Oigo que hay una perturbación en la fuerza. Una película que se basa en un cuento concebido originalmente para niños contiene, me explican, una escena de índole homosexual. Mi gente evangélica, como tantas otras veces, ha lanzado voces, quejas, llamados a boicot y otros anatemas sobre los productores del filme.
Repasé mentalmente algunas de las grandes batallas que mi gente ha dado en el pasado contra las manifestaciones de la cultura llamada secular: conciertos de rockeros heavy metal, una gaseosa vinculada con la iglesia satánica, el baile nacional en los colegios (cueca, en mi país), las películas de El Hobbit, El Señor de los Anillos y Harry Potter, además de las denominadas “valóricas”: la donación de órganos, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio, la eutanasia, el aborto – terapéutico o no -; y la enumeración sigue, amenazando agotar las cuatrocientas palabras de este artículo.
En estas batallas ha pasado la cosa más rara: todas, casi sin excepción, se han perdido. Aunque intento que mi capacidad de asombro nunca muera, voy perdiendo el suspenso más y más porque es tan obvio que así sucederá siempre por la razón más simple que se puedan imaginar: mi gente sale a pelear contra estas cosas cuando ya hace rato (meses, años, décadas) fueron instaladas en la sociedad vía lobbies, educación escolar o influencia cultural a través de los medios de comunicación.
Mientras todas estas tendencias culturales se resolvían en comisiones parlamentarias y los pasillos del poder, mi gente estaba preocupada de obtener personería de derecho público igual que la “otra iglesia”, exenciones de impuestos aduaneros, lugares reservados para construir sus templos en los nuevos desarrollos urbanos (igual que la “otra iglesia”), reuniones de alto nivel para decidir si una mujer puede subir al púlpito o entrar al templo con pantalones, comprar costosos medios de comunicación para hacer lo mismo que se hace dentro de las iglesias. También en esta enumeración gastaría mis benditas cuatrocientas palabras.
Otra cosa rara: siempre – con la excepción relativa de las valóricas – son asuntos que no tienen importancia alguna en comparación a los verdaderos problemas por los que sí luchar: corrupción en el poder político, en la legislatura, en la magistratura, pobreza, medio ambiente, inseguridad, discriminación, trata de personas, trabajo esclavo, injusticia social.
Como pueden ver, la película en cuestión no tenía ninguna importancia excepto como producción artística.

Te interesa:  Miedo al debate

(Este artículo fue escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

ARTICULOS RELACIONADOS

Dejar una respuesta