He visto que hay personas que siempre quieren brillar, destacar y recibir halagos o comentarios acerca de lo que hacen. Tienen un estilo de vida que denota su deseo de ser aprobado por su entorno.

Y no se trata de complacer a otros, que sería lo que llaman el complejo Wendy por el personaje de Peter Pan. Eso lo hice yo mucho de jovencita, no solo con mis padres, sino con mi entorno. Fueran mis amigos o familiares. Pero no es a eso a lo que me refiero en este artículo.

En este caso hablo de las personas que necesitan atención, necesitan demostrarle a la gente que son capaces, que son inteligentes, que son desenvueltos. Es posible que estas personas cuando no logran recibir reconocimiento durante su día, terminen el día deprimidos porque sienten que no dieron la talla. No tiene nada de malo querer hacer las cosas bien. No tiene nada de malo querer destacar, pero cuando se convierte en un exceso, en una especie de vicio, el esperar los halagos y hacer todo esperando que nos digan algo positivo, puede traernos malas consecuencias.

Son problemas psicológicos que muchas veces ni tomamos en cuenta porque no le damos mucha importancia. Pero es bueno analizarnos de vez en cuando. Preguntarnos cuando estamos haciendo las cosas si estamos buscando aprobación o demostrarle a las personas que somos mejores de lo que pueden pensar.

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Como dice en 2 Corintios 10:12 y 10:18 “Nosotros no nos atrevemos a igualarnos ni a compararnos con quienes se alaban a sí mismos; cuando ellos se miden con sus propias medidas y se comparan unos con otros, no demuestran buen juicio… porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba”.

Es bueno revisarnos de vez en cuando y pedirle a Dios que nos revise y nos deje saber si estamos fallando en algo. No solo en esto de querer destacar y recibir algún tipo de recompensa. También en todo lo que hacemos y pensamos. Que revise nuestros corazones y pensamientos. Y cuando te lo indique Dios, haz como la limpieza de esas cosas en tu mente y en tu corazón. Imagínate limpiando esa etapa y superándola.

Lo mejor es hacer todo como si fuera para Dios. Así no estaremos esperando la recompensa del halago o el reconocimiento. Solo hacemos las cosas con la humildad requerida y el gusto de servir a ese maravilloso y amado Padre Celestial.

Dios te bendiga.

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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