Escribir, cada tres mañanas, un pensamiento nuevo. Cuatrocientas palabras, unas más, unas menos, para provocar, para confesar, para esperar, para creer, para des-esperar. Para tener a veces, como Sábato, una “esperanza demencial” en la capacidad de asombro y de movilización de los seres humanos y soñar revoluciones en libertad. O para, igual que el tío Carlos, “ponerse a llorar a gritos” porque al final del día no somos nada excepto peones resignados de un ajedrez que juegan políticos, militares y los barones de la “merca”, de los grandes negocios y de los inmensos medios de comunicación.
De nuevo, como tantas veces, ¿cuál puede ser el objeto de la gotera continua que es esta palabra lateral, traspasada de angustias, esperanzas y sueños tropezados? ¿Litigar periódicamente con la audiencia narcotizada, hipnotizada – idiotizada – por los pokemones de la ilusión virtual? ¿Moverse como un corpúsculo desesperado en medio de la avalancha de información para señalar alertas inútiles?
Sí. Ya me han leído antes: entre el dolor y la esperanza. A veces sale el sol y brilla por un instante como cuando la nave de Neo y Trinity se levanta sobre la oscuridad de las máquinas para luego regresar a ella (para los seguidores de “Matrix”).
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Diez correos electrónicos después de las conferencias de Santiago del Estero para agitar la memoria de las épicas Escuelas de Pensamiento y Acción Cristiana, ese recuerdo punzante de las antiguas batallas del conocimiento sin la tutela de los señores que se proclaman propietarios exclusivos del pensamiento de Dios. Chicas y chicos que se preguntan si ese otro mundo posible que les endilgo en mis conferencias será, en realidad, posible. Que se atreven a preguntar si el viejo libro contiene el pensamiento de Dios y que las teologías oficiales y las disertaciones no son sino lo que algunos hombre dicen que es el pensamiento de Dios. Y que prefieren el pensamiento de Dios a secas.
………….
Hace mucho frío esta mañana. Entro al café “Bourbon” y aquí garrapateo estás lineas, que se mueven entre una convocatoria colosal a los mileniales, aparente ultimo bastión de la esperanza y la consuetudinaria desazón del loco que se da cuenta de que, o está loco de verdad, o nació en la época equivocada.

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