Aprendí a nadar en el lago Villarrica cuando tenía trece años. En aquella época nada era como hoy: el lugar estaba en el fin del mundo, todos los caminos eran de ripio y apenas llegaban unos turistas clásicos, con pantalones a cuadros, cámaras fotográficas y jeeps Cherokee. A esa edad uno se enamora de cosas imposibles y yo sufrí tales angustias a causa de Lila, una mujer de 18 años que siempre me consideró nada más que un niñito cute.

El acontecimiento fundacional de mi incipiente hombría fue haber fumado unos horribles cigarrillos Alas y tomado mi primera Pilsener. Lo de Lila fue un contratiempo que el tiempo resolvió sin mayores aspavientos.

Una vez vi en un camino de montaña en Suiza un Rolls Royce blanco con detalles dorados; apareció de repente conducido por un personaje salido de un aviso de perfume caro. Por cierto, a su lado iba una mujer inefable con un pañuelo verde agua flotando al viento.

Tal vez a los nueve o diez años fuimos por el colegio a la Feria Internacional de Santiago con nuestros infaltables mamelucos color beige. En un bazar de juegos, con unos bolos de madera, tiré de dos lanzamientos todos los palitroques. La chica encargada dijo: “¡Y todavía le queda un bolo!” Fui un héroe por treinta segundos. Nadie se acordó más cuando presenciamos por primera vez en nuestra historia un televisor en colores en circuito cerrado.

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Fuimos convocados, cuando éramos asquerosamente jóvenes, a una reunión multitudinaria en el teatro Caupolicán en el invierno de 1970. En un momento, nos pusimos todos de pie y entonamos a voz en cuello el Venceremos: “Desde el hondo crisol de la patria, se levanta el clamor popular…” Se nos erizaba la piel soñando con el hombre nuevo. Después vino la oscuridad, el miedo, la muerte, la profunda decepción.

Subíamos por la cuesta Los Añiques en dirección a Liquiñe. De pronto en un recodo de la cuesta vi por primera vez los helechos húmedos que descomponían la luz del sol en las gotitas atrapadas en sus hojas escalonadas, desplegando para delicia de nuestros ojos innumerables arco iris.

Pequeños acontecimientos que para la mente todavía ajena a la miseria de lo que somos como gente agrupada, eran extraordinarios grandes eventos

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