De todas las edades posibles quizá termine prefiriendo la que no he vivido aún. Con el tiempo la vida ya casi cabe en una valija. Siempre hay buenas ofertas en la ropa americana. Los libros que no voy a escribir los voy a donar a la biblioteca de Nunca Jamás. Ya regalé mis antiguos trajes y todas mis corbatas excepto la que me regaló Moisés Toirac hace veinticinco años.
Transité la poca distancia que hay de tarde en tarde a de nunca en nunca. Es posible que valga más nunca que tarde. El rey David ya no canta las mañanitas. El cartero ya no llama ni una vez. Cerrado por derribo. Devuélvase al remitente.
Toda la música que escucho no es más que notas al pie de Samba pa ti. De los libros, vuelvo siempre a Las Islas. De los discursos e importantes materias, casi nada. Los errores enseñan algo: no te metas. El amor, inexorablemente, pasa la factura. “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida, y no han llegado a los días de los años de la vida de mis padres”: la vida tal cual. De las películas quedan Orgullo y Prejuicio, El Muro (Pink Floyd) y La Ladrona de Libros. De los lugares, lejos primera opción, la vieja cuesta de Los Añiques y Pucura Alto en la Araucanía.
Algunas luces todavía brillan adentro y prolongan por un tiempo las posibilidades. Persiste la distancia entre el pensamiento lateral y la gestión de las instituciones. Sigo oyendo historias de desencuentros entre el discurso y la realidad. A veces ya no es posible saber qué es ficción y qué es realidad. Nos acosa una suerte de esquizofrenia socioespiritual.
No queda más que reparar las trizaduras del alma con cinta adhesiva de embalaje. Cuando no hay más ganas se deben reponer con sopa de pollo. Hay que encender un quinqué en el muro de la memoria para ordenar los recuerdos. Como dijo una escritora mendocina, hay que dejar de sobarle la espalda a la tristeza y abrazarla, despedirla cariñosamente y dejar que se vaya por un tiempo para que regrese fresquita y renovada algún tiempo después.
Algunas cosas quedan, supongo, pero la mayoría se diluyen en la intensa actividad
La insistencia se impacienta en los recovecos de la red. Atenta está la bronca del silencio. No se molesten, gracias. La noche sigue teniendo fatigas.

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