Salgo de mi casa temprano. Un pesado bus de la locomoción colectiva acelera en el verde del semáforo y una espesa nube de gas negro y maloliente sale del tubo de escape.

Me pregunto por qué ese colectivo circula en esas condiciones.

El dueño respondería que no tiene dinero para arreglarlo y debe salir a trabajar el vehículo porque tiene una familia que alimentar.

A lo mejor tiene el dinero pero lo va a dedicar a otra cosa, tal vez un viaje a las sierras con la familia el fin de semana largo.

La ordenanza dice que no puede circular un vehículo así en la vía pública pero los inspectores de tránsito no lo retiran de la calle.

El municipio diría que no hay personal suficiente para fiscalizar.

El vehículo siguen contaminando el aire día tras día.

Me acerco a una inspectora de tránsito que participa en un operativo para retirar de la calle motocicletas en infracción. Le pregunto por qué no retiran aquellas con los tubos de escape sin silenciador que conducen los hombres (siempre son hombres).

Me responde que no tienen los recursos para detenerlos. Además, agrega, los tipos se escapan o bien les ponen el tubo silenciador y más tarde vuelven a quitarlos.

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Las motos con escape libre continúan rompiendo los tímpanos de la gente.

Entro por un cortado en jarrito a cierto café. A esa hora la mayor parte de la concurrencia es gente relativamente mayor.

Por los parlantes, sin embargo, suena a volumen absolutamente inconveniente música electrónica: chipún chipún chipún, tarará tarará tarará, tac tac… tac tac tac… tac.

Me explican que los chicos que atienden son todos jóvenes y quieren oír su música.

Dejá de hinchar, me sugieren – sin palabras – cuando les pido un poco de silencio.

Resuelvo irme a casa y prepararme un café en la cocina. Ganan los chicos.

En el mismo café un señor habla por teléfono a los gritos. Me entero que acaba de vender unas vacas pero no consigue un transporte adecuado. También me informo que esta noche se reúne con los amigos a ver un importante partido y él llevará las cervezas.

Me pregunto qué rayos me interesa a mí la vida comercial y social del señor aquel. Me pregunto, además, por qué supone él que tiene el derecho de hincharme a mí con sus asuntos privados.

Así es el sistema. Es muy complicado tratar de cambiarlo. Andate a vivir al campo.

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