Me apresuro a aclarar que este título sólo es provocativo. No escribiré aquí de los ricos, sino de su opuesto social.

Hace muchos años un sociólogo me dijo esta frase magistral: “Los pobres no son bienaventurados porque son pobres: debe ser por alguna otra razón.” No recuerdo si alguna vez discurrimos en nuestras conversaciones posteriores acerca de cuál podría aquella misteriosa otra razón.

Para empezar, hay que decir que la pobreza dura y sus oscuras consecuencias no tienen nada de bienaventuradas. Casi puedo sentir la incomodidad de algunas personas que leen: “¡Cómo…! ¡Jesús mismo dijo que eran bienaventurados!” Bueno, sigamos el pensamiento. Dijo que los pobres eran bienaventurados, no la pobreza. ¿Es posible que lo que sí esté diciendo es que la bienaventuranza se relaciona con la atención que Dios da o que los cristianos deberían dar a los pobres? Porque les puedo asegurar que si los pobres entre los pobres tuvieran tribuna aquí no escribirían que se sienten dichosos de ser pobres.

La pobreza debería ser un tema central en la agenda del cristianismo comprometido. Siglos de enseñanza no le han prestado seria atención por la sencilla razón de que la mayor parte de la teología predominante en el mundo evangélico tiene mucho de platónica y mucho de occidental. Fue formulada por personas que no vivieron la abominable pobreza del tercer mundo y por eso no era un asunto que les exigiera una respuesta bíblica más contundente. En nuestros países periféricos, donde la pobreza adquiere proporciones inimaginables para quienes elaboran bonitos mensajes desde cómodos y tibios estudios alfombrados, no se origina principalmente – como dicen – en algún espíritu de pobreza, desidia o flojera de la gente. Tiene orígenes más oscuros y vergonzosos. Se ha instalado históricamente como resultado de la dolosa colusión entre poderes económicos transnacionales y gobiernos corruptos. La modestia de este espacio no permite elaborar más aquí acerca de este tópico.

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No se puede seguir diciendo por ahí que la explicación de todo es que Dios dijo que los pobres siempre estarían con nosotros. Esto jamás puede ser interpretado como que El sanciona la pobreza como una bendición divina. Está diciendo que siempre habrá pobres entre nosotros porque siempre habrá opresión y explotación entre nosotros, más allá de la forma de vivir de la gente afectada por la pobreza. Y que de estas cosas deberían ocuparse también los cristianos si han de ser más auténticos testigos de Jesús.

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