Hace un tiempo escribí aquí unos pensamientos sobre Jonás, aquel hombre que tras recibir una orden de Dios huyó lejos porque no quería anunciar que Nínive (actual Mosul, en Irak) sería destruida en el plazo de cuarenta días. Lo peor para él iba a ser que después del anuncio el pueblo se arrepentiría, Dios los perdonaría a todos y él quedaría a vista del público como un profeta de mal agüero.

Si hubiera vivido en este tiempo y hubiera recorrido toda una ciudad pregonando destrucción lo más seguro es que sería arrestado por amedrentar a la población con falsos rumores y crucificado en redes sociales y comentarios de noticias. Así las cosas, hubiera desobedecido por la razón inversa: nadie lo escucharía y nadie se arrepentiría de nada. La prueba es estadística: menos del diez por ciento de la población mundial se reconoce como creyente al menos en la versión que los cristianos creen únicamente válida.

Tengo serias y razonables dudas de que la generación actual vaya a arrepentirse masivamente y veamos la tierra llena de la gloria de Dios al menos por causa de la evangelización. Permítanme proponer dos razones al menos.

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Una es que cualquier religión que predique arrepentimiento de pecados, práctica de la santidad, renuncias y sacrificios, austeridad y generosidad navega de frente contra un flujo cultural hedonista y egoísta pocas veces visto en la historia de la humanidad; de paso digamos que de ese flujo se nutre convenientemente también la gente cristiana.

La otra dificultad que milita contra la efectividad de la evangelización es la metodología y la forma del mensaje mismo. El modelo que se usa data más o menos de mediados del siglo 19 según los datos que aporta la historia. Demás está decir cuánto ha cambiado el mundo desde entonces. El nuevo humanismo que traspasa la cultura y las clases sociales neutraliza el reclamo de una fe que llama a negarse y amar a los otros más que a uno mismo. Sin mencionar que los recursos usados – palabras, imágenes, música – carecen del impacto que atraparía a la mente contemporánea y la quebrantaría a los pies de Cristo.

Nada de eso quita que lo sigamos intentando. En una de ésas acertamos…

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