Hay mucha diferencia entre la clase de orgullo que Dios odia (Proverbios 8:13) y la clase de orgullo que podemos sentir por un trabajo bien hecho.

El orgullo con el que nos vanagloriamos y nos jactamos de lo que hemos logrado es pecado y Dios lo odia porque se convierte en obstáculo para nuestra búsqueda de Él.

Cuando las personas solo se preocupan por sí mismos y piensan al tomar decisiones solo en sí mismos; cuando no consultan con Dios y tampoco con su pareja o en otros casos con sus superiores en el cargo o puesto de trabajo, están cayendo en la clase de orgullo que Dios detesta. Ese tipo de orgullo es lo opuesto al espíritu de humildad que Dios busca. Los orgullosos llegan a pensar que no necesitan de Dios o que Dios los debe aceptar tal como son, porque ellos se lo merecen.

Hemos visto en las escrituras las consecuencias del orgullo. Precisamente por orgulloso, Satanás fue echado del cielo. Lo vimos en la historia de Nabucodonosor en Daniel 4. Si no lo has leído, es una historia fascinante con extraordinaria lección.

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El orgullo ha impedido que muchos acepten a Jesús como su Salvador, y tienen el concepto de que la historia de Jesús fue creada por los seres humanos para controlar. Muchos piensan que el poder está en ellos. Es como toda esa nueva ola de personas que dicen que el poder está en ti, que “lo declaras y lo reclamas”. Son todas guías hacia el orgullo, pues dan a ver como que tenemos el poder de Dios en nosotros. Son conceptos errados.

Tenemos un Dios maravilloso que nos ama y si es cierto que muchas veces nos consiente, pero no debemos creer que nos merecemos lo que nos da. La humildad es una de las cualidades que Dios más ama. Pídele a Dios que te revise y te deje ver si tienes algo en ti que haya que cambiar. ¡Es bueno hacerlo a diario!

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