas en el dorso de las manos…”
(Este artículo fue escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

La vida en borrador

(Transcribo, casi sin retoque alguno, esta nota que escribí apresuradamente en el café “Coronados”. A veces es bueno pulir y otras veces no tanto. A ver qué salió…)

…La incongruencia que existe en nuestros países de querer necesitar a un tipo de ser humano afectivo, que pueda disfrutar de la vida, que desarrolle sus sueños y que sea sensible en cuestiones sociales y ambientales, pero que no lo estamos educando en ninguna parte, ni en la casa ni en la escuela. (Pilar Sordo, psicóloga y conferencista chilena en una entrevista a un periódico local)

Al menos en mi generación ha habido una estructura social harto débil para que, como un todo, nos otorgara una base para que la familia o la escuela nos hubiera formado con las capacidades que la sociedad dice necesitar. A no ser por la influencia providencial del tío Carlos en mi primera infancia y la señorita Ruth Murgam en la escuela primaria, ni siquiera lo poco que advierto en mí de esos atributos hubiera sido posible adquirir.
La falta de educación de nuestros padres – cuando éramos niños en la generación del 50 y del 60 -, quienes migraron de las zonas rurales a la brutalidad y a la locura de las ciudades en desarrollo, la irrupción y penetración de los medios electrónicos de comunicación, la presión fenomenal para obtener y consumir cosas y el creciente individualismo no son los mejores ingredientes para formar a una persona afectiva, solidaria, soñadora y social y ambientalmente responsable. Creo que nosotros, hijos del rigor, tuvimos que elegir con pocos estímulos a nuestro alrededor entre una inserción más o menos adecuada a la sociedad o alejarnos de ese perfil y optar por caminos menos saludables.
Podría ser que el ilimitado acceso a la comunicación, las posibilidades de reclamar recursos del sistema social (educación, salud, vivienda) y modelos de vida positivos mejoraran las posibilidades. Pero hay que competir con todos los efectos negativos y antisociales que también provienen del actual estado de cosas.
En definitiva, siempre vamos a ser nosotros los que hemos de elegir quiénes y cómo seremos. Chicos que tienen todo para vivir pueden resultar peligrosos antisociales y chicos que carecen de lo elemental puede convertirse en seres libres, sanos y productivos.
¿Cuánto depende del ambiente que nos rodea?
¿Cuanto depende de nosotros?
(Este artículo ha sido especialmente escrito para la radio cristiana CVCLAVOZ)

Serendipity

Potpourri de palabras, imposibles de comentar los jueves…

Me ha dado el sonido y el abecedario, con él las palabras que pienso y declaro
(
Violeta Parra, Gracias a la vida)

Vaga solitario el amor con su abultado equipaje por los andenes de la terminal de los sueños. El micro semanal a Nunca Jamás ya salió. Te quiero fue el último en subir.
Vino como un río el desamparo. Como aluvión inconcebible el desamor. En el desconsuelo anidaron los tristes días. En los macizos del silencio reposaron, intranquilos, los ausentes. Fue el fin de los notables compromisos, el ocaso de todos los abrazos. En el lecho permanece el bosquejo de un amor desdibujado. En la mesa no hay palabras, apenas un extenso territorio desolado. Vino como río el desamparo.
Las grandes victorias de la vida no han sido más que ventiscas de nieve que no tarda en disolverse. Los grandes momentos son cuadros fijos en los cuales solazar de tanto en tanto la memoria y por ahí echar alguna lágrima arrinconada. La juventud… esa soberbia de ser que desconoce, pobrecita, lo poco que dura.

“Talento para el ataúd” decía el muchacho mientras entraba un poco torpemente con su cuadro recién pintado a un espacioso salón donde unos sombríos señores debían calificar su obra. Acababa de bajar de un balcón donde un hombre se había lanzado al vacío con una soga al cuello… Desperté un poco sobresaltado. Eran las 3:48 de la noche y hacía mucho frío. Por supuesto, era un sueño, pero me quedé pegado en esa frase: “Talento para el ataúd”. Todo muy a la Edgard Allan Poe. No sé si el muchacho se estaría refiriendo al señor que acababa de quitarse la vida o consideraba su obra muerta antes de ser calificada. ¿Viste que a los sueños no se les puede preguntar?

Como para todo hay refranes, dicen que la risa abunda en la boca de los tontos; valdría la pena preguntarse si por eso mismo los tontos no son más felices que los cuerdos circunspectos y afectados. Otros dicen: “el que solo se ríe de su mal se acuerda”. Pero muchos seres malignos no se ríen nunca y de seguro siempre se acuerdan de sus maldades. Alguien me dijo una vez que cuando envejeciera, anhelaba tener muchas arrugas sonrientes. Ojalá que haya cumplido su deseo.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

¿Puede la visualización ayudarme a obtener lo que deseo?

¿Has escuchado la frase, si lo puedes ver lo puedes tener? es parte de una tendencia que se llama “visualización”  y que ha avanzado hasta ocupar un lugar importante en la comunidad de fe.  Sin embargo examinando esta frase a la luz de la palabra de Dios, nos damos cuenta de que la fe es la certeza de lo que se espera la convicción de lo que no se ve.

En Energía Total invitamos a la Psicoterapeuta María Antonieta Velazco a contarnos la diferencia entre poner nuestras esperanzas en imágenes o ponerlas en las promesas de Dios.

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Lo que no fue

No hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió (Joaquín Sabina, Con la frente marchita)

Los libros, las películas y los sueños embellecen este lado de la vida, empobrecida como está por la desilusión y la maldad. Amparan parcialmente la materia sensible del ser expuesto y aminoran un poco el peso de la realidad. Sin embargo, como la mayoría de las cosas hermosas, tienen un lado oscuro, un correlato en cierto modo contradictorio. Es la constatación de que su propuesta estética crea nostalgias sobre cosas que nunca nos acontecieron.

Una vez vi una película que tenía lugar en Birmania (hoy Myanmar, en el sudeste asiático). Era un viejo filme en blanco y negro que vi alguna noche de invierno a mediados de los setenta. Me introdujo en un mundo singular pero imposible, en el que la vida era todo lo que había y se tenía que vivir con toda intensidad y sin miedo alguno. No recuerdo en mi vida real nada similar.

A veces me hiere la atmósfera de la Rusia de Dostoievsky, de Tolstoi, de Gorki, de Gogol. Me vienen nostalgias de Angulema, del Houmeau de Balzac en Ilusiones Perdidas. Jamás voy a navegar en el Nautilus ni voy a cruzar los hielos antárticos en el Endurance de Ernest Shackleton. Macondo es definitivamente inviable y dormir una siesta en la hamaca de Pilar Ternera es un espejismo como la imagen de Melquíades en la reverberación del sol en la ventana.

Una vez soñé un lago cristalino rodeado de manglares o algo parecido. Había una limpidez, una transparente sensación de paz indescriptible, un mundo azul, dulce y lento, un Nunca Jamás perfecto. A veces tengo unos sueños intensos, llenos de suspenso, pasión, personas y situaciones complejas pero comprensibles que suceden en sitios parecidos a Blade Runner o Matrix.

Lo que no fue no sería doloroso si uno no llevara en la memoria registro alguno de su posibilidad, de su existencia. Pero los libros, el cine y los sueños (dormidos o despiertos) nos han otorgado – y por eso nos hacen añorarlos – universos inmateriales, instantes ingrávidos, sensaciones que sólo son perceptibles en la mente a dolorosa distancia de la piel.

Para empeorar las cosas tenemos otra línea de Sabina: “… al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Toma de razón

Los sueños no eran más que sueños. Los diligentes dibujos de la mente se desgastaron en el escritorio, se deshicieron en un vendaval de lágrimas inútiles. La esperanza, pobre ingenua, resiste aún, cada vez más desnuda, cada día más desarmada.
Apropiarse del dolor, reconocerlo como inherente a la cruda experiencia de vivir. Aprender a negociar los términos de la existencia porque la verdadera vida no tiene ropajes ni caretas: impone sin derecho a réplica sus condiciones leoninas y sus juicios inapelables.
Caminar sin mapas por la dura superficie de la realidad sin la seguridad de mantras, documentos o posibles misericordias. Negar la hiel y el vinagre para abrazar con una suerte de ridículo honor el oficio de la muerte, única promesa segura a este lado de la frontera.
Reconocer la vieja, la escueta sabiduría que encierra el “nunca digas nunca, nunca digas siempre”. Los viejos pactos, los compromisos de entonces fueron aniquilados por el reproche, se incendiaron en el fuego de los celos, fueron ejecutados por los ajustes de cuentas. Se ahogaron en un mar de querellas y derechos adquiridos. Las promesas se derrumbaron en una tormenta de pasiones oscuras y ardores inconclusos. Los testamentos devinieron letra muerta, abandonada en una mesa de restaurante, en un escaño de la plaza a medianoche.
El cansancio de los trajines aprendidos para sobrevivir. Las patéticas componendas del acomodo cuando se tiene miedo o hambre o ambos. La fría navaja de los contratos que filetea los sentimientos con quirúrgica precisión. La rendición incondicional del cuerpo que se deteriora sin remedio, la inexorable mortaja del almanaque que lo envuelve poco a poquito. La supervivencia, la triste y simple supervivencia.
Los lazos antiguos, las fraternales uniones de la sangre, los llamados del clan traicionados por la hora de la verdad, por los viejos rencores, por los escraches enfermizos de las secretas historias para el ludibrio de transeúntes y navegantes. La desclasificación de las cuentas pendientes, los cheques en blanco firmados en horas de éxtasis y el libro de los haberes y sus agujeros.
El amor que no conocemos pero cuyo nombre manoseamos para justificar chantajes, traiciones, manipulaciones, controles, insidias, sospechas, envidias y celos. La pasión que se deslíe como los caracoles al sol. El deseo que se distancia cada día más de las posibilidades reales del cuerpo.
La noche con sus capítulos raros y esas urgencias de levantarse y buscar a tientas el baño
A la hora de dar razones, no más, no menos, es lo que hay…

Más allá de tus capacidades

El profeta Samuel fue en busca del sucesor del rey Saúl, y como estaba en los planes de Dios ese nuevo rey debía salir de la casa de Isaí y aunque el mismo padre de David no lo consideró apto para ser rey, Dios lo escogió para gobernar a su pueblo  porque no vio su capacidad física o intelectual sino que miró su corazón.

Pero el Señor le dijo a Samuel: No juzgues por su apariencia o por su estatura, porque yo lo he rechazado. El Señor no ve las cosas de la manera en que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón 1 Samuel 16:7Nueva Traducción Viviente (NTV).

Muchas personas sueñan y anhelan lograr grandes cosas en su familia, en su profesión u oficio y en el ministerio, pero a veces se encuentran con obstáculos que los desaniman y los enfocan en sus falencias provocando el temor a fracasar y con ello dejan de soñar y luchar por alcanzar sus anhelos.

Quizás te hayan rechazado o tú mismo te hayas descalificado ante una excelente oportunidad porque viste y pensaste que no estás preparado para hacer aquello que se te ha encomendado, recuerda esta gran verdad Dios no ve tus capacidades, sino la disposición de tu corazón, no tengas temor, porque si Dios te llamó para hacer y algo grande que quizás supera tus fuerzas y expectativas, ¡Arriésgate! y toma la oportunidad, pues si Dios te llamó también te capacitará y te apoyará en todo lo que debes hacer.

No escuches lo que otros dicen de ti (si podrás o no podrás) porque la opinión más importante y determinante es la de Dios.

Por Judith Quisbert

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Inventario

Los sueños que no se harán realidad. Los nombres que olvidé. Los rostros que recuerdo. Los perfumes que evoco. Las ilusiones de los dieciséis años. Los secretos bien guardados. Las miradas inteligentes sin palabras. Los apetitos nunca satisfechos. Los lugares que recuerdo. Los sitios a los que nunca volveré. Las esperanzas rotas. Las risas contenidas. Los países que quiero conocer. Las palabras que no debí haber dicho. Las palabras que debí decir.
Las confesiones pendientes. Los caminos sin destino. Las luces que se apagan. Las puertas que quiero abrir. La casita minúscula que me espera. El lado vacío de la cama. Las cortinas que no quiero abrir. La llamada que no hago. Los mensajes que no respondo. La cita a la que no acudí. El vaso con dos cubos de hielo deshechos. El brindis que no hice. La cena que se enfrió. La pregunta que quedó en el aire.
El viaje que haré. El proyecto pendiente. Las manos nerviosas. La mirada cansada. Las canas que florecen. El libro a medio leer. La cama deshecha. El polvo en el librero. La ropa sin planchar. Las manchas en las remeras. La heladera vacía. La enésima mudanza. Las ganas de no tener más ganas. Los retazos de alegría. El cuento por escribir. Los jeans de Amento. El espejo que no miente. La carpeta del curso de Francés. La servilleta con un verso de Neruda. La lentitud de los días. La rapidez de los años. Las arrugas inevitables. El surco profundo de la frente.
Los papeles que todavía guardo. Las fotos que ya no quiero mirar. Las gotas para los oídos. La crema para la cara. Las caries del teclado en la computadora. El celular apagado. El fresco de la tarde. Los besos perdidos. La cuesta Barriga tarde en la noche. El pollo a la campesina que no preparé. Las lágrimas que lavan la cara sucia del olvido. Los días repetidos. Las noches blancas. Los libros de Amélie. La fatiga en las provincias de mi cuerpo. Las razones y los argumentos que ya no me interesan.
Mi verbo corsario que ataca las naves imperiales. La dicha que descalabra los huesos. Los respiros de la vida. La libertad sin apellidos. El grito de independencia. La canción alegre. La lluvia que refresca. Los atrevidos rayos del sol. Las buganvillas de la esperanza. La lavanda que perfuma la almohada.
Entre muchas otras cosas…

Cincuenta años

Hace cincuenta años yo era un niño.
Tenía vida, tenía sueños, tenía ganas. Los deseos se movían en sintonía con el cuerpo y el alma desconocía la siniestra semántica del miedo. Era un poco tontorrón y tímido pero no me daba cuenta – como ahora. El aire era perfecto, el cielo era añil y el agua clara. No me había formulado la pregunta del origen, no tenía sentido preguntarme el propósito y la cuestión del destino no existía. Todo era presente indicativo del verbo ser.
Hace cincuenta años desconocía la utilidad y la urgencia del dinero. Todo lo que anhelaba se encontraba en las cosas inmediatas, en las personas que quería – pocas eran -, en el paisaje y en la biblioteca del tío Carlos. Mi única deuda era con las lágrimas porque no les había pagado aún el peaje obligatorio de la pena y la bronca.
Hace cincuenta años no tenía las cicatrices, las escaras y el cansancio del amor. Creía que casarse era abrazarse. Me enamoré por primera vez de Jean, una mujer delgada y fatal de una revista de historietas románticas y más tarde de mi profesora de la escuela dominical, una muchacha delgada, pálida, de ojos azules y mirada triste. Los verdaderos episodios que conocí después no fueron otra cosa que notas al pie de Crímenes Perfectos de Calamaro:
La moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor
Todo lo que termina, termina mal, poco a poco
Así que hace unos años le espeté estas líneas:
Me voy me voy. Que a mi tren nocturno no se suba el amor. Quédese en el andén con su abultado equipaje de abalorios y querellas.
Hace cincuenta años aprendí el lenguaje vespertino del viento entre los álamos de la hacienda de Retiro, las elevadas razones de la montaña, el mareo de la playa a la orilla del mar y el diálogo reposado y repetido de los lagos del sur. Adoré los helechos mojados después de la lluvia devenidos verdes escalinatas diamantinas a la hora de la mañana. Lloré de asombro en la misteriosa Poza de la Gruta donde vi por primera vez nieve líquida desbaratarse y venirse abajo entre las rocas de la cordillera.
Hace cincuenta años hubiera sido imposible imaginar el horror de la decepción, el derrumbe de las instituciones, la mueca tragicómica de los señores en púlpitos y estrados y la así llamada insoportable levedad del ser.

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