Un eje, dicho en términos bastante simples, es una vara cilíndrica que une dos extremos en los cuales generalmente hay ruedas.

Se habla de un eje en el lenguaje de los medios para ejemplificar la colaboración entre dos o más poderes que producen determinadas consecuencias en la sociedad.

En la Segunda Guerra Mundial se hablaba del eje Berlín-Roma. Algún presidente acuñó hace algunos años la expresión el eje del mal para referirse a ciertos países considerados enemigos.

Ayer a la tarde regresaba a mi casa y se me ocurrió pensar en una posible nueva connotación para este último concepto: cuando el dinero y el poder se conjugan para obtener beneficios a costa de explotación, destrucción y muerte podríamos hablar de un eje del mal.

Dinero y poder, juntos, son una fuerza prácticamente invencible. Se potencian mutuamente. Cuando fuerzas malignas tienen – u obtienen – el dinero necesario, precisan – y no pocas veces gozan – de la colaboración de gobernantes, políticos y jueces para actuar con impunidad.

(Hay fuerzas de dinero y poder que actúan con benevolencia, por supuesto. Es sólo que su volumen es inmensamente menor. Y es preciso que dejemos establecida la salvedad para continuar con el argumento).

Es necesario agregar un detalle fundamental a la hora de reflexionar sobre este eje del mal. Para mover las ruedas, un eje necesita estar conectado a una fuerza que mediante ciertos engranajes echa a andar el sistema.

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Poder y dinero no pueden funcionar solos. Necesitan una fuerza que los ponga en movimiento. Esa energía es la voluntad humana.

Efectivamente, este eje del mal es un constructo humano. Seamos más precisos: es un constructo puesto en marcha por seres humanos sin piedad, sin misericordia, egoístas y codiciosos.

Gente que esté dispuesta tomar el poder y mantenerse en él a sangre y fuego. Gente que esté dispuesta a destripar el planeta con tal de obtener la riqueza de sus emprendimientos globales y locales. Gente que no se detenga ante nada, incluso la destrucción de sus congéneres con tal de ganar.

La única fuerza que puede contrarrestar este mal es aquella de la gente buena (pido su indulgencia por usar esta expresión; tiene solamente un propósito ilustrativo).

La gente buena sería la esperanza. Que se concertara y construyera un eje del bien que se introduzca en los resquicios del poder y del dinero.

Pero, como ya hemos dicho, la gente buena está ocupada en sus propias cosas.

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