Cuando cierra la entrevista, mi amigo dice algo como “Ojalá que no nos vayan a regañar…” Hemos hablado en la radio acerca de evangelización y las cosas que hemos dicho tenían un acento bastante crítico. No crítico a raíz de un interés destructivo o negativo; hemos querido señalar algunas carencias profundas en la concepción y presentación del mensaje supuesto a dar en este tiempo y bosquejar brevemente alguna idea de cómo confrontar los dilemas del mundo contemporáneo.
Queda claro a la audiencia perceptiva que en veinte minutos de diálogo apenas es posible describir a nivel de titulares cuáles son los problemas de comunicación que la institución evangélica tiene respecto de la sociedad. Sólo ha sido posible señalarlos y convocar alguna inquietud al respecto.
Pero ese ojalá no nos vayan a regañar deja entrever algo más inquietante y que mencionamos al pasar en la conversación: la resistencia de los dirigentes a la autocrítica como saludable ejercicio para corregir el rumbo de una institución o un proyecto. La presumida superioridad del mensaje, la convicción de que se tiene la única y absoluta verdad, hace imposible que los líderes y su estado mayor acepten alguna crítica respecto de su quehacer precisamente por eso: porque administran la verdad absoluta.
No hay espacio aquí para reseñar las inmensas – y trágicas – consecuencias que esto trae consigo. La más dramática es que la resistencia a la crítica es propia de los sistemas dictatoriales, que no admiten disidencia alguna. Convencidos los administradores de que su proyecto es mejor que cualquier otro, no hallan razón alguna para aceptar un argumento en contrario y han diseñado un complejo sistema de normas y sanciones que neutralicen la voz y la acción calificada como rebelde.
Como en cualquier sistema de esta índole, hay mucho dolor disimulado entre los súbditos. Obligados a la “obediencia sonriente” expresarán sus sentimientos más profundos en las conversaciones de pasillo, en los conciliábulos de sobremesa, en voz baja y con miedo.
Así, la libertad y la salvación de los individuos proclamada en el discurso queda lastimosamente disminuida – o cancelada en los sistemas más autoritarios – y lo que se suponía alegre algarabía viene a ser apenas un triste murmullo sometido.
Ojalá no nos vayan a regañar…

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