Entonces, el vuelo. El alejamiento liberador de la mórbida realidad de la muerte y del dolor del siglo. Entrar, al comenzar esta semana, a una esfera intangible, esa de los sueños que de acuerdo a la lógica de aquel antiguo jefe mío era totalmente inconducente porque, decía él, No hay nada mejor que la realidad. Pero los sueños son otra forma de realidad. Más real que la realidad virtual que en último análisis no es más que unos y ceros por más potente que parezca. Los sueños, damas y caballeros, consisten de una materia que anticipa o evoca vida, emociones, lágrimas, risas, lugares, texturas, colores. No pocas veces los sueños son la matriz que da a luz las cosas tangibles. Los sueños son argumentos airados contra el imperio fundamental de la razón.

Entonces, los sueños, ese pensar sin límites, sin condiciones, sin requerimientos ni juicios ni reproches de terceras partes, le permiten a uno caminar por otros senderos, construir algunos mundos que en la literatura, en el cine, en el teatro, en la música, en la pintura deleitarán, asombrarán a desconocidas audiencias. Le permiten a uno viajar afuera de todo, romper amarras, armar un consuelo, encontrar un rincón donde uno deje por fin de ser interpelado porque no lo alcanza mensaje alguno.

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Entonces, sueltas por fin las innumerables amarras de las limitaciones corporales se encuentra uno consigo mismo en la orilla de algo, lejos del centro, en un estar periférico, ajeno, tangente, a salvo de pensamientos perturbadores, de culpas corrientes, de asuntos pendientes.

Entonces, los libros – La llamada de la Tribu, Mensaje sin Código, Cultura, El Hobbit, Historia del siglo XX, La Duda como Marea de la Teología -, algunas películas – Una, Hanna, The Darkest Hour, Dunkerke -, una que otra serie – Jessica Jones, Altered Carbon, Black Mirror, Godless -, los diarios del domingo y el Amélie a la hora del desayuno constituyen el último reducto de la paz, la última frontera del silencio, la última línea de defensa contra la exigencia del ser social, de la red social, del hombre social, de la molestia social.

Entonces, aunque no más sea por algunas horas, se vuelve uno inmaterial, inalcanzable, completamente libre y, si bien no feliz, al menos en paz.

Entonces, a la mitad de la semana tal vez, habrá que volver a meter la mente y el cuerpo en el régimen implacable de las solemnes responsabilidades humanas.

Entonces,perdón por tantos adjetivos…

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