Decía la señorita Ruth que la prehistoria era el período que iba desde la aparición del hombre hasta la invención de la escritura.

Era, para mis ocho años, una proclamación audaz al mismo tiempo que una invitación a desplegar mis fantasías.

La aparición del hombre atraía mi imaginación de modo superlativo. Mis evangélicos padres me llevaban a una iglesia en la cual el paradigma incontestable era que la criatura humana había sido creada del polvo de la tierra por la mano del mismísimo Dios.

A mí, inocente todavía del mandato de dogmas y ontologías, eso de la “aparición” me encantaba. Pienso que mi amada profesora jamás se enteró del influjo de sus palabras: ¿De dónde había venido el hombre? ¿Cómo apareció, de pronto, así nomás? ¿Dónde apareció? ¿Por qué apareció?

Sólo un chico de tercer grado de primaria con una imaginación desbordada puede sumergirse en el mar de posibilidades que entraña una aparición.

Más tarde sería testigo ocular de las peleas a muerte entre los creacionistas de los seis mil años y los evolucionistas de los millones. La discusión devino guerra eterna entre académicos y teólogos y la grieta, como en la política y el futbol, no se cerraría jamás.

Yo me quedé con la belleza de las palabras: un día, en la madrugada brumosa de los tiempos en un lugar profundo y misterioso el hombre simplemente apareció.

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De pronto, una mujer – la prefiero a un hombre – se levantó y se dirigió solemnemente al grupo sentado alrededor de la fogata: “Tengo una idea: inventemos la escritura.”

La palabra ya se ejercía en esos tiempos con bastante propiedad. Pero quedaba en el aire, suspendida en el éter como pompas de jabón. Y desaparecía: “¿Cómo era que decía mi madre que había parido seis hijos?”

Así que se concertaron para atraparla, para conjurar su huidiza existencia. La fijaron para siempre en la piedra, en el muro, en la madera, en la piel, en el papiro, en el papel.

Le otorgaron una materialidad que hizo posible transportarlas al futuro, inmóviles pero vivientes, llenas de mundos y de vidas.

Arrebatada del aire se quedó para siempre la palabra entre nosotros.

Ningún aparato ni ningún artificio virtual la destruirá jamás.

Por los siglos de los siglos habitará entre nosotros aunque sea vista y venerada sólo por nostálgicos octogenarios que la descubrieron hace añares en el papel y en la tinta de viejos libros amarillentos.

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