Cuando nos apasionamos por la esperanza que tenemos en Jesús y queremos contarle a todo el mundo acerca de ello, nos sentimos maravillosamente bien. Tenemos un propósito y la vida cobra sentido. Nos leemos la Biblia todos los días, alabamos a Dios y nos proponemos ser mejores personas cada día. Todo eso es magnífico, pero debemos cuidarnos como en todo, de los excesos.

Habrá quien se moleste conmigo y me critique el hecho de que estoy diciendo que no se excedan en brindarle amor, atención y servicio a Jesús. Pero me han interpretado mal si lo hacen, porque no creo que nada sea suficiente para ese Rey que dejó Su reino para venir y dar Su preciosa vida para el perdón de nuestros pecados y para que podamos tener vida eterna junto a Él.

Simplemente que a veces nos podemos desviar, porque he visto que ha pasado, y cuando estamos con toda esa pasión podemos caer en sentirnos mejor que los demás porque “lo estamos haciendo TAN BIEN que…” ¿Me explico? Estamos estudiando tanto la Biblia, asistiendo tanto a todos los eventos de la iglesia, orando a cada momento, que cuando vemos que alguien no lo está haciendo igual, nos podemos sentir mejores que ellos, o podemos criticarlos o podemos comentar acerca de esas personas que no están tan comprometidas o no dedican tanto tiempo como nosotros a la vida religiosa. En ese momento estamos cayendo en la religiosidad. Comenzamos a hablar con términos que no son cotidianos, tendemos a comenzar a hablar otro idioma que puede hacer que las personas que necesitan conocer de Jesús, mas bien se alejen.

Justo sucedió cuando vino Jesús y vio a los fariseos, que eran los sacerdotes que dedicaban su mayor atención a todo lo relativo con las leyes de pureza incluso fuera del templo y los saduceos que venían siendo personas de la alta sociedad o miembros de familias sacerdotales, cultos y aristócratas. Ellos estaban tan dedicados a las “normas” que se tomaban atribuciones que no les correspondían, juzgaban a otros y llegaron a hacer rituales en público para que la gente los viera adorando y hacer sentir que eran mejores que otros, aunque en privado no lo fueran. Obtuvieron pleitesías de parte de la gente y se les subió el orgullo a la cabeza y eso los dañó.

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Por otra parte, cuando nos sentimos que somos mejores que los demás porque lo estamos “haciendo muy bien”, ya se nos está subiendo el orgullo a la cabeza a nosotros, y en lugar de atraer gente hacia la iglesia o hacia Dios, los vamos a alejar. Hay una línea muy fina para caer en ser orgullosos en el tema de la religión. Debemos recordar siempre que somos humanos y debemos ser humildes y depender de la fortaleza de Dios y no de la nuestra, depender de las bondades de Dios y no creer jamás que somos nosotros quienes llevamos a alguien a Dios. Al fin y al cabo es el Espíritu Santo quien logra que la gente acepte y entienda a Jesús. Nosotros podemos saber versículos, podemos con nuestro ejemplo demostrar que es maravilloso recibir a Dios en nuestros corazones, nos podemos pasar gran parte del día adorando, meses orando por ellos, pero si no es el tiempo de las personas y si el Espíritu Santo no hace Su parte, no vamos a lograr llevarlos hacia Jesús.

Debemos tener la humildad de pedirle siempre a Dios Su ayuda, Su guía y sabiduría para no caer en ser orgullosos ni creernos más que otros porque estemos cumpliendo con las normas, leyes o requerimientos religiosos. Alejémonos de la religiosidad para no alejar a otros de Jesús.

 

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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