Escribe don Jesús Montesinos en el portal La Vanguardia de Valencia: “Dicen que Aristóteles, Maquiavelo, Bismarck o Churchill dijeron aquello de que la política es el arte de lo posible . Y que luego un español corrigió la frase y dijo que la política es el arte de lo imposible.”
En una línea de pensamiento parecida, leo que don Enrique Jardiel Poncela afirmó una vez: “Cuanto más se preocupa el país por la política, peor gobernado está”.
Es que la política puede ser un asunto apasionante tanto por las inmensas posibilidades que abre para hacer las cosas bien como por la profunda destrucción a la que puede conducir.
Con permiso de la paciente audiencia que sigue estas notas todas las semanas, propongo un aforismo – si es que ya no lo dijo alguien antes: Lo único malo de la política son los políticos. Porque la gestión pública es realizada por hombres y mujeres que traen al campo de la administración del estado sus convicciones, su carácter moral, sus costumbres, sus tentaciones, adicciones o virtudes. No hay nada malo con la Política. Lo que la convierte en veneno y destrucción nacional son las personas que vienen a ella no con la vocación de servicio público, sino buscando poder y dinero.
Países con enorme cantidad y variedad de recursos, países maravillosos, han sido convertidos literalmente en muladares por una raza política ambiciosa, egoísta, codiciosa, inmisericorde, traidora. Porque es imposible hallar otros nombres para describir a personas que llevan adelante sus agendas personales de poder, de dinero y de corrupción utilizando el dinero de los impuestos que, bajo compulsión y amenaza de severas sanciones, deben aportar los ciudadanos al Estado.
Pueden existir nobles y extraordinarios proyectos de sociedad, visiones magníficas para llevar a un país a la paz, la justicia, el orden y la prosperidad. Y puede haber – sin duda hay – algunas personas calificadas para hacerlo. Pero al momento en que caen en las manos de la clase política que gobierna la mayor parte de nuestros países, como tan bien dicen en Argentina, se pudre todo.
Claro, los políticos no son los únicos responsables de la situación de un país; también está la gente que los elige. Pero no olvidemos que una nación se hace fuerte y responsable cuando es conducida y educada por gente fuerte y responsable.
De esto último, tristemente, hay muy pocos ejemplos en nuestra historia americana.

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