¿No creen que con los años mis certezas deberían haberse vuelto más firmes?

Mis convicciones tendrían que haberse fortalecido y entonces hoy viviría en ese aparente modo experimentado que demuestra mucha gente mayor.

Habiendo hablado y escrito por tanto tiempo hoy debería ser un maestro, un referente importante en este mundo donde he vivido y trabajando siempre.

Pero me sucede todo lo contrario. Pasa el tiempo y las convicciones que tenía se van desarmando por la fuerza de una observación tenaz, merced a intuiciones y lecturas inquietantes.

Descubro otros estados; son hallazgos inesperados que me hacen temblar al penetrar el terreno que se me presenta.

Me asombra cada vez más cómo la gente – particularmente los cristianos – sostiene cosas tan reñidas con la realidad y darme cuenta cómo los discursos se desarman frente a la evidencia de las vidas en conflicto.

Por lo mismo prefiero estar lejos de púlpitos y plataformas. Prefiero ir filtrando de a poco en este espacio lo que voy sintiendo. De a poco porque, sensible como soy, me hiere la liviandad con que la gente describe y juzga estos estados.

Para ellos la existencia se reduce a un selecto paquete de doctrinas y consignas que les enseñaron en un momento de “exaltación primaria” y las asumieron para siempre como pilares indestructibles de su visión de la vida. Eso, aparentemente, los hace felices.

Su postura sería inofensiva si se la guardaran para ellos. Pero no. La quieren imponer a los que están dentro y afuera de sus instituciones. Encima, tienen harto poca compasión con lo que ellos consideran contrario a sus convicciones.

Mi historia personal era bastante predecible si me remito al tiempo de mi adolescencia. El tío Carlos decía que yo era un volado; mi mamá me describía como un chico voluble, y el pastor de la iglesia afirmó una vez, con algo de ira, que yo era un muchacho caprichoso.

Por un buen tiempo estuve resentido por este diagnóstico tan poco promisorio. Tengo que admitir ahora que esos juicios explicarían por qué me incomodan las etiquetas, las consignas, los aparatos conceptuales y las afirmaciones definitivas.

Mi vida no cabe en esos rígidos esquemas. Por ello creo que todavía es posible penetrar en la novedad, el misterio y el descubrimiento que me propone la Biblia y mi trato con la gente.

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