Leo por estos días de Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal – como ya ha quedado en evidencia por el epígrafe del artículo publicado en este blog con el título de Luces y Sombras. Como en todas mis lecturas siempre estoy atento a pequeños – o grandes – hallazgos; un pensamiento que arroja una luz nueva sobre aquellas cosas que permanecen inadvertidas en los rincones; o que como inesperada brisa levanta el polvo del tiempo que descansa sobre los viejos muebles de la mente y me permite ver lo que había olvidado.

Encuentro estas palabras que me conmueven: “La literatura permite vengarse de la realidad esclavizándola a la ficción… escribir exige repelentes virtudes, esfuerzo, paciencia; es una actividad solitaria donde el público no existe más que como esperanza”. Tantas veces le he querido imprimir a la realidad los decibeles de una bronca reprimida escribiendo un poema sin métrica ni respeto alguno por las convenciones gramaticales; o he ofrecido al mundo el discurso sin destino ni audiencia donde queda plasmado el desengaño, la decepción, la sorpresa, la ira. He escrito algunas cosas de ficción que dan cuenta de las cuestiones con las que he lidiado por décadas. El problema es que cuando las reviso me doy cuenta que están demasiado encriptadas como para ofrecer un panorama claro respecto de qué es lo que me pasa. Pero al menos me dan respiro por un tiempo.

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Por otra parte, cuando escribo para una audiencia tengo esa extraña sensación de que no logro transmitir la integridad de mi pensamiento o de mis sentimientos. Tengo, como dice Beauvoir, apenas la esperanza de un público que capture algo de lo que da vueltas en mi cabeza y que no me deja dormir o de aquello que sigue pendiente. Un público apenas posible.

Hay veces que la idea surge con una fuerza incontenible y basta un poco de tiempo para plasmarla con facilidad en cuatrocientas palabras. En otras ocasiones todo esto requiere esfuerzo y paciencia porque no encuentro el punto de contacto con lo que quiero decir. Ensayo algunas frases, las borro, reescribo todo y me peleo con las palabras hasta que se dejan abordar y llega el momento del anhelado cierre.

Hasta entonces, todo es una lucha solitaria y compleja que ya es parte inseparable de los asuntos que aún tienen significado para mí…

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6 Comentarios

  1. Genuinamente lo comprendo a la hora de este esfuerzo vehemente que intencionalmete brota desde el alma, he aqui una pildora consoladora:
    – Para la mente humana, los consejos son tan profundos como el océano; alcanzables sólo para quien es entendido. (Prov. 20:5 RVC)

  2. Cuan difícil es que el receptor capte el mensaje que se quiere dar.

  3. Me detengo nuevamente a indagar sobre aquellas palabras conflictivas que se cuelan por los regazos del alma e intentan decir “estamos aquí”, “déjanos salir” en la desesperación de su autor por plasmar lo que emerge de su desinteresado interior.
    Amigo, ese proceso radical en tu interior se llama madurez.
    Aunque la nota ya lleve algún tiempo para mí es una bendición.

    Borges decía que las palabras eran como la arena, como un libro de arena, infinitas, sin principio ni final.

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