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Asisto a un taller sobre cristianos y política en un encuentro de comunicadores. Hago una pregunta sobre la legitimidad de la protesta social y el conferencista responde con bastante criterio.

Al rato se me acerca un pastor que asistió al mismo taller y me ilumina: “Si se mira esto espiritualmente (las itálicas son mías), uno se tiene que alegrar de que haya esta efervescencia social. Según el plan soberano de Dios, la gente desesperada por paz y seguridad va a adelantar la llegada del Anticristo y la venida del Señor será inminente”.

Es una rica pieza de análisis. Me siento casi culpable de explorarla. Es tan desesperadamente mística y a la vez tan reveladora: con esta mentalidad va a ser imposible que la mayoría de los cristianos aporte algo concreto a la gestión pública.

Se trata de un asunto que ha concitado la preocupación y el debate de los estudiosos por milenios: ¿Todo lo que ocurre es nada más el desarrollo inexorable de una plan detallado de Dios? ¿O los seres humanos son libres para decidir sus acciones personales o sociales? Ambas opciones tienen algo en común: la responsabilidad de los actos ocurridos.

Si Dios está orquestando todo a una escala cósmica la responsabilidad de todos los acontecimientos humanos y del mundo físico recae sobre El y es imposible esquivar el hecho de que ha creado también el mal y el dolor.

Los expertos pensadores que adscriben a esta opción han articulado una impresionante cantidad de argumentos para decir que aunque sea El el agente controlador de todo, no tiene responsabilidad sobre el mal. La más simple pregunta de un niño desarma estos argumentos: “Bueno pero, controla todo. ¿O no?”

Los expertos pensadores que adscriben a la opción alternativa necesitan otra impresionante cantidad de argumentos para sostener la idea de que Dios verdaderamente es Dios y no un simple espectador pasivo.

La vida cotidiana no se resuelve con argumentos. La gente vive en el plano de la realidad, que a veces se muestra harto poco dispuesta a ser agradable.

Hay gente que dice que lo que le pasó “era de Dios”. Otros se han especializado en afirmar que fue “el enemigo”. Hay otra gente que piensa: “Es deber de todos nosotros y hay que trabajar incansablemente para mejorar estas cosas lo más que podamos”.

Adhiero a esta última mirada. Es la menos popular entre nuestro pueblo, claro. Pero es la más responsable.

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