Qué difícil era pensar en la orilla del agua, los cerros cercanos, el viento y las hojas caídas. En el centro de la ciudad evocar la soledad de la montaña era casi imposible. Sólo se oía el ruido de las sirenas de las ambulancias o la policía, el tren que cada cuatro o cinco horas cruza las avenidas y los parques, las motos con sus insolentes escapes libres.

Cada tanto, la memoria de la penúltima casa del pueblo acudía para mitigar un poco el cansancio de las cosas cotidianas. Había estado ahí por unos meses y se le antojaba ser el último lugar donde había experimentado una paz casi perfecta. ¿Cómo era la frase de la doctora Betancourt? “Hay que envejecer para apreciar la paz.”

Es verdad que la tranquilidad tiene más que ver con el estado de la conciencia. El sentimiento de no tener cuentas pendientes es un tesoro invaluable difícil de encontrar. Siempre hay alguna arista, algún asunto que terminó mal, una cuestión inconclusa que inquieta el espíritu, una materia que disuelve el sueño y transforma las noches en un desierto blanco y estéril.

Sin embargo, el rumor del agua en el río o el lago, el viento y el sol que se desmadejan entre los pinos, las nubes que anuncian una tormenta benigna apaciguan el ardor de las jornadas y ralentizan la maquinaria de los pensamientos. Abren la puerta a la plegaria, propician el encuentro con la reflexión, invitan a la razón a reconocer el camino donde se perdieron cosas importantes y se adquirieron algunas tristezas imborrables.

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La ciudad apura los pasos, apretuja los deberes, multiplica la rutina, vacía de energía la acción creadora. Repiquetea sus demandas, altera los sentidos, llena la mente de cuidados y alarmas. Se vuelve a revisar si uno cerró con llave la puerta de entrada, se olvida un teléfono o una billetera en la mesa del café.

Hace unos días leí unas palabras de Arthur Rimbaud que bien pueden considerarse un corolario para estos pensamientos peregrinos, o una expresión un poco más bella de la esperanza:

“Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano, herido por el trigo, a pisar la pradera; soñador, sentiré su frescor en mis plantas y dejaré que el viento me bañe la cabeza.”

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