En un portal de noticias vi hace unos días el video de un grupo extremista islámico que muestra el degollamiento de varios prisioneros. Aún no me sobrepongo al horror que me produjo, tanto que a ratos aún me arrepiento de haberlo mirado. Pensé que se convertiría en una noticia que coparía las primeras planas y los titulares de los medios de comunicación. Pero la masa noticiosa está dominada por la cotidiana revisión de los problemas económicos, los escándalos de la farándula y las notas policiales. Hemos visto tanta ficción de violencia en el cine y en las series de televisión que ya no nos sorprende algo tan brutal. La costumbre de los efectos especiales nos ha consumido la posibilidad de asombro. Sin embargo, no eran trucos cinematográficos; fueron verdaderos asesinatos en línea con una elaborada producción profesional.
No he podido sacarme de la mente esas escenas atroces. Y me viene una desesperanza enorme. El horror no parece tener fecha de extinción. No proviene de las fuerzas naturales o de las máquinas. Es la mano humana en su máxima expresión de violencia. Es el corolario de toda la locura política, militar, económica y cultural que embarga nuestra civilización. Las luces del bien se van apagando irreductiblemente y parece cernirse sobre nosotros una era oscura y doliente.
La sal de la tierra y la luz del mundo parecen haberse haberse desvanecido hace mucho y es como si el deterioro de todas las cosas ya estuviera presente en estado absoluto entre nosotros. Pero no me malinterpreten. No intento sumar estos pensamientos al discurso de los últimos tiempos. Tengo otra lectura. Hago parte del “dictamen de minoría” que supone que hay mucho por delante antes del fin de todas las cosas, aunque no tengo la arrogancia de afirmar que lo que pienso es infalible ni defiendo mi posición con versículos selectos.
Pienso más bien en nuestra misión tan inconclusa. En nuestra ausencia feroz en todos los estamentos de la sociedad humana. En nuestro encogimiento social. En nuestros intereses tan egocéntricos y nuestros internos proyectos institucionales.
La vida pasa y se va deshaciendo frente a nosotros. Se va escapando como agua entre los dedos. No hay auxilio. No hay cambio. No hay una revolución a la vista que inaugure un tiempo de paz y justicia. Nos consolamos con nuestros planes y nuestros proyectos evangelísticos mientras la esperanza va desapareciendo lo mismo que la fe y el amor.

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